
Adulado de forma intolerable, hincados de rodillas los poderes de la nación, Venezuela transita hoy la negrura de la historia bajo la égida del despotismo fundamentalista”. Lo dice hoy, en “El Mundo”, Rafael del Naranco.
Foto: Prensa Presidencial
Esta es su columna:
Escuchar las maratónicas arengas de Hugo Chávez, recordatorio permanente de su poder opresivo, es un desatino no acorde con el sentido común.
Es más tarde, al advertir que sus decisiones personalistas corroen cada vez más los valores democráticos de esta en un tiempo república liberal, cuando la amarga pesadumbre nos alcanza.
El viernes, más rápido que inmediatamente, en apenas tres días, el Tribunal Supremo de Justicia aprueba varias de las leyes nacidas del exhaustivo poder concedido por la Asamblea Nacional al jefe del Estado. Uno ignora, al ser lego en la materia, si es posible en tan pocas horas leerse y aprobar ese mamotrético Decreto con Rango, Valor y Fuerza de Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, por los miembros y miembras de la Sala Constitucional, a no ser que sus componentes -y no el resto de la sociedad que forma la nación- fueran citados en las últimas semanas a Miraflores, mientras el Comandante andaba de periplo viajero, e hicieran ejercicios intensivos sobre el contenido de ese zafarrancho de combate.
Durante su programa “Aló Presidente” de ayer, el primer mandatario aseguró que las leyes promulgadas fueron ampliamente discutidas y debatidas (¿), por lo que desestima el calificativo de “contrabando” que se les ha impuesto, dado que en la Gaceta Oficial sólo aparecen los títulos y nadie conoce su contenido. “Si no están de acuerdo vayan al Tribunal Supremo de Justicia… Yo, según la Constitución, recibí facultades habilitantes y elaboramos un conjunto de leyes”.
Si uno fuera arriero, montonero, llanero de pura cepa en el Hato “El Miedo” o simplemente ciudadano de polvo y estopa, exclamaría asombrado ante tanto desparpajo presidencial: “¡Viva la madre que nos parió!”.
Ahora, a punto de ser nombrado Generalísimo de cuatro soles, siguiendo los pasos de otros autócratas, va camino de implantar su socialismo sui generis totalitario, caduco y corroído, como una extensión ambiciosa extrema en un país de aflicciones a punto de convertirse en su apostadero personal.
Adulado de forma intolerable, hincados de rodillas los poderes de la nación, Venezuela transita hoy la negrura de la historia bajo la égida del despotismo fundamentalista que nos gobierna de forma arrogante y despreciativa.
Las leyes y las providencias las encarna su conspicua figura, y quien no esté conforme, “a llorar al Valle”, en conocida expresión popular.
El poder sin medida hace uso de la prepotencia y la mayoría, tristemente, la padece.
