“Quienes lo conocen dicen que es un narcicista enloquecido de poder. Incluso, dejó la cabeza de un burro muerto en la puerta de una chica que lo desdeñó. Otros dicen que es el heredero legítimo de Bolívar y Castro”. Christine Toomey, en un reportaje publicado ayer por el suplemento del diario londinense Times intenta descubrir quien es el verdadero Chávez a través de su madre Elena.

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A altas horas de la noche, Doña Elena Frías de Chávez me invita a pasar a su habitación en la mansión de estilo hacienda en Barinas. Pasamos por la cama deshecha, alrededor de la cual cuelgan rosarios junto a las fotografías de su controversial hijo Hugo, y me indica que nos detengamos. Descubro un altar improvisado atestado de velas, estatuas de la Virgen María, santos y flores artificiales cubiertas de polvo, todo ello alrededor de un gran holograma de Jesucristo cuyos ojos parecen abiertos o cerrados dependiendo de desde donde se mire.

“Aquí es donde rezo cuando temo por la vida de mi hijo” dice Doña Elena reclinándose con las manos juntas como en reverencia, y toca suavemente el cristal que rodea una lámpara votiva. “Siempre estoy pendiente de que haya al menos una vela encendida. Hasta me levanto de noche para asegurarme de que no se haya apagado”.

En una semana en la que sus oponentes le muestran odio tan intenso que Chávez sale en la prensa como un Hitler bajo el titular “Heil, Hugo”, Doña Elena tiene muchas razones para rezar. Hace cinco años, cuando la furia de los opositores alcanzó su clímax y luchas sangrientas en las calles dejaron una docena de muertos, Chávez fue detenido por soldados y puesto en arresto militar. Pero el intento de golpe duró poco.

En menos de 28 horas, Chávez había sido repuesto en el poder. “Fue la mano de Dios la que salvó a mi hijo el 11 y 12 de abril”, dice Doña Elena. “Pero Hugo tiene tantos enemigos que tengo que rezar por largas horas”.

Cuando hablo con doña Elena sobre ese hijo que identifican como el futuro Castro, sus ojos estrictos brillan con rabia. “El que sean buenos amigos no implica que mi hijo sea su sucesor”, dice ajustándose la chaqueta con agitación. “Mi Hugo Rafael no quiere ver la vieja historia del comunismo repetida aquí. Sólo alguien con una cabeza de burro puede creer eso”. Es una triste elección de palabras tomando en cuenta aquella historia de juventud de Chávez que escuché posteriormente.

“Mi hijo es un hombre inmensamente religioso. ¿Por qué, si no, buscó la bendición del Papa?”, sigue Doña Elena señalando varias fotos de Chávez, sonriendo ampliamente junto a Juan Pablo II.

Mientras miro las fotos, una tosecita cortés me hace darme cuenta de que le bloqueo la televisión a su marido. Apenas me muevo, el amigable Don Hugo de los Reyes Chávez recuesta la cabeza en su mano para seguir viendo un juego de beisbol.

“Mi hijo sacó mi carácter. Su padre tiene un temperamento más plácido”, dice en voz baja mientras salimos de la habitación. Cuando Doña Elena me despide en la veranda de la mansión del gobernador, noto un enorme cuadro al óleo de Chávez con la silueta de un llanero en el fondo. “Como yo, mi hijo es muy generoso para los que le caen bien pero muy duro con los que no”, me dice, apretando contra mi mano una lata de galletas como regalo de despedida.

Mientras viajo por el paisaje plano de Sabaneta la mañana siguiente para conocer al hermano de Chávez, el alcalde Aníbal, me doy cuenta de que crecer en un lugar con horizontes tan anchos puede crear una tendencia a albergar grandes ambiciones. “Ciertamente, Hugo era el que tenía los grandes planes. Era muy listo, un líder nato. Siempre estuvo claro que iba a llegar lejos”, dice Aníbal.

Antes de acceder a conversar, el alcalde insiste en un extraordinario ritual. Llama a tres asistentes a su oficina, saca una Biblia y mientras todos agitan sus manos en el aire de modo evangélico, uno de los tres lee un pasaje del Viejo Testamento: Proverbios 14:3, que incluye la frase “Los tontos soberbios hablan demasiado”.

“Mi mamá quería que mi hermano fuera sacerdote”, dice el alcalde, invitándome por fin a tomar asiento. “Era monaguillo. Mi hermano cree en Dios. Por eso nunca será como Fidel, quien no cree en Dios. Dile a tus lectores que no teman. Mi hermano está comprometido a las elecciones libres. No quiere ver a Venezuela convertida en otra Cuba. Sólo quiere ver una nación comprometida más a la gente que a la ganancia, un lugar donde los valores espirituales sean lo más importante”.

Su tía abuela Brígida, que vive aun en Sabaneta, nos lleva al lugar donde nació Chávez en una choza de techo de paja y suelo de tierra. “Hugo hizo muchas cosas escondido porque sus padres estaban en contra: se inscribió en el ejército a los 17 años sin su consentimiento. Yo fui una de las primeras personas a las que le confesó sus creencias comunistas”, dice la mujer de 64 años que perteneció a un partido comunista ilegalizado en los 70.

Leonardo Ruiz, amigo de la infancia de Chávez, recuerda que solían jugar beisbol con una pelota hecha de trapos o con tapas de botellas. “Esa era su pasión, el beisbol. Quería ser jugador profesional. Sólo se unió a los paracaidistas porque ellos tenían un famoso pitcher entrenando su equipo de beisbol”.

Esto lo resaltan todos los que lo conocen. Pero un hecho menos conocido es la ideología que recibió en casa de este amigo de infancia cuyo padre fundó el Partido Comunista en Barinas. “Fueron mi papá y su hermano Vladimir los que introdujeron a Hugo y Adán en estas ideas políticas”, dice Ruiz. “Venían a conversar y a leer nuestros libros. Pero tenían que ocultar sus simpatías comunistas porque era peligroso”.

Un aparte que hace Ruiz cuando nos despedimos me deja una sensación incómoda. Habiendo leido el relato de un incidente macabro durante la juventud de Chávez en la biografía hecha por dos autores venezolanos, Alberto Barrera y Cristina Marcano, le pregunto a Ruiz si lo recuerda. Se refiere a Chávez y sus amigos siendo rechazados por una atractiva chica cuando eran adolescentes. En venganza, se dice que Chávez le cortó la cabeza a un burro muerto y la dejó en la puerta de la chica. “Oh sí, esa broma”, dice Ruiz, incómodo. “Admito que fue de mal gusto”.

Christine Toomey
Time – Londres

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