Mario Villegas responde hoy, en su columna de “El Mundo”, a algunas críticas que ha leído en la red referentes a que “alguien que disiente del gobierno no debe trabajar en la administración pública”.

Esta es su columna:

En estos días he leído, tanto en artículos de opinión como en comentarios a través de la red que se refieren a mi caso, un argumento en el que asombrosamente coinciden unos cuantos chavistas y antichavistas. Es aquel que sostiene que alguien que disiente del gobierno no debe trabajar en la administración pública. Quienes así opinan mencionan el viejo refrán que dice: “No muerdas la mano que te da de comer”.

Dispensarán los lectores que vuelva a ocupar este espacio en un tema que me toca personalmente. Pero no puedo pasar por alto ese pobre y hasta asqueroso argumento que confunde lealtad institucional y fidelidad profesional con sumisión, indignidad, alcahuetería y complicidad. Para subsistir honradamente, toda la vida me he visto forzado a vender mi fuerza de trabajo, unas veces a empresas privadas y otras a organismos del Estado. Lo que cierta gente no comprende es que esa operación no incluye la venta o el alquiler de mi conciencia, aunque efectivamente hay quienes traspasan la suya al mejor postor o, simplemente, al postor de turno. Supongo que entre éstos debo incluir a esos chavistas y antichavistas que hablan dócilmente de “la mano que les da de comer”.

La primera vez que trabajé en el sector público fue en la Corporación Venezolana de Guayana, en los años finales del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez y los primeros de Luis Herrera Campíns.

De esa época data mi certificado de carrera administrativa. Nadie me pidió ni me hice carlosandresista o herrerista, tampoco adeco ni copeyano. Al contrario, yo militaba activamente en el Partido Comunista.

Lo mismo ocurrió más tarde, cuando trabajé en el Proyecto Salud en el segundo gobierno de Rafael Caldera, por quien no había votado en 1993. Nadie me pidió ni me hice calderista, como tampoco me metí en el partido Convergencia, no obstante que ya no militaba en partido alguno.

Aunque no apoyé los intentos de golpes de Estado de 1992, en 1998 voté como millones de venezolanos por Hugo Chávez, en cuya campaña no participé pues mantenía mis reservas. Desde 1999 hasta finales del 2000 fui director general de Relaciones Institucionales del Ministerio de Educación, en cuyo ejercicio me desempeñé con una gran mística y vocación de servicio sin abandonar la más absoluta independencia de criterio, en uso de la cual llegué a tener diferencias de opinión con el propio presidente Chávez, como lo pueden certificar importantes testigos de la época. En 2001 pasé al Seniat con la venia de Trino Alcides Díaz, al lado de quien ejercí responsabilidades en el área de prensa pero con un cargo de carrera que aún mantengo como modesto empleado raso de la Región Capital.

No es verdad que profeso una infinita antipatía hacia Hugo Chávez, como escribió hace poco mi hermano Ernesto. Mantuve con el Presidente una respetuosa y muy cordial relación personal, por lo que puedo afirmar que en ese plano Chávez es un tipo hasta simpático. Pero resulta que mis cuestionamientos no pertenecen al campo de las simpatías o antipatías personales sino al orden político, administrativo y moral. Por eso no soy chavista ni avalo su proyecto, en el que nunca ha existido espacio para la crítica y el debate descarnado.

Lo que siempre he defendido es la Constitución, la cual me garantiza la igualdad y el derecho al trabajo sin discriminaciones de ninguna naturaleza, ya sea en el sector público o en el privado, en el cual tampoco me he caracterizado precisamente por la sumisión.

Por lo demás, las manos que me dan de comer no son las de Chávez sino las mías, con las cuales hago mi trabajo, pago rigurosamente mis impuestos y voto periódicamente para que un estadista administre mis acciones como copropietario de una riqueza petrolera que también me pertenece.

La mano que te da de comer (I)
Mario Villegas
El Mundo

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