“Las alianzas de Rusia con países que se encuentran en manos de dirigentes tan poco fiables como Chávez o los Castro no constituyen el mejor presagio para la estabilidad del futuro orden mundial.” Lo dice el editorial del diario español “La Razón”.

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Este es el editorial completo:

Moscú relanza sus relaciones con la tiranía cubana y los caudillos de Iberoamérica

Las ambiciones peligrosas de Rusia

La visita del presidente ruso, Dimitri Medvedev, a Cuba, como punto final de la gira que le ha llevado por varios países de Iberoamérica, confirma el acercamiento entre estos dos antiguos aliados estratégicos y la superación definitiva de más de dos décadas de desencuentros, que tuvieron su origen tras la caída de la URSS al suponer para la Isla la pérdida del 80% de sus ingresos.

Si durante la presidencia del ahora primer ministro Vladimir Putin, Moscú ya demostró su intención de impulsar sus relaciones bilaterales con La Habana mediante la concesión de créditos por valor de más de 300 millones de dólares anuales, Medvedev parece haber marcado ahora al eje en el que se integran todos los gobiernos populistas del continente, y que lidera el venezolano Hugo Chávez, como uno de los pilares clave de su política exterior.

Para darse cuenta de la decidida voluntad del Kremlin de convertir esta región del mundo en un nuevo escenario de su disputa con Estados Unidos por el control de áreas de influencia, basta con comprobar la enorme trascendencia de los acuerdos firmados durante estos días por Medvedev, y que van desde los tratados comerciales y de venta de armamento suscritos con Perú y Brasil al compromiso de cooperación nuclear alcanzado con Venezuela.

A pesar de que estos movimientos constituyen por sí solos un nuevo mensaje a Occidente, el momento que mayor expectación ha despertado de la gira, por las consecuencias que pueda acarrear, llegó con las maniobras navales que tropas rusas y venezolanas protagonizaron bajo la atenta mirada de sus presidentes.

Lejos de constituir un episodio sin importancia, el desafío de la presencia de la flota rusa en aguas del Caribe supone la prueba más palpable de la intención de Medvedev de recuperar su papel de contrapeso de Estados Unidos en un orden internacional en el que, en los últimos años, se había visto relegado a la condición de comparsa.

Paralelamente, la operación militar ha permitido a Hugo Chávez dar un paso más en su absurda escalada antiamericana, ya que una relación de privilegio entre el gobierno de Caracas y el de Moscú sería vista en Estados Unidos como un riesgo para sus intereses sobre el petróleo, agua potable y el comercio en la región.

Así, el potencial peligro de la recobrada influencia rusa en Iberoamérica se suma a la larga lista de fricciones, más o menos abiertas, que Estados Unidos y Rusia mantienen en la actualidad. La ubicación de bases para la instalación del escudo antimisiles norteamericano en países como Polonia o la República Checa con el fin de prevenir eventuales ataques procedentes de Irán o de Corea del Norte, los recientes conflictos en Kosovo y Georgia, o la posible incorporación a la OTAN de países pertenecientes a la antigua órbita soviética como Ucrania son sólo algunos ejemplos de la situación de tensión por la que atraviesan las relaciones entre ambas potencias.

Las alianzas de Rusia con países que se encuentran en manos de dirigentes tan poco fiables como Chávez o los Castro no constituyen el mejor presagio para la estabilidad del futuro orden mundial.

Por ello, no cabe duda de que éste será uno de los grandes desafíos a los que tendrá que hacer frente el presidente Barack Obama. Una administración estadounidense firme, que tenga en la fortaleza de la OTAN y en su alianza con la Unión Europea la base de su política estratégica y de defensa, es sin duda la mejor receta para que giras como la protagonizada por Medvedev no se conviertan nada más que en el desesperado intento de algunos nostálgicos de regresar a los tiempos de la Guerra Fría.

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