11, 12 y 13 de abril de 2002: Un paro petrolero, una huelga nacional, una manifestación opositora sin precedentes, un gobierno presionado, un descontento popular y un final inesperado que aún, siete años después no ha sido esclarecido.

Iralyn Valera
Fuentes: ‘Hugo Chávez sin uniforme’ -Cristina Marcano y Alberto Barrera-, ‘El acertijo de abril’ de Sandra La Fuente y Alfredo Meza.
Noticias24

Aquel 11-A es descrito por algunos como el día en que la revolución se detuvo y como el día en que Hugo Chávez cayó y volvió. Un tiempo que -según dijo Patricia Poleo en su columna de El Nuevo País en 2007-, marcó un antes y un después de los sucesos de aquellos días que dejó 19 muertos y más de 100 heridos.

Desde tempranas horas de la mañana, más de 500.000 personas acudían al llamado opositor. Entre consignas y banderas exigían un cambio político y social al gobierno del presidente venezolano, Hugo Chávez. Desde hacía meses, Venezuela era portadora de una sociedad civil asqueada y de un Gobierno Nacional que no caía, pero que tampoco se estabilizaba. Una marcha opositora que concentró a una cantidad de manifestantes que hasta hoy, no han podido volver a reunir.

Ese día partieron con un destino que a mitad de camino decidieron cambiar y sin saberlo, también modificaron para siempre la vida de un gran grupo de venezolanos. Como lo reseña el libro “Hugo Chávez sin uniforme”: ‘Hay muchos 11 de abril’. Un día de muchas caras y muchas versiones.

La marcha que partió desde el Parque del Este con destino a la antigua sede de Petróleos de Venezuela en Chuao, decidió junto a los líderes opositores continuar hasta el Palacio de Miraflores, para exigir la renuncia del Presidente de la República.

Testigos sostienen que como se desarrollaron los hechos, todo indica que aquella iniciativa de desviar la marcha estaba planeada con anticipación y con ello, una gran conspiración política, social e inclusive, militar.

Un país caldeado por los cuatro costados, líderes opositores con ansias de poder y una multitud sedienta hicieron de ese día, una bomba de tiempo que sin mayor esfuerzo reventó.

Por otro lado, líderes oficialistas y afectos al presidente Chávez organizaron a sus seguidores para ir juntos “a defender la revolución”. Ese día el aire de Venezuela era denso y pesado.

Una vez que la marcha traspasa la avenida Bolívar e intenta acercarse al Palacio Presidencial, un contingente de la Guardia Nacional fuertemente protegido les impide el paso. En medio de la multitud y sin previo aviso, manifestantes en diversos puntos de la marcha caen al suelo atravesados por heridas de bala. En el asfalto se derrama la sangre de quienes una mañana simplemente decidieron salir a protestar.

Disparos llegan de diversos puntos. La gente corre aturdida. No entienden qué sucede ni de dónde viene. Otro venezolano con cámara al cuello, cae herido de una bala y de allí, por sus propios medios, jamás volvió a levantarse. Una cuadra más adelante, una venezolana del partido Primero Justicia también se arrodilla producto de una herida en el rostro. Se ayudan unos a otros. Todos corren en busca de refugio. Las banderas que desde tempranas horas ondeaban en el viento caraqueño, ahora eran usadas para tapar el rostro de un cuerpo sin vida. Ese día Venezuela se detuvo y la revolución de Hugo Chávez también.

A las 3:45 de la tarde, el presidente Hugo Chávez emite un discurso en cadena nacional de radio y televisión, encara al país y da por entendido que aún permanece dentro de las fronteras venezolanas. En medio de su discurso y ante los acontecimientos, los medios de comunicación privados deciden picar la pantalla en dos y transmitir lo que paralelamente estaba ocurriendo en el centro de Caracas.

De un lado, un presidente con ojos achinados, de semblante tenso y nervioso y del otro, imágenes de lo que sucedía a pocos metros del Palacio Presidencial. Las dos caras de un mismo país. A partir de allí, de igual modo quedó Venezuela, entre una Caracas del Oeste y una del Este, entre un país de chavistas y otro de antichavistas. Ambos dos, no han vuelto a unificarse.

En medio de la cadena, le colocan -según lo cuenta ‘El acertijo de abril’-, una hoja sobre el escritorio al jefe de Estado: “Lista de muertos”. Hugo Chávez lo ve, pero mantiene su postura. No cae, no flaquea. Continúa con su mensaje a la nación. Le informan que los medios privados están transmitiendo simultáneamente las imágenes que contradicen su discurso y decide cortarles la señal que luego restituiría, una vez concluida la cadena.

Hoy, siete años después lo que sucedió en aquellos largos e intensos minutos no ha sido aclarado. Ambos lados -oficialismo y oposición- sostienen que existió un plan para masacrar a los manifestantes. Ciertamente los hechos y las imágenes que aún se guardan en la memoria dan fe de ello, pero de qué lado estará la cabeza de aquella operación que acabó con la vida de chavistas y antichavistas. Todos al fin y al cabo, venezolanos.

¿Francotiradores pagados por los altos dirigentes opositores o de la cúpula chavista? ¿Civiles armados? ¿Disparos que hacían los llamados revolucionarios o de los funcionarios de la Policía Metropolitana? ¿Desde dónde disparaban? ¿Cuántos eran? Son muchas las incógnitas que aún circulan en la mente y en las heridas de las víctimas que dejó la falta de reconciliación.

Pronto las imágenes captadas por los medios de comunicación, testigos y aficionados recorrieron el mundo entero, pero nunca ayudaron a esclarecer los hechos. Desde el famoso Puente Llaguno, civiles armados disparan hacia un sector donde presuntamente, no estaba alojada la marcha opositora. Alegan que disparaban en defensa. Todos y cada uno de ellos, están libres y aún, no se sabe con certeza si disparaban contra la manifestación o contra la Policía Metropolitana.

En las horas siguientes, nada más se sabrá del presidente Hugo Chávez. Algunos testigos, periodistas y allegados del jefe de Estado, narran su decisión de activar el “Plan ‘Avila” -una orden militar de carácter represivo contra los civiles-, una iniciativa que sería el botón que terminaría por activar el descontento y pronunciamiento del Alto Mando Militar y con ello, la salida de Hugo Chávez como Presidente de Venezuela por 48 horas.

“Hasta hoy le fui fiel, Presidente”, retumban ante las cámaras las palabras que emitía el entonces comandante general del Ejército, Efraín Vásquez Velasco. Pasada la medianoche, efectivos militares trasladan a Hugo Chávez hasta Fuerte Tiuna y poco después, el entonces general Lucas Rincón pronuncia las palabras que Venezuela jamás olvidó “Deplora el Alto Mando Militar los lamentables acontecimientos sucedidos en la capital el día de ayer. Ante tales hechos, se le solicitó al señor Presidente de la República la renuncia de su cargo, la cual aceptó”. Esa noche Venezuela no durmió.

Esas palabras aún están suspendidas en el vacío, en el mismo vacío que dejó aquel 12 de abril cuando se desconocía el futuro político del país. ¿Realmente renunció el Presidente o lo presionaron? ¿Hugo Chávez se iría hacia Cuba o lo encarcelarían en Venezuela? ¿Querían asesinarlo? Otras incógnitas que se suman a la lista de dudas que aún no han sido respondidas.

Según lo explican Cristiana Marcano y Alberto Barrera en ‘Hugo Chávez sin uniforme’, el tema de la renuncia del Presidente de la República, tendría que ver con el antes, el durante y el después de la legitimidad o ilegalidad de las acciones civiles, militares y gubernamentales que se instauró aquella madrugada. Pero, pareciera que la verdad sólo la conoce Chávez, testigos y sus más allegados, aunque el mismo Presidente transmite varias versiones de aquella enredada renuncia.

Un grupo importante del Alto Mando Militar se pronuncia ante los hechos del 11 de abril de 2002. Foto: AFP

Acto seguido, Venezuela da por hecho que Hugo Chávez había asumido la renuncia de su cargo y el entonces presidente de Fedecámaras, Pedro Carmona, asume públicamente la Presidencia de la República. Pero algo pasó en aquel juramento presidencial que cambió el transcurso de esta historia. Algunos venezolanos celebran con júbilo y otros se lamentan ante las palabras de Carmona.

El presidente de Fedecámaras se autoproclama Presidente de Venezuela y lee una serie de decretos que disuelven todos los Poderes Públicos. Ese pronunciamiento marcó el principio del fin y como diría tiempo después Teodoro Petkoff en el libro ‘Hugo Chávez sin Uniforme’, ante aquella barbarie, ‘los mismos que aceptaron la salida de Chávez como solución a la crisis política dijeron “mándenlo a buscar”‘.

Y así llegó el 13 de Abril: Manifestaciones del sector oficialista que exigen saber sobre el paradero del jefe de Estado, la zozobra y un descontento por el nuevo gobierno que era percibido hasta en el aire de quienes tenían más de 30 horas sin dormir. La hija de Hugo Chávez, María Gabriela Chávez, recibe una llamada -según reseña ‘Hugo Chávez sin uniforme’-, de su papá quien le dice que difunda el mensaje ‘que no ha renunciado, que está preso y que tienen ordenes de matarle’. Ella cumple con la misión, al igual que su esposa María Isabel de Chávez a través del canal internacional de noticias CNN.

Al caer la noche, Pedro Carmona pone el cargo a la orden y el general Raúl Isaías Baduel dirige un operativo que traería a Hugo Chávez Frías de regreso a la Presidencia.

‘Todo 11 tiene su 13′ dirán durante los años siguientes la tolda oficialista. ‘Prohibido olvidar y ni un paso atrás’ contestarán los adversarios del Presidente. Ese día, Hugo Chávez Frías regresa: “A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César y al pueblo lo que es del pueblo”, dice el jefe de Estado al dirigirse al país. Al mismo tiempo, reconoce “los errores”. Llama a crear diálogos con todos los sectores del país y asegura que buscará la reconciliación entre los venezolanos.

Algunos sostienen que estos acontecimientos fortalecieron al proyecto revolucionario del presidente Chávez, que en una “suerte de azar” dejó al descubierto a aquellos que podrían ser calificados como “traidores” por el sector revolucionario. Las máscaras estarían puestas sobre la mesa.

Pedro Carmona Estanga. Presidente de Fedecámaras y vocero del sector opositor. Fue nombrado Presidente de Venezuela en los hechos del 11 de abril, una vez que fue conocido que el presidente Chávez había renunciado a su mandato. Foto: AFP

Hoy en 2009, todavía se siente que las heridas -de ambos lados- permanecen abiertas. Las consecuencias han sido devastadoras para el país y aún pareciera no tener fin. Luis Miquilena -mentor del candidato Hugo Chávez en 1998-, se separa públicamente del jefe de Estado luego de estos acontecimientos. El fiscal asignado para investigar los hechos de abril, Danilo Anderson, pierde la vida luego de que su vehículo explotara de manera intencional. Un caso que tampoco ha sido aclarado por el Gobierno Nacional.

Por otra parte, la oposición a partir de allí queda “herida de muerte” y hasta ahora, no ha logrado recuperar el mismo poder de convocatoria. La principal figura del regreso del presidente Chávez, el general Raúl Isaías Baduel, tiempo después, también se pronuncia contra las pretensiones “autoritarias” del jefe de Estado. Hace pocos días, fue privado de su libertad y trasladado a la cárcel de Ramo Verde por presunto “enriquecimiento” ilícito con fondos de la Fuerza Armada durante su gestión como Ministro de la Defensa, un cargo que asumió después de los hechos del 11-A.

El pasado 3 de abril de 2009, los comisarios de la Policía Metropolitana -Vivas, Forero y Simonovis-, son sentenciados a 30 años de prisión al ser considerados culpables, por los asesinatos de las 19 víctimas y las heridas de casi 100 venezolanos, en las inmediaciones del Palacio de Miraflores. Sectores de oposición y defensores de los funcionarios policiales, alegan que no habían suficientes pruebas para condenarlos aún más, cuando los “pistoleros de Puente Llaguno” fueron dejados en libertad.

“Luego de oír a la juez Marjorie Calderón confirmé lo que he mantenido y dicho durante este interminable juicio: que en nuestro caso sólo se buscaba venganza. Sólo con oír cómo se expresaban las fiscales y abogados de mí, era obvio un profundo resentimiento; lo que no sé es qué lo motiva; me odian a muerte y a eso me condenaron”, dice en una entrevista con El Universal Iván Simonovis, luego de ser sentenciado.

Los ex comisarios aseguran ser inocentes y haber sido víctimas de un odio que les arrebató la libertad. “A los venezolanos les digo que no quiero lágrimas ni compasión, quiero que reaccionen y se den cuenta que en Venezuela estamos en una dictadura, que si no reclaman sus derechos, la cárcel será tan grande como el tamaño del país”, advirtió Simonovis.

Saber la verdad de lo que sucedió aquellos días, es una deuda con la historia. Los oficialistas y opositores deberán saldarla con los venezolanos que hoy, siete años después, piden respuestas, reclaman justicia y anhelan la paz.

El presidente Hugo Chávez, regresa a Miraflores el día 13 de abril y retoma su cargo presidencial. Foto: AFP

Ver también: En Fotos: ‘Los pistoleros sin juicio del 11-A’
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