Para Mario Villegas, “la dignidad no es destituible”

Expresar sus puntos de vista le han costado “las descalificaciones, los insultos e incluso las amenazas de ciertos energúmenos”. Esto lo dice Mario Villegas en su columna, mientras espera que llegue la “justicia final” para cuando “el fanatismo oficialista termine de cortarme la cabeza”.
Ésta es su columna completa:
Los mismos que querían aventarme a la frontera pero no pudieron porque un juez decente lo impidió, apelan ahora a la guillotina y están punto de cortarme la cabeza. El argumento es ridículo (me incriminan infundadamente de lesionar el buen nombre de la institución pública para la cual trabajo), pero eso poco importa a quienes han de dictar la medida en la siniestra condición de juez y parte y, por si fuera poco, también vestirán el traje y la capucha del verdugo, que esta vez no será negra sino roja rojita. Cumplida la degollina administrativa, verán mi cabeza rodar, se frotarán las manos y celebrarán con dulce de lechoza.
Poner en la calle mis puntos de vista -que los presumo equilibrados y racionales- me ha costado las descalificaciones, los insultos e incluso las amenazas de ciertos energúmenos de uno y otro ladoPero mientras llega el momento en que la cuchilla termina de caer sobre mi pescuezo, no puedo permitir que pase bajo la mesa la grata circunstancia de que por estos días se cumplen cinco años desde que comencé a escribir esta columna para los lectores del diario El Mundo. Era noviembre de 2003 cuando llegué de la mano de “Kico” Bautista y con la aquiescencia de los editores de la Cadena Capriles, a quienes agradezco la oportunidad de permitirme dar rienda suelta a mis opiniones e inquietudes. Entonces trabajaba yo en el mismo organismo donde ahora lo hago pero entre seis y siete de la noche conducía junto con mi amigo Freddy Jiménez el programa radial “Una sola Venezuela”, donde aparte de entrevistar a personalidades de todas las corrientes, nos debatíamos contra los extremismos de todo pelaje y convocábamos a los venezolanos a poner de lado la descalificación y la violencia política que por esos tiempos recrudecía en el país.
Ha sido un privilegio esta columna en El Mundo. Ella ensanchó –y de qué manera- el radio de acción de mis inquietudes intelectuales, de mi rechazo a las injusticias y atropellos del poder, de mis cuestionamientos frente al sectarismo y las corruptelas, de mis críticas a los desatinos del oficialismo (empezando por los excesos del presidente Hugo Chávez) y los desaguisados de la oposición, así como de mi apoyo y reconocimiento a todo cuanto haya o a quien haya que reconocer, independientemente de su posición política.
Hoy día, la columna es publicada también por la Cadenaglobal.com y tomada y reproducida por otros medios impresos y digitales, lo cual también me honra. Que yo sepa, es publicada por el portal Noticias24.com, así como por los diarios Versión Final, del estado Zulia, y El Clarín, del estado Aragua.
Cuando el fanatismo oficialista termine de cortarme la cabeza espero lo disfrute hasta el hartazgo. Algún día llegará la justicia final.Pero aunque parezca mentira, poner en la calle mis puntos de vista -que los presumo equilibrados y racionales- me ha costado las descalificaciones, los insultos e incluso las amenazas de ciertos energúmenos de uno y otro lado. Y conste que no me refiero a quienes expresan respetuosamente y me hacen llegar sus críticas y desacuerdos, los cuales siempre han sido y serán bienvenidos.
Esa cuchilla que está en camino bajo el disfraz de procedimiento administrativo también es producto de la intolerancia y del sectarismo. Aunque no he cometido delito ni falta alguna a mis obligaciones laborales, sabía que expresar abiertamente mis puntos de vista sobre la realidad nacional, lo cual es un derecho constitucional, constituía una afrenta para algunos talibanes rojo rojitos, de corta vista y mente pequeña.
Cuando el fanatismo oficialista termine de cortarme la cabeza espero lo disfrute hasta el hartazgo. Algún día llegará la justicia final. Lo mismo digo a un repugnante fascismo opositor que se expresa a través de Internet y que -dulce de lechoza incluido- también hará fiesta con mi decapitación.
La dignidad no es destituible
Mario Villegas
El Mundo
