Hugo Chávez está pasando de ser un riesgo a una amenaza. Si el próximo domingo impone su reforma constitucional, Estados Unidos deberá decidir cómo va a emplear sus poderes blando y duro para lidiar con él. Así lo dice hoy Miguel Cossio en las páginas de “El Nuevo Herald“.

Existe una diferencia sustancial entre riesgo y amenaza cuando se habla de relaciones conflictivas entre Estados.

Los analistas militares definen el riesgo como una intención declarada u oculta que no cuenta con capacidad para verse materializada de inmediato. Se utiliza para evaluar situaciones que provocan incertidumbre.

La amenaza, en cambio, sí implica una probabilidad de daño y se soporta en actos intimidatorios y, sobre todo, en un poder capaz de convertir en realidad esa intención.

Hugo Chávez está pasando de ser un riesgo a una amenaza. Si el próximo domingo impone su reforma constitucional, Estados Unidos deberá decidir cómo va a emplear sus poderes blando y duro para lidiar con él.

En dos años el ex teniente coronel ha gastado más de $3,000 millones en armas, sin que todavía Venezuela represente una amenaza militar seria para Brasil y Colombia. Esa compra de pertrechos ha generado tensión en una zona donde pululan el narcotráfico, las guerrillas y la industria del secuestro, y donde la miseria y la política se acuestan en la misma hamaca. En el caso de Bolivia, ha amenazado con intervenir militarmente si su amigo Evo Morales cae.

Hace un par de días el mandatario colombiano Alvaro Uribe sentenció que Chávez quiere montar un imperio incendiando el continente, aunque se la pase hablando de imperialismo.

Chávez tildó a Uribe de mentiroso y presidente indigno. No ha sido el único en recibir insultos. A Aznar, le llamó fascista; a Bush, alcohólico, diablo y genocida; a Rice, condolencia; a Fox, cachorro del imperio; a Calderón, caballerito; y a Juan Carlos de Borbón, reyecito con suerte, que escapó de ver abollada su corona tras el incidente del ”por qué no te callas” en Chile.

Horas antes de partir hacia su más reciente periplo internacional, que lo llevó a Riad, Teherán, Lisboa, París y La Habana, Chávez anunció su intención de poner en marcha un programa nuclear, según él, con fines pacíficos. En la cumbre de Riad, soltó la idea de transformar la OPEP en un agente de presión internacional, valiéndose de los altos precios del crudo. La propuesta fue secundada por Irán y Ecuador, pero rechazada afortunadamente por Arabia Saudita y el resto de los países que integran ese cartel.

En Irán, Chávez repitió de manera casi textual lo que Fidel Castro había dicho en la Universidad Islámica de Teherán el 9 de mayo del 2001 durante una visita que hizo al entonces presidente del Consejo de las Exigencias, Hashemi Rasafjanni, y al líder supremo ayatolá Alí Jamenei: “Juntos pondremos a los Estados Unidos de rodillas”. La frase esta vez fue: “La caída del dólar es la caída del imperio”.

Si la iniciativa chavista hubiera prosperado en Riad con el crudo rondando los $100, estaríamos probablemente a punto de comenzar a ver aquellas películas de los años 1973 y 1979, cuando los precios se fueron hasta las nubes. La OPEP controla hoy el 40 por ciento de las reservas mundiales.

Tres datos ilustran el panorama actual.

• En el orden interno, la economía norteamericana está siendo sacudida por la crisis del mercado inmobiliario, que hasta ahora ha visto esfumarse $300,000 millones.

• En el externo, el costo del petróleo se ha cuadruplicado desde el 2002.

• Estados Unidos importa diariamente casi 11 millones de barriles de crudo. Sus principales proveedores son: Canadá (un millón 956 mil); Arabia Saudita (un millón 441 mil); México (un millón 293 mil); Venezuela (un millón 146 mil); y Nigeria (un millón 137 mil); es decir, 63 por ciento de las necesidades de importación del país viene de cinco naciones. De ellas, México, Canadá y Nigeria no disponen de capacidad para aumentar su producción. Arabia Saudita sí. Cuenta con un excedente diario de 1.3 millones de barriles.

¿Y Venezuela? Camina hacia el despeñadero del socialismo del siglo XXI, a bordo del carricoche rojo de Hugo Chávez.

En su libro La paradoja del poder norteamericano, publicado en el 2003, Joseph S. Nye, ex secretario adjunto de Defensa y decano de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, apunta que si Estados Unidos quiere conservar su fortaleza como nación líder en el mundo debe prestar más atención a su poder blando.

El poder militar y el poder económico son ejemplos de poder duro”, a los que se puede apelar para inducir a terceros a cambiar de postura; se basa en incentivos (zanahorias) o amenazas (palos)”, escribe Nye.

El poder blando, por el contrario, ”más que coaccionar, absorbe a terceros”
; su fuerza radica en que otros admiren los valores de uno y aspiren a un nivel similar de prosperidad y apertura. Al poder blando se le asocia con modelos e instituciones a imitar y con patrones y preferencias culturales e ideológicas.

“Si yo consigo que tú quieras hacer lo que yo quiero, entonces no tengo que obligarte a hacer lo que tú no deseas”.

Chávez desdeña, subestima y reta constantemente los poderes blando y duro de Estados Unidos, cuya imagen ha quedado en tela de juicio por la guerra de Irak.

Gane o pierda el referendo del domingo, Chávez va a enfrentar dos opciones: o acelera el proceso de consolidación del régimen autocrático y represivo que ha venido construyendo o acepta abrir pequeños espacios de tolerancia política a los millones de venezolanos que no desean tenerlo indefinidamente como presidente. Un imposible. Porque en esencia Chávez es un dictador y, por ende, una amenaza.

Sea lo uno o lo otro, habría que irle sacando punta al lápiz y revisando los manuales de estrategia.

La amenaza roja
MIGUEL COSSIO – Director Editorial y de Noticias de America TeVe Canal 41
El Nuevo Herald

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