Noticias.- “Malula” fue un personaje entrañable del programa humorístico Radio Rochela. La actriz Martha Olivo encarnó en Malula a la mujer aguerrida del barrio caraqueño, que aspiraba a una vida mejor. En su columna, Noé Pernía la recuerda.

El sueño dorado de Malula

Noé Pernía

Desde la ciudad se los mira erròneamente como un conglomerado homogèneo que se nombra con discreto repudio, “los ranchos”, y durante algùn tiempo el esquema de “Asocerro” y una entrañable “Malula” nos sirviò de referente para acercarnos con sociologìa televisiva a la, tambièn, manera de ser de la “gente de los ranchos”.

Esa sociologìa televisiva del rancho se desmoronò con el Caracazo de 1989, una jornada que se la conoce popularmente como “el dìa que bajaron los cerros”.

Aquellos que pensaban el 27-F que Malula era la verdadera representaciòn de la conciencia de hombres y mujeres de barrio, se encontraron frente a frente con la reacciòn del modelo concreto de una forma de vida estigmatizada por la comedia y el prejuicio.

Aùn hoy hay cierta clase de opositores urbanos, por no decir burgueses, que menciona a la gente de los barrios como “esos chavistas tierrùos”, “esos muertos de hambre que reciben bolsitas de comida del gobierno”.

En cuestiòn de horas, ese componente mayoritario de las ciudades venezolanas pasò de ser visitado por candidatos y estudiosos, a visitar ella misma los territorios claves del mundo comercial y financiero.

A partir de allì, pende sobre la imaginaciòn colectiva la amenaza de otra “bajada de los cerros” ante cada grave disyuntiva nacional.

Cubriendo como reporteros la toma de Plaza Altamira en Caracas por parte de los militares disidentes, se nos acercò un señor que nos dijo: “Pernìa, Chàvez se irà del poder solamente cuando bajen los cerros”, y elencó una serie de barrios populares caraqueños que, de “bajar”, escribirìan el RIP sobre la làpida del gobierno.

Ese caballero reflexionaba de la manera en que lo hicimos muchos, y hasta el sol de hoy los opositores que no viven “en los cerros” tienen esperanzas de que vuelvan a bajar para mandar a Hugo Chàvez al sitio aquel a donde se manda a la gente que uno no quiere.

El asunto, pensamos nosotros, es que aquellos “cerros” de 1989 no son los mismos de 2008, y estos del 2008 no son los mismos que votaron por Hugo Chàvez en diciembre de 1998. Las encuestadoras y algunos analistas serios han asomado algo de esto.

El año pasado, previo al referendum, el Presidente Hugo Chàvez tambièn llamò a que “bajaran los cerros” para que enfrentaran las manifestaciones estudiantiles, cada vez màs frecuentes y ardidas encarando al gobierno en el lugar que màs teme: la calle.

Nadie bajò, quizà porque la psicosis de guerra, mal endèmico del militar paranoico latinoamericano, yace confinada en el estricto espacio cerebral del comandante en jefe mismo.

La “gente de los cerros” protesta en la calle contra las malas administraciones de la propia revoluciòn, los habitantes de Petare, por ejemplo, se dieron cuenta muy tarde que votaron un alcalde mediocre que prefiere financiar los patèticos desfiles de moda de su esposa, antes que asfaltar una calle o construir la escalera que habìa prometido en la campaña electoral.

Pero no estàn dispuestos a caerse a tiros por nada ni por nadie. Esto habla un poco de la crisis materna que sufre el capìtulo uno del fulano “socialismo del siglo XXI”, un boceto que conquista fidelidades casi mìsticas en las èlites del poder que medra alrededor de Miraflores, donde suena la plata, pero que no llega al nùcleo esencial del paìs que votò por Hugo Chàvez.

Asì las cosas, el PSUV, un partido de utilerìa polìtica y el elefante blanco del socialismo, son dos islas artificiales que vagan por una laguna de discursos sin anclar raìces en la mentalidad de la ciudadanìa en Venezuela.

Probablemente es que la “gente de los cerros” no es tan pendeja como las èlites de poder que quieren ideologizarla, ni tan ignorante y tierrùa como los califican ciertos opositores de urbana pedanterìa. ¿Serà que a sotto voce crece la madurez polìtica de la clase popular?

Malula, filosofa de la lumpem-burguesìa socialista.

“Nacì en el cerro, me criè en el cerro, ¡ay!, pero con que ganas me irìa par’ caraj… par’ Caracas Contris Clùs”, y asì cerraba la estupenda comediante Martha Olivo uno de los històricos sketchs de Radio Rochela, de RCTV.

A los nuevos ricos les fastidia que les recuerden sus orìgenes modestos, y por ello es que la lumpen-burguesìa socialista no soporta, entre otros, al cronista de páginas sociales Roland Carreño, porque se dedicó con lujo a diseccionar los cambios de hàbitos de los “revolucionarios” en el poder.

Y revelaba con fotos, pelos y señales las carteras Vuitton de parlamentarias del MVR que hasta ayer usaban bolsos de cocuiza; las joyas cartier de otras “revolucionarias” que durante toda su vida lucieron pendientes artesanales cuando no de fantasìa; los trajes aute-couture de los encumbrados comunistas del aparato chavista; hummers y lamborghinis de militares asalariados por la administraciòn pùblica, y en fin, oropeles y chucherìas que no vienen del sudor de la frente de nadie, sino de la ridìcula ambiciòn de sujetos que cumplieron el sueño de Malula, la presidenta de Asocerro, y se mudaron al El Dorado del “Caracas Contris Clùs”, claro està, gracias al atajo del petròleo.

Y desde allì es muy difìcil que la èlite pseudo-socialista mire nuevamente hacia “los barrios”, ¿acaso no es eso lo que se les critica a los ricos precisamente?, ¿que su ceguera de clase les impide ver la realidad fuera de los muros electrificados de mansiones y chalets?

Un militar chavista que fue ministro y que calza zapatos Gucci està mucho màs lejos de la “gente de los cerros” que alguien que se apellide Blohm, Mendoza o Cisneros.

Es posible que los barrios populares de Venezuela hayan recuperado gran parte de su dignidad gracias a un proyecto revolucionario que les permitiò inicialmente protagonizar sus propios espacios sociopolìticos. Pero esa poètica novedosa quizà muere de mengua con la crisis moral que soporta una estructura de poder corrupta por los petrodòlares, las orgìas en La Habana, las maletas repletas de billetes y la repartidera de plata por todo el globo terràqueo.

Apostilla

Hablando de la dignidad de los pobres, un alto funcionario del gobierno una vez me confiò casi en secreto que la gente estaba satisfecha con las dàdivas y las ayudas, pero que ya habìa comenzado a pedir un empleo para ganarse la vida honestamente sin tener que depender de la limosna gubernamental.

El problema es que una persona con empleo puede disfrutar de un margen de libertad que le permita pensar y decidir su vida diaria con autonomìa. Ciertamente, la periodista Hindu Anderi desde las pàginas de Aporrea advertìa que aùn estaba pendiente la ejecuciòn de un trabajo ideològico en las bases de la administraciòn pùblica, que permitiese al gobierno ganarse la confianza de sus trabajadores.

Y para un gobierno militarista no hay nada màs peligroso que una gente que tenga la desfachatez de pensar y decidir por cuenta propia, sencillamente porque las èlites verde oliva conciben al ciudadano, no como ciudadano sino como soldado incondicional. El problema, le comentaba yo a este interlocutor, no es la revoluciòn en sì sino ustedes los militares y su mentalidad de cuartel.

Para olvidar las “bolsitas de comida”

Poco antes del referendum, el presentador de un programa en un canal de noticias describìa satisfecho la nutrida concurrencia a una de las marchas opositoras, la bonita locutora que le acompañaba en la transmisiòn comentò con sorna que esos manifestantes habìan acudido voluntariamente “y sin bolsitas de comida, ciudadano”, criticando esa especie de pago que ofrecen los organizadores de las concentraciones chavistas a sus simpatizantes.

Nosotros pensamos que los militantes de la oposiciòn telepolìtica en Venezuela tienen que aceptar antes que todo que las personas de la clase popular sì tienen dignidad, pese a los atropellos de las èlites del poder.

Tienen que olvidar la dialèctica de las “bolsitas de comida” para que comiencen los acercamientos y disminuyan las diferencias polìticas. De otra manera no se puede jugar entonces en favor de la paz que quieren todos los habitantes del paìs.

Algunos periodistas cometimos graves errores construyendo desde los medios una imagen equivocada de los sectores populares utilizando denuestos como los de “hordas”, “lumpen” o “gobierneros”. No fuimos capaces de asumir que no todos los chavistas son pistoleros de Puente Llaguno, y que los agitadores de “la esquina caliente” no son para nada el modelo ejemplar de la gente de barrio.

Los espacios comunicacionales hacen un esfuerzo notable por desnudar la hipocresìa moral del socialismo-Gucci, pero muy pocas energìas se han dedicado a explorar con sinceridad la topografìa espiritual de esa parte de la sociedad que aùn es receptora pasiva de los medios.

Bajar del pedestal del prejuicio clasista cuesta mucho, sobre todo cuando el discurso oficial alimenta constantemente una rabia inexplicable entre nosotros como naciòn, que se ha fundado sobe el falso mito de la lucha de clases.

Los sectores populares aparecen entonces en un horizonte que se aleja poco a poco del socialismo-Gucci que vio cumplido el sueño de Malula. Y los factores determinantes de la telepolìtica fatigan demasiado para avecinarse con honestidad a una cultura que ha sufrido desplazamientos importantes en las ùltimas dècadas.

“Asocerro” muriò hace tiempo, la dimensiòn cultural de los barrios no puede reducirse a la teologìa televisiva de “las bolsitas de comida”, porque se trata de un complejo espiritual que viene enriquecièndose de vivencias sociopolìticas y cambiando de òrbita con cierta regularidad desde 1989 hasta hoy.

Se trata de conglomerados que construyen sus propios còdigos de sobrevivencia, que conviven con una forma de capitalismo eficaz en el caso de los barrios màs consolidados, y que tienen un importante rango de autenticidad que les permite concebir el entorno social equidistantes tanto de la seducciòn de los medios como del bombardeo ideològico del militarismo.

Nosotros pensamos que esa tarea aùn està pendiente, y la habremos comenzado cuando ya no se escuchen a bonitas locutoras repudiando a aquellos que reciben “bolsitas de comida” por ir a una marcha, cuando dejemos de utilizar epìtetos degradantes para referirnos al revolucionario humilde, que no tiene nada que ver con el potente chavista cercano a la sabrosura del poder.

Los sectores populares quizà ya tienen muy poco parecido con “Asocerro”, y la buena de Malula es una pesadilla solamente en la conciencia moral de lo que algunos llaman la “boliburguesìa”, un lumpen que parasita alrededor de la renta petrolera. ¡Cuànto falta para colocarnos frente al Otro sin miedo y sin prejuicios!

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