La prensa inglesa, tras elogiar lo campechano que es el Rey Juan Carlos I, le aconseja al Rey de España que, de cara al abrazo que quiere darle Chávez, se cuide: “cuídese don Juan Carlos, cuídese”, dice The Guardian.

Este es el artículo que hoy publica Celia Maza en La Razón de Madrid:

La cercanía que Don Juan Carlos muestra hacia el pueblo ha llamado poderosamente la atención a una sociedad que mira raro a los que dan dos besos al presentarse. Quien se excede de un simple apretón de manos sobrepasa la frontera de lo inusual. Y en este país obsesionado con sus costumbres, salirse de los márgenes establecidos es algo que provoca ríos de tinta, sobre todo si el protagonista es un jefe de Estado.

Todo empezó en Viena, con el efusivo abrazo que Don Juan Carlos dio a Iker Casillas tras la final de la Eurocopa. El hecho de que un deportista aún sudoroso se fundiera en los brazos del Rey sin el menor de los pudores puso en marcha las teclas de los ordenadores de los corresponsales que trabajan para los rotativos de las Islas. Primero fue «The Independent», luego «The Guardian», más tarde «The Belfast Telegraph». «Su cercanía es algo de lo que deberían aprender el resto de las monarquías», destacaba el redactor de este periódico.


La emotividad del momento sirvió para explicar el abrazo del Rey o el beso en la mejilla que Casillas dio a Doña Sofía, algo totalmente impensable en este país. Pero cuando la escena se repitió en Madrid y el monarca estrechó entre sus brazos a Luis Aragonés, Sergio Ramos o Fernando Torres, quedó claro que la Familia Real española es de carne y hueso.

«En el funeral de las víctimas del 11-M, los Monarcas dieron el pésame uno a uno a los familiares sin importarles ocultar las lágrimas de tristeza», destaca el «Belfast Telegraph». «¿Se imaginan a nuestra Reina y al Duque de Edimburgo cruzar a través de los pasillos de la Abadía de Westminster para consolar el dolor de los afligidos?». Los Reyes españoles lloran en los funerales y abrazan en las celebraciones. Y su comportamiento ha sido valorado de «chapeau».

Los guantes de Isabel II

En Reino Unido el contacto con la Reina es algo que ni se plantea. Es más, quienes presumen de haber dado la mano a Isabel II no dicen toda la verdad, ya que lleva guantes en la mayoría de los actos. A lo más que se llega es a tocar la tela. Y su frialdad ha quedado reflejada en varias ocasiones, especialmente durante el funeral de Lady Di.

La pompa real está en pleno auge. La estampa de la capa, la corona y la carroza tirada por caballos blancos no son detalles que aparecen sólo en los cuentos. El Gobierno de Su Majestad sigue al pie de la letra el protocolo de unos actos que rayan lo arcaico. Quedó más que patente con la visita de Estado en marzo del presidente francés, Nicolas Sarkozy, y su esposa, Carla Bruni. Durante meses los medios no dejaron de especular sobre el espectacular contraste entre la sobriedad de los Windsor y el glamour de la pareja francesa. Las comparaciones entre Camila y la primera dama eran casi diarias y la naturalidad con la que posaba la ex modelo ante las cámaras frente a la sonrisa congelada de la reina Isabel dieron juego para sacar a flote más de una crónica. Pero, tal y como recalcó ayer «The Guardian», «la Sarko-Carlabrunimanía ha terminado. El nuevo centro de atención es el Rey Juan Carlos de España. Todo el mundo quiere tenerlo entre sus brazos».

Aunque el rotativo admira su gesto, el rotativo se atreve incluso a dar consejos al «rey mimoso», la etiqueta con la que le han bautizado. El «por qué no te callas» traspasó fronteras y el deseo de Hugo Chávez de darle un abrazo durante su encuentro de mañana ha dado lugar a un apunte: «Desde los días de la corte medieval un abrazo de un político servía de perfecta ocasión para meterle el cuchillo entre las costillas. Lo único que ha cambiado ahora es que la daga es metafórica. Por si acaso, cuídese don Juan Carlos, cuídese».

Los demás se han limitado a elogiarle. «En comparación con la horrible pompa anclada en los 60 que sigue cada paso de nuestra familia real, el comportamiento del soberano español es un signo de virtud y moderación», destaca en sus páginas el «Belfast Telegraph». El rotativo norirlandés matiza que «mostrar afecto cuando la ocasión lo demanda» no es en absoluto un signo de debilidad, sino una señal de identidad que hace incluso que el pueblo «le muestre más respeto». «Porque no hay que olvidar que, pese a su cercanía, evitó un golpe de Estado», recalcan.

Un sucesor efusivo

Los sondeos que reflejan que el 82,9 por ciento de los españoles creen que la Monarquía está consolidada no se han escapado a las plumas de los corresponsales. El difícil trabajo que tiene el Príncipe Felipe para seguir la estela del carisma de su padre, tampoco. Aunque la foto que dejó Rafael Nadal en Wimbledon despejó bastantes dudas. Cuando el tenista rompió protocolos y subió al tejado al hacerse con la primera victoria de un español en Londres desde 1966, los Príncipes le dieron la enhorabuena de manera efusiva sin importarles las gotas de sudor que aún caían de su cabello. Los fotógrafos ingleses no salían de su asombro.

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