Ante los estimulantes resultados del referendo, todas las reverencias hay que hacérselas al pueblo venezolano. Me quito el sombrero ante la gallardía y la firmeza de un pueblo que supo derrotar el bombardeo de presiones y chantajes que, tanto desde el oficialismo como desde la oposición ultrarradical, lo convocaban a desviar el camino democrático.

No cedió el pueblo venezolano ante la invitación oficialista a construir un modelo de sociedad que en vez de fortalecer la participación popular habría conducido a una mayor concentración y a la extensión de los ya incontrolados poderes del Presidente de la República. No sucumbió ni ante los tentadores señuelos de reivindicaciones sociales en que estaba cuidadosamente envuelta la reforma, como ante el chantaje de que al votar contra la propuesta estaría sufragando por la oligarquía y el imperialismo.

Tampoco se rindió frente a las invitaciones abstencionistas de sectores extremos de la oposición que pretendían ahogar el papel protagónico del pueblo tras la falsa promesa de una tal deslegitimación cuya apuesta no apuntaba sino a un golpe de suerte, o de sangre, que ninguna ventaja reportaría al país, pero sí nuevos episodios de violencia, con su carga de muerte y destrucción para las familias venezolanas.

Me complace estar entre quienes, abiertamente y sin vacilaciones, convocaron desde el primer momento a rechazar la reforma a través de todas las vías legales y a una multitudinaria participación en el referendo. Estaba convencido de que con los votos en las urnas, con un ejército de testigos en las mesas y en las auditorías, respaldados por un pueblo vigilante en las calles, no hay fraude que valga. Sabía que este Consejo Nacional Electoral, cuya parcialización permitió el obsceno ventajismo gubernamental en la campaña, no tendría otro camino que certificar la voluntad popular.

Fue ésta una victoria de todo el país que quiere bienestar y justicia social, convivencia democrática y estabilidad política, por la vía de la no violencia y el respeto a la opinión ajena. De ella son protagonistas hombres y mujeres de todas las regiones, de todas las edades, de todas las ideologías y de todos los sectores sociales. Así lo evidencia el extendido sentimiento de paz y de convivencia que tras los resultados se respira en toda Venezuela.

Dije en alguna de mis columnas que la primera derrota electoral del presidente Hugo Chávez sería el punto de partida de su nunca jamás. Su desmedida ambición de poder terminó por fulminar su delirio del 2021. Él se acostumbró a mandar, pero el pueblo del Libertador Simón Bolívar no está hecho para obedecer.

CARAS

Un errado título de primera página lesiona un buen reportaje que la periodista Corina Rodríguez hizo para la edición venezolana de la revista CARAS, para el cual nos entrevistó a mis hermanos Vladimir y Ernesto y a mí. El título de portada dice: “Villegas periodistas en las alturas del poder”, lo cual en mi caso es absolutamente falso y no queda claro en el cuerpo del reportaje. No estoy en las alturas del poder. Lo estuve los tres primeros años del gobierno, primero como director general de Relaciones Institucionales del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, y luego como jefe de Prensa del Seniat, responsabilidades a las que renuncié por absoluta decisión personal. Desde febrero de 2002 sigo siendo periodista del Seniat en la Región Capital, pero no ocupo cargo de dirección alguno ni recibo prebendas adicionales al salario que obtengo por mi trabajo profesional. Soy uno de los ocho mil y tantos empleados rasos que nos desempeñamos en el Servicio con vocación institucional, lo cual no nos coloca en las alturas del poder ni nos inhabilita para tener opinión política, como la que sostengo en esta columna que escribo en El Mundo desde 2003.

Un pueblo indómito
Mario Villegas
El Mundo

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