Noticias24.- La edición dominical del diario español ABC trae hoy una curiosa percepción de la vida nocturna caraqueña. Guillermo Olmo visitó las dos caras de la noche de Caracas: el lujo, las aspiraciones de emigrar y el vivir “por encima de las posibilidades” de los caraqueños de la clase media rumbeando en el “San Ignacio”, y las figuras espectrales que deambulan en las zonas rojas de la ciudad. Todo ello sumergido en una sensación de constante peligro.

Caracas. Noches de miedo, deseo y miseria

Guillermo D. Olmo, ABC

Si uno contempla Caracas de noche, la vista resulta deleitosa y fascinante: un inmenso piélago de lucecillas se extiende por las montañas circundantes y se convierte en un espectáculo ubicuo para el maravillado turista. Mire donde mire, topa con las luces. De día, la claridad permite una percepción completa. Lo que de noche era luz y misterio se desvela como un descomunal cinturón de miseria. A la vista se nos ofrece la poco edificante realidad de los barrios de los cerros, donde anida la pobreza y donde la ley es una palabra huera.

Así es Caracas, una urbe desigual,compleja y engañosa, donde la estampa más lustrosa puede esconder la realidad más deprimente y donde los que no padecen la pobreza se empeñan en vivir como si no existiera, como si, igual que por la noche, los cerros fueran poco más que un espejismo en el horizonte.

Los venezolanos son festivos y cálidos. Y disfrutan la noche a tope. El problema es que en Caracas puede ser muy peligrosa. Las criaturas que los cerros vomitan hacia el valle, donde se ubican el próspero centro financiero y los principales locales de moda, viven en gran medida de la delincuencia. Y tras la puesta de sol comienza su hora punta.

Shirley, informática de 26 años, lo sabe, pero no por eso renuncia a lo que más le gusta el fin de semana: «rumbear». Tras una semana de trabajo agotador para la multinacional española que la emplea, Shirley ha quedado con unos amigos, la mayoría compañeros de trabajo. Accede a que la acompañe.

Los amigos de Shirley pertenecen a esa minoría de venezolanos que han cursado una carrera universitaria. Para ellos es factible alcanzar una buena posición y sus hábitos de consumo no tienen nada que envidiar a los europeos. Varios de ellos se plantean afincarse en España. Ángel, un negro, dice que es «una potencia que inventó un idioma» y me pregunta si tendría problemas por su color de piel. Shirley y su amiga Yanired también proyectan viajar a España. Estos jóvenes pertenecen al sector de la sociedad venezolana que tiene en la adquisición de bienes y en el ideal capitalista de felicidad su meta. Rechazan los planteamientos demófilos del presidente Hugo Chávez y son los potenciales emigrantes venezolanos. Al contrario de lo que ocurre en otros países del área, en Venezuela son las clases medias y letradas las que con más frecuencia emprenden la aventura de instalarse en el extranjero.

Ocio nocturno

Bien templados por unos cuantos «tragos», empieza de verdad la noche. Arranca la procesión motorizada por las calles de una ciudad desierta. Como en la metrópoli que Ridley Scott soñó para «Blade Runner», en Caracas de noche sólo hay neones y automóviles. Hago el trayecto en el flamante coche nuevo de Shirley. Acaba confesándome que tras comprarlo está pasando por algunas dificultades económicas. Son muchos los venezolanos que adquieren bienes suntuosos por encima de sus posibilidades. Venezuela es el país de los coches caros, de la cirugía estética y de los móviles de última generación. Pero también de la pobreza y de las desigualdades, de los cerros. Siguen allá en lo alto; desde el valle no se ve más que un rosario de luces, pero hay vida en ellos. Según me cuentan, una vida miserable.

La siguiente parada es el barrio de San Ignacio. Como Las Mercedes, Chacaíto o Sabana Grande, es de las zonas de ocio nocturno más concurridas. Tal vez porque la demanda es amplia e incondicional, los porteros de los locales son tan hoscos. Entramos en el Zuka Bar, una discoteca similar a muchas europeas, donde uno puede optar entre bailar al ritmo de compases electrónicos o apoltronarse en un cojín a «tomar» y conversar con los amigos. Tomar mucho, porque los exiguos precios son toda una invitación a la embriaguez. En el centro, la pista de baile está poblada por jóvenes que danzan voluptuosamente. En Venezuela, como en toda la zona caribeña, aunque salsa y reguetón son los géneros más propicios, cualquier son vale para restregarse con personas del sexo opuesto. Sensualidad y deseo se abren paso al amparo de los muros de la discoteca, cuando la custodia de las pertenencias de uno deja de ser una obsesión. Zuka Bar cierra a las tres. Lo hace no porque al personal le falten ganas de fiesta, sino por una disposición gubernamental que busca reducir los accidentes de tráfico en la Semana Santa. Lo llaman la «ley seca» y en la noche caraqueña todos reniegan de ella, por más que busque resolver un grave problema social. El empleado que nos invita a salir se disculpa escoba en mano y clama contra «el tonto de Miraflores» .

De nuevo al coche. Zuka, como todos los establecimientos, tiene un estacionamiento privado. Caminar de noche hacia el vehículo está vetado. Shirley se pone en marcha y me recuerda la conveniencia de no bajar los «vidrios». Conduce sin pararse ante ningún semáforo en rojo. No es ninguna imprudencia. Lo contrario sí lo sería. Por temor a ser asaltado, nadie se detiene en un cruce en Caracas. Pregunto si ninguna autoridad vigila el tránsito por las noches y Shirley me dice que no. Así transcurre la noche, entre el consumo y el miedo, entre la ostentación y la precaución.

Le propongo a Shirley que me acompañe la noche siguiente y acepta, pero se niega a llevarme a los cerros. Ni ella ni sus amigos han estado nunca allí. Ni siquiera conocen el nombre de los barrios que conforman. Y eso que no hay un rincón de la ciudad en el que se pueda dejar de verlos. Es una realidad inmensa a la que los caraqueños mejor situados del valle se empeñan en ignorar.

La noche después, rodamos por la Avenida Baralt. Es una de las calles principales y conduce al palacio presidencial de Miraflores. Expreso mi deseo de ir a verlo y Shirley, como buena venezolana, se comporta como anfitriona ejemplar y me lleva hasta allí. En la Avenida Baralt veo por primera vez peatones nocturnos. Entre montones de basura, mujeres esmirriadas y desdentadas deambulan sin rumbo aparente y corrillos de varones en camiseta interior fuman mientras deslizan miradas torvas a su alrededor. Shirley vuelve a recordarme la norma de los «vidrios subidos». Al poco nos topamos con un motorista herido en la calzada. Es el conductor de un «moto-taxi», uno de los servicios más rápidos para desplazarse por una ciudad siempre colapsada. También uno de los más peligrosos. Sus conductores sortean el tráfico como kamikazes. Es frecuente que se accidenten y se han dado casos en que el conductor ha salido ileso y ha huido del lugar abandonando a su pasajero mal herido. Así es Caracas: un caos vertiginoso y sin ley. De noche aún más.

Viaje a la miseria

Pero habrá de ser otra Shirley la que me lleve a los cerros. Esta tiene 23 años, está en paro y vive con su hija de cuatro en una habitación alquilada en el barrio de Petare, uno de los enclaves más populosos y menos recomendados a los turistas. Esta Shirley pertenece a otra capa social que la anterior y conoce bien los cerros. «¿Es tan peligroso como dicen?», le pregunto. «A mí nunca me pasó nada, aunque, por supuesto que si llegas con joyas volverás sin ellas», me responde cándida.

Shirley consigue una guía para visitar los cerros.
Irene, una hábil conductora profesional nos llevará siempre que no bajemos del vehículo ni, cómo no, abramos las ventanas.
El itinerario comienza en las cercanías de la playa de la Guaira. Recorremos la carretera que une este lugar de recreo con el corazón de la capital. Ahora funciona una autopista, que, además de ir más rápido, permite ver los cerros más lejos. La sinuosa carretera antigua atraviesa los barrios del Blandín, la Cantina y el Limón. También el del plan de Manzano, un vertedero donde se asentaron algunos pioneros a los que muchos imitaron después, y el de la Linda Tablita, una antigua escombrera que hoy es el hogar de cientos de familias. Uno llega y construye su casa donde buenamente puede. Con suerte tal vez se mantenga en pie. En 1999, tras varios días de intensas lluvias, muchas de estas construcciones, levantadas ilegalmente sobre un terreno irregular, se derrumbaron y murieron miles de personas. Fue lo que se llamó el desastre de Vargas. Aún son muchas las personas expuestas a una catástrofe de este tipo.

El Gobierno actual trata de mejorar la situación de esta numerosa población y ha puesto en marcha planes de construcción de centros sanitarios y escolares, pero aunque la gente de los cerros valora el esfuerzo y respalda electoralmente a Chávez, la estampa general de estos parajes sigue siendo desoladora. Cuando se oculta el sol se percibe la total inexistencia de alumbrado público. Lo que durante el día se presenta deprimente, al caer la noche deviene fantasmagórico. Niños y mayores caminan descalzos por la penumbra. La única luz disponible es la de los farolillos de los umbrales de las casas y de las fogatas que grupos de vecinos encienden en algunas plazuelas para reunirse en torno a ellas. Perros atropellados, casas derruidas y automóviles carbonizados conviven en un paisaje espectral, en el que las personas se tornan poco más que siluetas enclenques y errantes. También parece espectral el convoy militar con el que nos topamos. Es lo único del Estado que ha llegado hasta allí.

Irene ha elegido como banda sonora para la excursión La Oreja de Van Gogh. Shirley tararea distraída mientras yo contemplo atónito la otra cara del Gran Caracas, la más cruda. Apenas media hora de coche me separa de la otra Shirley, su pandilla y el frenesí consumista de San Ignacio. Pero en realidad sé que la distancia es abismal, que para ellos esto no son más que unas luces en el horizonte. Hay quien teme a la noche. A otros los reconforta ocultando aquello que no les gusta ver

Vía ABC.es Foto Delcroid / Skyscraper City

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