Junto al palacio presidencial de Miraflores, en pleno centro de Caracas, aguardan con sus pistolas y sus fusiles Kaláshnikov los guerrilleros del chavismo. Son civiles presuntamente armados por el movimiento bolivariano en el poder, y con larga tradición de violencia en Venezuela.

“Somos el Movimiento Revolucionario de Liberación Carapaica. Y yo, el comandante Murachí”. Trece guerrilleros armados hasta los dientes exhiben su poderío en el corazón de Caracas. Y con los dientes muy afilados: metralletas, bazocas, fusiles de asalto, pistolas y granadas. Son el brazo armado del chavismo, el músculo más radical del presidente Hugo Chávez, que tiene su feudo electoral en los barrios céntricos y en los ranchitos, las favelas de la enloquecida Caracas. Están dispuestos a dar su vida por la Revolución Bolivariana. Hoy se han puesto de nuevo el pasamontañas que les ha hecho tan famosos como temidos. Quieren dictar su doctrina de cara a las elecciones del 3 de diciembre en Venezuela.

Tras dos semanas de negociaciones, los guerrilleros de Chávez han comparecido ante las cámaras de interviú. Aunque no se les vea. Varias banderas y la oscuridad del piso elegido esconden su ubicación. Todo bajo control; es su territorio: barrio 23 de Enero, Caracas, bastión de la Revolución.

“Chávez debe superar los 10 millones de votos para anular las pretensiones de derrocar su gobierno”. El comandante se ajusta las gafas que sobresalen por la rendija de su pasamontañas. Suena la canción Comandante, la que compuso Carlos Puebla en honor del Che Guevara, la que tantas veces se oye en los cafés turísticos de La Habana. Murachí suelta la andanada. Los carapaicas ya tienen a punto su plan B ante el “sabotaje electoral” que podrían estar preparando, según la jerga chavista, ultraderechistas, traidores, la CIA y el Mosad: “Hemos impartido instrucciones para la defensa cívica. Hay sectores militares y políticos que utilizan al pueblo. Tomaremos el oeste de Caracas y nos atrincheraremos junto al pueblo. Y si aparece una tanqueta de la Guardia Nacional, no podremos saber de qué bando está. Habrá que darles fuego”.

Carapaicas, chirinos, Frente de Resistencia Popular Tupamaro, los Montaraz… Treinta organizaciones y 2.000 hombres armados forman las milicias urbanas del barrio 23 de Enero. La Policía Metropolitana y la Guardia Nacional ya conocen su poderío guerrero, demostrado en fechas clave de la nueva Venezuela, desde el frustrado golpe del 11 de abril de 2002 hasta las grandes marchas, o manifestaciones callejeras. El germen rebelde crece en esta barriada desde hace décadas. Su aparición formal se remonta a 1989, cuando el carachazo contra Carlos Andrés Pérez se convirtió en un ensayo de revuelta revolucionaria. El fallido golpe posterior de Chávez consolidó la milicia urbana, que ya nunca dejó las armas.

Sólo en el 23 de Enero se puede entender la existencia de estas milicias. Treinta y ocho superbloques de hasta 450 apartamentos y 42 edificios más pequeños se levantan imponentes, como dinosaurios de cemento, a pocos metros del palacio presidencial de Miraflores. Fue el dictador Marcos Pérez Jiménez quien ideó tamaña aventura urbanística. La caída del dictador provocó la toma de los apartamentos y su bautizo con la fecha del derrocamiento. Así comenzaba la historia rebelde de 23 de Enero, zona subversiva de 110.000 almas siempre opuesta a los gobiernos de la denominada IV República. Asaltos, represión, torturas… Imposible aplacar con la violencia oficial a un barrio que en 1971 acogió a un cadete de la Academia Militar. Se llamaba Hugo Chávez. En sus calles creció su ideología, mientras buscaba amores con las melodías rebeldes del cantautor izquierdista Alí Primera. Desde hace años, el barrio canta su propia canción: “Hay fuego en el 23, en el 23…”.

El cordón umbilical entre Chávez y el 23 de Enero se ha estirado hasta hoy. Tras fracasar su golpe del 92, el líder revolucionario se atrincheró en un cuartel del barrio antes de rendirse. Cuando una década después hubo otro golpe, pero al revés, con Chávez en el sillón presidencial, el barrio entero liderado por sus tupamaros se lanzó a la calle para recuperar el poder perdido.

En el superbloque de Sierra Maestra, bautizado por el propio Fidel Castro en su visita a Caracas tras tomar La Habana, todo el mundo vota por Chávez. Es el centro de acción del Frente de Resistencia Tupamaro. Con Joaquín Guerra, uno de sus militantes, el verbo se endurece: “No creemos en la revolución democrática. Nosotros apostamos por la Revolución, con mayúscula, y si hace falta fusilar, se fusila”. Las calles se abren a su paso y al de sus compañeros. Gaguillo es otro de ellos. Los tupamaros se han ganado el respeto de su vecinos tras años de batalla contra narcos, malandros (delincuentes) y los propios policías, que sólo acuden a 23 de Enero en contadas excepciones. “Les hemos echado por corruptos. Muchas veces los po- licías son los propios malandros”, claman al unísono los tupamaros. Entre ellos se comunican por radio para no ceder el control de su barrio, que tanta lucha, combate y mártires ha costado. Como Omar Pinto (asesinado por el hampa), Sergio Rodríguez (muerto por la policía) y William Villamizar (fallecido en combate en Colombia, cuando formaba parte de las FARC), inmortalizados en un mural de una de las paredes de Sierra Maestra.

Y no son los únicos. Los más recientes héroes del barrio son Diego Santana y Warner López, militantes del grupo La Piedrita asesinados en junio cuando presenciaban un partido de fútbol sala. “Sólo tenían 18 años. Fueron acribillados por los sicarios de Pinto” (líder de un partido de tupamaros contrario a los colectivos de 23 de Enero), se lamenta Nelson Santos, creador de muchos murales que gritan en las calles del barrio.

—¿Quedarán impunes esas muertes?

—Les estamos esperando.

Entre tanto, su recuerdo ya está impreso, junto al Che, en una pared. El barrio reivindica sus símbolos en forma de murales Setenta de ellos han nacido de la brocha de Nelson.

En 23 de Enero no sólo se exalta a los iconos de la Revolución. Desconocidos como José Leonardo Chirinos también tienen sus seguidores. Este esclavo zambo (afroindio) viajó a Haití durante el levantamiento de los esclavos negros del XIX y luego extendió la revolución al continente americano. Siglos después, cien militantes le homenajean con la cara cubierta por sus pañoletas blanquirrojas. Luis Baute, de 19 años, es uno de sus líderes. Son los milicianos más jóvenes. La mayoría ha pasado tres meses en las fábricas de pensamiento de Cuba. “Nuestro trabajo es social, cultural y político. Damos seguridad y también luchamos contra el hampa y las drogas. Hemos absorbido a algunos chavos [jóvenes] y les hemos incorporado a nuestros programas sociales. Y si los narcos sabotean nuestras actividades, nos defendemos. Pero no perdemos de vista quién es nuestro verdadero enemigo: el Imperio”.

Baute, Cristian, Keny, Reinier, Eduardo, José, Yesenia (la única chica) y los otros chirinos posan para la última foto mientras entonan su himno, que termina con otro clásico: el viejo eslogan castrista “Patria o muerte. ¡Venceremos!”. Estas patrias de himnos no dudan en tragarse a sus hijos más jóvenes.

A Lisandro Pérez nadie le llama por su verdadero nombre. Para todos es Mao, seudónimo heredado de su lucha tupamara. Hoy es el jefe civil del 23 de Enero, la máxima autoridad en un barrio donde la policía fue echada a patadas. “Reivindico el pensamiento de Mao”. El nombre que le viene al dedillo. “Nuestra lucha es frontal, no damos tregua. Nosotros vamos al combate, somos como los fundamentalistas islámicos”.

Mao mantiene los modus operandi de su pasado tupamaro. “Los traficantes de droga, auspiciados por la CIA, son nuestro mayor enemigo. Cuando identificamos a los vendedores, se les exhorta para que lo dejen. Si no lo hacen, procedemos militarmente y los agarramos. Y que la comunidad decida. Se les aplica un juicio popular”.

El comandante Murachí finaliza la esperada alocución contestando al periodista.

—Si Rosales (el candidato de la oposición unificada antichavista para las próximas elecciones) ganara en las urnas el 3-D, ¿qué medidas tomarían?

—Nosotros tenemos la capacidad de defender este país. Aquí ya están los paracos (paramilitares colombianos). Tomaremos el oeste de Caracas para convertirlo en tierra liberada.

Y otra vez suena el himno del barrio, la canción tantas veces escuchada. Imposible olvidarse de ella: “Hay fuego en el 23, en el 23…”.

Reportaje por: Daniel Lozano
Fotografías por: Lurdes R. Basolí
Interviu – Zeta (España)

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