Periodista de AP en Gaza encuentra su casa hecha escombros
Estoy viviendo solo en mi oficina. Mi esposa y mis dos hijos se instalaron lejos de aquí luego de que nuestro departamento quedó hecho escombros. A la mezquita que frecuento desde niño le volaron el techo. Todos los edificios gubernamentales que frecuento están destruidos.
Luego de varios días de bombardeos israelíes, la ciudad que yo conocía y la vida que yo hacía ya no existen.
La Ciudad de Gaza, donde viven unas 400.000 personas, dejó de tener agua potable cuando se acabó el combustible que alimenta las plantas eléctricas que posibilitan el bombeo. Mientras en el exterior la gente ve lo que sucede por televisión, aquí nos enteramos de las noticias escuchando radios que funcionan con pilas. Las tiendas de comestibles están cerradas y escasean los alimentos.
Los hospitales dicen que más de 600 palestinos murieron en la ofensiva de Israel contra Hamas, al movimiento radical islámico que gobierna Gaza. Buena parte de las víctimas son civiles.
En el tercer día de los bombardeos aéreos israelíes, el edificio donde vivo fue alcanzado por bombas dirigidas a un complejo gubernamental cercano que ocupaban militantes de Hamas.
Mi hermano sacó una foto de la habitación donde alguna vez durmieron mis hijos, Hikmet, de dos años, y Ahmed, de seis meses. Sus juguetes estaban rotos, las balas de metralletas habían perforado el armario y la pared de la habitación se había venido abajo. No sé si podré volver algún día.
El ejército israelí difundió un video del ataque al complejo de Hamas, el cual fue colocado en YouTube. Se observa el momento en que mi edificio es bombardeado. Veo el video obsesivamente.
El martes estuve frente al edificio, pero no me animé a entrar. Temía que en cualquier momento volviesen a bombardear lo que quedaba del complejo de Hamas.
Al volver al centro de la Ciudad de Gaza, tomé la avenida en la que se encuentran las dos principales universidades que tenemos. Estaba cubierta de vidrios rotos, de cables de teléfonos y del tendido eléctrico, y de autos inutilizados. Esta avenida solía estar llena de estudiantes, de taxis y de vendedores callejeros. Siempre había ruido y congestionamientos de tránsito.
El único negocio que encontré abierto fue la farmacia de mi amigo Eyad Sayegh. Es un cristiano ortodoxo. Me detuve para desearle una feliz Navidad. Las iglesias orientales celebran la Navidad el 7 de enero.
Eyad me dijo que se había olvidado de que era la Navidad.
Todos los edificios importantes que yo frecuentaba como periodista han desaparecido.
El Seraya, de la época colonial, fue la sede de los servicios de seguridad de una cantidad de gobiernos, incluidos los de los británicos, los egipcios, los israelíes, la Autoridad Palestina y, últimamente, la gente de Hamas.
Seraya, donde se encuentra la principal cárcel, inspiraba miedo. Hoy no existe.
De la oficina presidencial con vista al mar solo quedan algunos muros. Para muchos palestinos de Gaza, el edificio simbolizaba nuestra nación, por más que el presidente Mahmoud Abbas, quien también encabeza el movimiento Fatá (acérrimo rival de Hamas), no pisa esas oficinas desde que Hamas asumió el control de la Franja de Gaza en junio del 2007.
Alguien colocó una bandera palestina en lo que queda del edificio. El enorme portón del sector occidental sigue de pie, creando la ilusión de que hay algo detrás.
Del otro lado de la ciudad, el edificio del Parlamento está semidestruido.
En Jala, una de las principales calles de la ciudad, vi cómo unos 30 muchachos trataban de llenar botellas con agua en una llave que goteaba.
Samir, quien tiene nueve años, me dijo que su familia no tiene agua en su casa y que quería llevar suficiente agua como para bañarse, porque él y su hermano olían mal.
Lo mismo se puede decir de toda la gente de Gaza en estos momentos.
En el edificio de mi suegro, la gente descarta bolsas de comida en mal estado. Al no haber electricidad, se pudren los alimentos en los refrigeradores.
La escasez de productos empeora y da lugar a inusuales rebeliones. Vi una panadería en la que había unas 150 personas haciendo cola. Había una cola para las mujeres y otra para los hombres, quienes se quejaban de que las mujeres, que habitualmente ceden el lugar a los hombres, ahora empujaban para llegar primero. Por eso crearon dos colas.
Hay pocos autos en las calles, casi siempre de periodistas, ambulancias o vehículos llenos de personas que parecen estar huyendo, con colchones en los techos. Quien sabe a dónde irán.
Los helicópteros israelíes sobrevuelan la ciudad. Escucho estallidos a lo lejos. Las calles están siendo destruidas por las explosiones.
Me dirijo al centro de la ciudad, tratando de demostrarme a mí mismo que todavía puedo hacer algo que siempre hice, manejar por la ciudad.
Llego a la escuela católica en la que estudié, a la que me llevaba mi padre todos los días. El edifico está dañado. Me paro frente a él y me pregunto si algún día podré acompañar a mis hijos a esta escuela.
Por Ibrahim Barzak
Copyright 2009 The Associated Press.
