La masacre que se produjo en la cárcel de San Fernando de Apure hace unas semanas y que dejó 9 reclusos muertos puede tener relación con la santería. Así lo dice esta semana un reportaje del semanario de Apure “Semana Hoy”

Este es el relato del semanario:

La semana santa en la única cárcel de San Fernando no fue precisamente cristiana ni salvífica. Por el contrario, rodó la sangre, la angustia y la muerte sin resurrección. Los últimos días, o los primeros como opinan algunos, de esta pasión y muerte comenzaron justamente el domingo de ramos.

Una entrada que no fue nada triunfal. Los ramos y las palmas brillaron por su ausencia. Se dice que el control del penal era el motivo del enfrentamiento entre los reclusos de las dos áreas que entraban en disputa. Desde los que estaban en los pabellones se escapó una valiosa información hacia los que estaban en el área administrativa.

Se trataba de que el líder de las celdas de los reclusos de alta peligrosidad practicaba la santería. Sus oráculos le pedían un sacrificio. Sedientos de sangre humana estaban, supuestamente, estos espíritus. A cambio le ofrecían protección y seguridad. El objetivo del sacrificio era la cabeza de cuatro niños. Claro, la única manera era tomarlos de la visita que ese domingo entraba a ver a sus familiares queridos. Marco Tulio Rodríguez Gómez había llegado de la cárcel de Tocuyito desde hacía tiempo. Era el mandamás y quien no estuviera de acuerdo con su estilo pasaba a mejor vida. O por su cuenta o por los personajes de su santería.

La requisa que detonó el alboroto

Como punto de partida de la refriega que durante una semana dejó un saldo de 12 presos muertos y más de 15 heridos se ha repetido que fue el domingo 16 de marzo. Y en verdad fue así. El defensor delegado del pueblo en Apure Luis Carrero, intentó hacer una crónica en el Consejo Legislativo este martes 25.

Narra que a las 4 y 30 de la tarde del domingo los internos del penal deciden retener a varios familiares que estaban de visita en virtud de que en horas de la madrugada se practicó una requisa por parte de funcionarios de la Guardia Nacional luego de que horas antes había sido asesinado un reo que había llegado de Tocuyito el sábado 15 por la tarde. Pero para los presos del internado judicial de San Fernando la requisa no solo fue para decomisar las armas que se suponen se encontraban en su poder.

Para ellos la acción de los uniformados de verde fue demasiado violenta. Pertenencias personales, herramientas para fabricar chinchorros y además varios de estos objetos fueron dañados por los Guardias. El autosecuestro de los familiares, porque así fue denominada esta acción, se canalizó como modo de protesta en contra de la actuación de los funcionarios. Pero detrás del telón nadie se imaginaba que los ritos seguían encendidos a todo dar. Para los niños que también se quedaron se solicitaron de protección por parte del Consejo de Protección.

Amaneció el lunes santo

El defensor siempre estuvo a través de los medios regionales de lo que sucedía pormenorizadamente en esta penitenciaría. Llegó el lunes santo y con él proseguía el suplicio. Los reclusos solicitaban la presencia de los jueces de ejecución y del Fiscal Superior. Así se hizo. Estos funcionarios ingresaron a los pabellones. Constataron los destrozos causados por los castrenses. Se ordena, entonces, abrir una investigación al respecto. De paso se acordó también que cada vez que la Guardia Nacional intentara efectuar otra requisa debía primero notificar y esperar la presencia de un representante de la Defensoría del Pueblo y del Ministerio Público. Mientras, los santeros continuaban haciendo su “trabajo”. Los internos exigían más. Entre sus demandas también incluyeron destituir al director del penal que apenas llevaba cinco días de nombrado y también del Teniente de la GN, jefe del grupo de uniformados que se encarga de la custodia externa del recinto. Supuestamente este oficial apoyaba a un sector del área administrativa.

Un respirito y no agresión para el martes en la mañana

Se suponía que el santo martes los familiares debían ser liberados. A ese compromiso llegaron los privados de libertad. Pero no fue así. Quizás “uno del más allá los iluminó” para que mantuvieran la presión. Una nueva reunión con el defensor, el fiscal y los jueces se produjo ese día.

Y vendrían más peticiones. Demandaban que no se tomasen represalias contra ellos al liberar a sus seres queridos. Por ejemplo, que no se efectuara ningún traslado y ratificaban que querían la salida del Teniente. Ante la imposibilidad de cumplir este cometido se llegó a lo más de buscarle un permiso de 10 días al oficial para proseguir con las investigaciones pertinentes.

Si algo exhibieron los presos involucrados en estos hechos fue la organización. Se tuvo que conversar con cada uno de los líderes de las “letras” o celdas de los pabellones
. En este caso, manejar completa la misma información era la clave. Y precisamente, se acordó un pacto de no agresión. Pero ¿en qué consistía este pacto sin sangre?

En palabras del propio Carrero se refería al compromiso de caballeros de no efectuar disparos. Si se escuchaba alguna detonación se practicaban de inmediato el traslado de algunos. Rodríguez Gómez fue el principal comprometido. Pero la promesa no duró mucho. Esa misma noche se escucharon varios plomazos dentro de la cárcel. En consecuencia, no quedaba de otra. Los traslados debían efectuarse el viernes santo. Los fuegos continuaron el miércoles.

El inicio de un final inconcluso

El jueves por la noche, al estilo de Jesús en el huerto de Getsemaní, los reclusos deciden “expulsar” a los custodios internos del penal para ellos apoderarse por completo de la dinámica y con ello desapareció la autoridad formal.

Hasta el recinto de la Guardia Nacional fue tomado por los alzados.

Las revelaciones de la marcha de la rebelión son espeluznantes. Se cuenta que una vez que en el área administrativa se enteran que “las ánimas” habían pedido el sacrificio de cuatro infantes el intercambio de disparos se arreció.

Además, una máquina de soldar trabajaba a toda mecha para la fabricación no tan casera de los chopos y los chuzos.

Pero ¿y las armas de gran potencia que luego se hallarían cómo entraron al penal? ¿Quiénes permitieron su ingreso? Interrogantes que no han recibido respuestas. Desde las 12 am hasta las 4 de la madrugada hubo una “ligera calma”.

A las 5 se reinició el tiroteo y el enfrentamiento. En el área de los Guardias Nacionales llegaban los heridos que querían resguardarse de la sentencia final. Avanzada la mañana los gritos y alaridos continuaban.

Del altar de los santeros poco se sabía. Dos bombas lacrimógenas y el refuerzo del contingente militar le fueron poniendo punto final a la guerra. Ni al santero mayor ni a sus seguidores pudieron salvarlos los babalaos.

Todos tenían una marca en el glúteo

Nueve fallecidos y más de 15 heridos fue el resultado en números de la masacre del viernes de cruz y de muerte. Algunos de los asesinados fenecieron camino al hospital. Sobre la atención inmediata en el centro de salud de los heridos de gravedad hubo quejas de sus familiares. Los dejaban tirados en las camillas “para que se murieran”. Pero todos, los muertos y los sobrevivientes, tenían una marca en un glúteo en especie de circunferencia. En términos llaneros estaban “enhierrados”. ¿Quién lo hizo y con qué fin? ¿Provendrá también de la santería?

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