Una mujer observa desde la ventana de su casa el exterior del barrio Píruto, en el interior del violento distrito de Petare en Caracas (Venezuela). La dura realidad de los barrios pobres de Caracas, capital en la que sigue en aumento el índice de criminalidad y donde la muerte violenta puede cobrarse hasta más de 50 vidas en un fin de semana, es vivida a diario por las fuerzas de seguridad venezolanas. EFE/David Fernández

Una niña de 7 años herida por esquirla de bala en un tiroteo que dejó un muerto y otros tres heridos: un nuevo drama en una noche de fin de semana en Petare, considerado uno de los barrios más violentos de América.

La pequeña Catherine fue llevada al hospital Peréz de León, donde fue atendida y dada de alta la misma noche en una atiborrada sala de urgencias en la que los escasos médicos luchan para hacer frente a la avalancha de ingresos, jugándose, a veces, su propia vida.

No muy lejos, en el Coliseo, sede de la Policía de Sucre, municipio caraqueño que engloba Petare, fue encerrado un hombre, sospechoso del tiroteo ocurrido en José Felix Ribas, una barriada de esa parroquia víctima del hampa, de las armas ilegales, de la droga y del alcohol.

Es un nuevo suceso en la trágica realidad de los barrios pobres de Caracas, capital en la que sigue en aumento el índice de criminalidad y donde la muerte violenta puede cobrarse hasta más de 50 vidas en un fin de semana.

Unas veinte de personas fueron detenidas en la noche y llevadas a la sede de la policía del municipio caraqueño que hace un año ganó el opositor Carlos Ocariz, quien intenta con programas sociales desactivar la violencia en un barrio falto de esperanzas.

Un inspector de la Policía Municipal de Sucre, Caracas, comprueba la identidad de un sospechoso en el violento barrio de Petare en Caracas (Venezuela). La dura realidad de los barrios pobres de Caracas, capital en la que sigue en aumento el índice de criminalidad y donde la muerte violenta puede cobrarse hasta más de 50 vidas en un fin de semana, es vivida a diario por las fuerzas de seguridad venezolanas. EFE/David Fernández

Hasta las nueve de la noche, la labor de la policía se centra en controles viales. Luego, las horas se tornan más violentas, especialmente por el abuso del alcohol y los ajustes de cuentas entre bandas. Drogas y armas contribuyen a alimentar la muerte.

José Álvarez, inspector jefe, y Héctor Quintero, inspector, ambos de “Polisucre”, iniciaron sus rondas a las 5 de la tarde. La noche cae en Caracas a partir de las 6, y aumenta el peligro.

En un Jeep blanco, patrullan las calles de las urbanizaciones que conforman Sucre, algunas zonas residenciales acomodadas, y rodeadas de barriadas.

Su principal trabajo a esa hora es la prevención. Controlan a jóvenes que beben en la calle; a motorizados; piden documentación y registran si llevan armas.

A la salida de un puente al pie de unas barriadas, un dispositivo policial para a los motorizados. Muchas agresiones las cometen delincuentes que circulan en motos, con asaltos a conductores bloqueados en atascos o a transeúntes.

Un agente comenta la necesidad de más recursos, más patrullas y denuncia los centenares de miles de armas en manos de la población.

Destaca que hay que educar a las personas, especialmente a los jóvenes, y prefiere mantener el anonimato.

La patrulla de los inspectores Álvarez y Quintero se dirige de las calles de las urbanizaciones al laberinto de estrechas vías del barrio de Petare, aunque solo accede a una parte. Más arriba, en los inmensos cerros de ranchitos, hay que patrullar en moto.

Un hombre solicitado por agresión por la fiscalía venezolana es detenido por la Policía Municipal de Sucre, Caracas (Venezuela). La dura realidad de los barrios pobres de Caracas, capital en la que sigue en aumento el índice de criminalidad y donde la muerte violenta puede cobrarse hasta más de 50 vidas en un fin de semana, es vivida a diario por las fuerzas de seguridad venezolanas. EFE/David Fernández

En las empinadas calles, se suceden grupos de gente, en general jóvenes, sentados delante de humildes casas, muchos con una cerveza en la mano. Los policías saludan a algunos.

En la noche del barrio, la vida es en la calle, con música salsera que sale de altavoces, pero la diversión puede volverse drama a medida que avanzan las horas, cuando irrumpe el tiroteo por culpa de una banda o una bronca, como el “balacero” en el que fue herida Catherine.

“Hubo tres ingresos por balas esta noche”, dijo a Efe Julia D’Angelo, médico en el hospital Pérez de León desde hace dos años.

Además de la niña, ingresaron una adolescente de 15 años, herida en una pierna, y un hombre de una veintena de años que yace en una camilla, con un disparo y un navajazo en el costado.

La doctora D’ Angelo habla con serenidad de la quincena de ingresos por heridas de arma blanca esta noche, pero recuerda cómo le “temblaban las piernas” en sus comienzos en ese hospital.

Y cuenta el día en que el personal de urgencias tuvo que encerrarse por el enfrentamiento entre los acompañantes de dos ingresados que, aparentemente, se habían disparado el uno al otro.

En el centro hay permanentemente un funcionario de la policía. También lo hay en otro hospital cercano, el Domingo Luciano, donde ingresaron en la noche seis heridos de bala.

De madrugada, un centenar de personas esperaba a la salida de urgencias noticias de allegados, cerca de un módulo policial que un grupo intentó quemar una noche al querer “rescatar” a uno de los suyos, herido y detenido, en el hospital.

Termina otra noche de fin de semana en Petare. Relativamente tranquila. Son peores, dicen los policías, las de quincena o de fin de mes.

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Esther Borrell
Vía “EFE”

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