La firme reacción de Uribe al carro bomba de las Farc puede ser popular, pero tiene serias implicaciones. . Las ilusiones de paz de los colombianos y la esperanza de que los secuestrados regresaran al seno de sus familias en navidad se esfumaron tan rápido como la humareda de la bomba que estalló en el corazón de la Escuela Superior de Guerra y que dejó a 23 personas heridas.

Venticuatro horas después del atentado, el Presidente, en un enérgico discurso, culpó a las Farc, suspendió los acercamientos para el intercambio humanitario y cogió de nuevo la rienda corta en la ofensiva de militar. El lenguaje moderado y conciliador de las últimas semanas le dio paso, de nuevo, al Uribe vehemente, que no ahorra calificativos contra su enemigo. Llamó “fantoche” a Raúl Reyes, “cobarde” al Mono Jojoy y escritor de editoriales a Iván Márquez. A todos los tildó de terroristas. El Uribe de la mano dura estaba de regreso.

Fue un viraje después de que el Presidente, en su posesión, abrió por primera vez las compuertas de la paz. En el discurso del 7 de agosto no ocultó el dilema que representa para el gobierno la necesidad de buscar la paz y mantener al mismo tiempo una enérgica política de seguridad. En las últimas semanas, varias movidas de Uribe parecían cambiar el tablero de la guerra y muchos colombianos se entusiasmaron con la idea de que el intercambio humanitario estaba muy cerca.

En Palacio se movieron rápidamente las fichas del ajedrez. Sacaron un alfil, Alvaro Leyva, quien se convirtió en el facilitador con las Farc. En la retaguardia quedó el alto consejero Fabio Valencia, a quien la guerrilla considera un buen interlocutor. El Presidente, además, hizo dos jugadas inesperadas: habló por primera vez de desmilitarizar una zona y levantar la condición del cese de hostilidades para facilitar el acuerdo. Tras bambalinas también se estaban moviendo los países amigos (Francia, Suiza y España) para pactar unas reglas de juego mínimas para el primer encuentro entre gobierno y guerrilla.

Parecía que esta vez el intercambio humanitario era inminente. El entusiasmo de Leyva, los titulares tranquilizadores de los medios, el optimismo de los familiares, las pruebas de supervivencia de los diputados y el anuncio de Uribe de que estaría dispuesto a reunirse con Tirofijo en la selva, magnificaron ante la opinión la realidad de las cosas. A tal punto llegó la euforia, que el propio gobierno llegó a hablar no sólo del intercambio de guerrilleros presos por secuestrados políticos, sino de un proceso de paz con las Farc que desembocaría en una constituyente.

Pero la historia reciente de Colombia ha demostrado que la retórica de la paz casi nunca se compadece con la lógica de la guerra. Y esa bofetada fue la que recibieron los colombianos con el carro bomba que pusieron las Farc el jueves en el norte de Bogotá.

Sobre las latas humeantes que dejó la explosión, Uribe puso los dilemas de la guerra y la paz en blanco y negro y envió tres mensajes claros.

El primero, que la búsqueda de la paz no se puede convertir en una táctica de guerra. “Veo que el lenguaje moderado no atrae a los terroristas hacia la paz, simplemente les agranda su ambición terrorista, facilita que los terroristas posen de personajes de la política”, dijo. El evidente temor de Uribe es que el intercambio no conduzca a un proceso serio de paz, sino que les de oxígeno a los planes guerreristas de largo plazo de las Farc, que no son otros que llegar al poder.

El segundo mensaje es que para ganar la guerra se necesitan unas fuerzas armadas eficaces y transparentes. Les prometió cárcel a los policías y militares que estén vinculados con el narcotráfico y los paramilitares. Les instó a perseguir a Vicente Castaño y las bandas emergentes. Al tiempo que le dio al Ejército un espaldarazo en el polémico caso de los montajes, cuando dijo que “no podemos seguir en el error de que una discusión de falsos positivos interfiera la política de seguridad democrática”.

Por último, fue contundente al ordenar que mientras no haya intercambio humanitario, hay que intentar el rescate de los secuestrados. La orden fue perentoria: “poner toda la intensidad en la inteligencia y en la operación para rescatar los secuestrados”. Finalmente, revocó la autorización que le había dado a Luis Carlos Restrepo, a Álvaro Leyva y a los países amigos para buscar acercamientos con las Farc.

¿Por qué se endureció Uribe?

Los colombianos conocen a Uribe y saben que, cuando se enoja, actúa de manera precipitada y emocional. Sin embargo, su discurso no fue improvisado ni producto de una legítima indignación momentánea. El gobierno está en un momento difícil y cree que con este llamado a la guerra frontal apaga muchos de los incendios que tiene alrededor.

Para empezar, un gobierno de línea dura como este no puede dar la señal de que hará la paz en medio de las balas. Uribe les ha pedido a las Farc desde hace tiempo un gesto de buena voluntad que nunca ha llegado. Aunque el gobierno no ha dado el paso definitivo del despeje de Pradera y Florida, si ha mostrado flexibilidad en un punto fundamental: la exigencia inicial de un cese de hostilidades para hacer el intercambio. En el papel, el gobierno entendía que nada obligaba a las Farc a suspender sus ataques. Sin embargo, los facilitadores estaban construyendo una confianza que la bomba hizo volar en mil pedazos. Atacar la Escuela Superior de Guerra, con el objetivo de matar indiscriminadamente a los oficiales que hacían curso de ascenso, es un golpe bajo que humilla a las fuerzas militares. Muestra no sólo la capacidad de infiltración que tienen las milicias de Bogotá, sino la precaria inteligencia y la vulnerabilidad que tienen incluso los blancos más obvios. Si esto ocurrió en una universidad militar donde se forma lo más granado de la oficialidad, ¿qué no puede pasar en el resto de la ciudad?

Quizá otro Presidente hubiese pasado por alto el atentado y hubiese continuado buscando acercamientos. Pero Uribe no. Su estilo no es conciliador. El tema de la negociación con las Farc le incomoda a todas luces y desde el principio empezó a enredarse en él. Cuando parecía que estaba enviando una señal inequívoca de que despejaría una zona para facilitar el intercambio, ésta nunca se llegó a concretar. Leyva decía que el despeje era inminente, mientras el ministro de Defensa decía que no habría otro Caguán. Sus asesores más cercanos nunca terminaron de ponerse de acuerdo sobre la conveniencia de hacer el intercambio. Y él mismo pasó en una semana de hacer un prudente anuncio de su voluntad de buscar el canje, a prometer una asamblea constituyente y una nueva ley de justicia y paz. El tema terminó en una insólita discusión sobre cuántas curules tendrían las Farc en el Congreso una vez se desmovilizaran.

Ese manejo errático de un tema tan sensible en la opinión pública se vio agravado por la sensación de que el segundo tiempo de Uribe había empezado cuesta arriba. Desgastado. Y en el centro del huracán estaban justamente dos hechos que afectan la seguridad democrática: la crisis de credibilidad de las fuerzas militares y el cuestionado proceso de paz con las autodefensas.

Los escándalos en las fuerzas militares no han parado durante este año. Maltratos en sus filas, falsos positivos, ejecuciones extrajudiciales, corrupción, ineficacia y disputas entre las fuerzas son algunos de los temas que han tocado fondo justo ahora. A pesar de que en el discurso del viernes Uribe insistió en que el debate de los falsos positivos era animado por los enemigos del gobierno para debilitarlo, las investigaciones sobre este espinoso tema continúan y no se descarta que efectivamente se haya tratado de montajes, por lo menos en algunos de los casos. Lo paradójico es que la credibilidad de los militares se ha deteriorado en el momento en que más recursos tienen y cuando cuentan con el respaldo político que siempre habían pedido.

La negociación con los paramilitares ha mostrado su lado oscuro. Las revelaciones del computador de ‘Jorge 40′ demuestran que, por lo menos en la Costa, las autodefensas le jugaron sucio al gobierno mientras estaban sentados en la mesa de negociación de Ralito. Que su desmovilización fue parcial, que algunos de los jefes paramilitares han seguido en el narcotráfico y que hasta el último momento intentaron eludir la Ley de Justicia y Paz.

El gobierno no podía sumarle a las incertidumbres del proceso con los paras, otro con las Farc que no tuviera reglas claras. Justamente las reglas de juego eran el tema sobre el que nunca se pudo avanzar y que se convirtió en un cuello de botella para el intercambio humanitario. Reglas que para Uribe significaban la garantía de que no quedaría atrapado en la lógica y los tiempos de la guerrilla. El temor era que las Farc lo condujeran, como lo hicieron con Pastrana, a un proceso sin fin. Donde el tiempo juega a favor de la insurgencia y en contra del gobierno.

¿Por qué empezó a hablar de paz?

Lo que resulta extraño no es que el Presidente haga una nueva declaratoria de guerra, vocifere contra los guerrilleros o anime a los militares a que rescaten a los secuestrados. Lo que no cuadraba muy bien con su pensamiento y su estilo era su discurso de paz y la calma con la que había asumido los desaires de la guerrilla. Uribe se metió en el tema del intercambio humanitario porque, aunque no le guste mucho, lo necesita. La presión internacional sobre el tema no ha bajado. El gobierno ha intentado que el mundo censure a las Farc por el secuestro, más que a Uribe por la mano dura, pero a veces ocurre lo contrario. Para los países europeos, por ejemplo, resulta increíble que haya soldados y policías que han estado secuestrados durante nueve años en la selva, sin que el Estado se haya movilizado suficientemente para recuperarlos. Más insólito aun que una candidata presidencial y un grupo significativo de políticos también estén cautivos hace casi un lustro. Para los europeos es normal que los Estados, aún los más militaristas como Israel, no escatimen esfuerzos para recuperar a sus ciudadanos.

La opinión pública también se ha inclinado paulatinamente a favor del intercambio. La tragedia de las familias, y la de las personas que están siendo tan cruelmente sacrificadas en las montañas han hecho que los colombianos consideren este uno de los aspectos que Uribe debe lograr en este segundo gobierno. Una de las varas con las que medirán su éxito o su fracaso.

Uribe también llegó a la idea de sacar adelante el intercambio humanitario después de darse cuenta de que rescatar a los secuestrados no es sólo un asunto de voluntad. Es que sencillamente las fuerzas militares no han sido capaces de hacerlo. En parte porque no tienen suficiente información sobre dónde están y en parte porque los riesgos de que las operaciones terminen mal son demasiado altos, como ocurrió en Urrao, donde murieron el gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria y el ex ministro de Defensa Gilberto Echeverry.

En últimas, Uribe se animó a hablar de intercambio porque si bien corre muchos riesgo haciéndolo, corre muchos más si no hace nada al respecto.

Aunque después del discurso del viernes todo ha quedado suspendido, y seguramente en los próximos meses no habrá esperanzas de retomar el tema, en algún momento se tendrá que volver a hablar del intercambio. Uribe lo necesita si quiere mostrarse como un verdadero estadista. Las Farc porque los secuestrados se han convertido en un talón de Aquiles, más que un botín de guerra. El chantaje en que mantienen al gobierno, abusando de la libertad y la vida de los rehenes, los aleja cada vez más del codiciado reconocimiento político. Su máquina de guerra sigue funcionando, pero también necesita un oxígeno que sólo le puede dar el intercambio. Finalmente, por fuera de cualquier cálculo militar o político, el canje es un imperativo de humanidad.

¿Qué sigue?

Una cosa es que el gobierno haya enviado un mensaje de guerra total ,y otra, muy diferente, que el intercambio haya quedado enterrado para siempre. Los episodios de la semana pasada dejan claro que los obstáculos para llegar a un acuerdo sobre los secuestrados, o para iniciar un proceso de paz, no dependen de la retórica de las partes sino de las realidades que hay tanto en el campo de batalla como el pulso que se vive en los escenarios políticos.

No hay que llamarse a engaños. La causa de que se rompan los acercamientos entre gobierno y guerrilla no son la bomba de la Escuela Superior de Guerra ni el discurso del Presidente. La realidad es que ambas partes, aunque necesitan el intercambio, están tan lejos como siempre en sus posiciones, y el entusiasmo nacional a favor del intercambio no afectó en nada esa situación.

La decisión de Uribe de congelar todos los acercamientos no se ha tomado con base en un episodio, ni es coyuntural. Quienes le hablan al oído le han advertido sobre los riesgos enormes que corre su gobierno si decreta una zona de despeje. No olvidan que el Caguán empezó con una desmilitarización por 90 días y terminó en tres años y que empezó con un reglamento aprobado por las partes, que nunca se pudo hacer cumplir.

También temen que la salida de los presos de las Farc se convierta en una ventaja estratégica para esta guerrilla. Durante los últimos años el esfuerzo principal de los militares y la Policía se concentró en la captura de los mandos medios de la insurgencia, que son los que en últimas hacen la guerra. Muchos están a la espera del canje para volver a las filas. Adicionalmente, el intercambio se ha complicado con la extradición de los guerrilleros a Estados Unidos, en particular con los juicios que se siguen contra Sonia y Simón Trinidad.

En últimas, el panorama general que estaba presentando el intercambio para el gobierno era de desgaste. Con un segundo gobierno sin arrancar en forma, una fuerza pública en problemas y un proceso con los paramilitares muy cuestionado, el camino para que Uribe retomara el liderazgo era la ruptura. Volver a mostrar la mano firme. Y las Farc le dieron la oportunidad de hacerlo?

¿Se devuelve el reloj?

Nadie sensato puede negar que la política de seguridad democrática de Uribe le quitó terreno a la guerrilla, le quitó muertos a la guerra y fortaleció la presencia del Estado en muchas regiones del país. Pero no alcanzó a presionar a las Farc al punto de obligarla a negociar. Infortunadamente, para llegar a un proceso de paz se necesita que tanto guerrilla como gobierno sientan que en el campo de batalla ya no tienen opción de ganar. Que están, como dice el analista Eduardo Pizarro, en un empate mutuamente doloroso. Pero ese no es el caso. En Colombia sectores importantes del gobierno están convencidos de que es necesario doblegar a las Farc militarmente para llegar a una negociación favorable para el Estado. Por su parte, sectores importantes de las Farc creen que pueden poner la correlación de fuerzas a su favor. Incluso, que pueden tomarse el poder. Mientras estas percepciones no cambien, la guerra seguirá su curso.

Por eso es necesario ahora más que nunca separar el tema del intercambio humanitario de un eventual proceso de paz. El intercambio humanitario se hace en medio de la confrontación y no necesariamente requiere de treguas o de compromisos adicionales. Se hace en todas las guerras porque a pesar de la tragedia que esta representa, la vida y la libertad humanas todavía son valores universales que aunque no los enarbolan los grupos armados, sí son la columna vertebral de los Estados democráticos. Son los que hace diferente a un gobierno legítimo respecto a sus contrincantes. Si la posibilidad de un intercambio sigue amarrada a la posibilidad de abrir un proceso de paz, los secuestrados estarán condenados por tiempo indefinido. Años, quizá décadas.

Los temores del gobierno son legítimos y entendibles. Pero exagerados. En las condiciones actuales del país, es muy difícil que el intercambio le dé una ventaja estratégica a la guerrilla. Si bien las Farc no están derrotadas militarmente, en el terreno político hace años perdieron.

Es triste decirlo, pero es mejor hacer el intercambio, sin alimentar la esperanza de una paz cercana. Pero hacerlo.

Revista Semana, Colombia

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