Opinión 22 / jun / 2007 10:56 am 23 comentarios

Chávez, entre el miedo y la soberbia

Hay hechos inesperados que desvelan el agotamiento de los procesos políticos. Y, por más intentos para disimular lo que ocurre, de repente, sin mediar síntomas externos visibles, surge una circunstancia determinante, catalizadora del deterioro subyacente. La procesión va por dentro…, dice el refrán.

Pues bien, las manifestaciones estudiantiles reventaron la estrategia del clima de confrontación permanente diseñado por Chávez y sus acólitos. Los abusos reiterados del régimen han tenido, por la fuerza de los hechos, poca incidencia sobre la vitalidad y novedad de la protesta. De nada vale la tosca pantomima de quien está acostumbrado a buscar la obediencia por medio de la dominación y el miedo.

Los universitarios han asomado una disposición importante de aproximación entre ellos, lo que implica un comportamiento cívico que promueve y privilegia el reconocimiento del otro. Sin embargo, ¡ojo!, la concesión de la política del rencor chavista al diálogo no se hace de manera voluntaria o porque signifique un cambio de actitud de quienes se creen dueños del patio. Todo lo contrario, es producto de la pérdida gubernamental del pulso político y social.

El escapulario de la paz y la convivencia ciudadana no pertenece, precisamente, a los sectores afectos al chavismo nebuloso. Cierto es que el proceso político venezolano acusa signos de esclerosis, de envejecimiento que socava los cimientos de su poder. El peligroso comunismo de opereta preconizado a mandíbula batiente por el iluminado de Sabaneta, recorre una especie de círculo perverso, en el cual se repiten sin rubor las mismas mentiras. Los mismos argumentos de la propaganda de la dictadura cubana.

El viaje apresurado de ida y vuelta a La Habana para consultar al viejo oráculo del despotismo y el autoritarismo, servirá de muy poco a la hora de encontrar soluciones a la crisis de aceptación y la pérdida del nervio revolucionario. Por eso, Chávez está obligado a apelar a las amenazas contra sus oponentes reales e imaginarios.

Mientras más exaltado e intransigente aparezca en los medios de comunicación, más atemorizado e inseguro se siente. De allí sus exagerados aspavientos de soberbia destinados a presumir una fortaleza que no tiene. La pretendida identidad militar cívico no existe sino en las avispadas mentes de los depredadores de oficio.

Tanto militares como civiles se aprovechan de los desvaríos mesiánicos de Chávez, para enriquecerse “revolucionariamente”. Esa es la verdadera identidad. Por ello los preceptos revolucionarios se evaporan, se gasifican, como por arte de birlibirloque. Estos son efectos disolventes a la hora de pretender construir una revolución. Cumplida esta etapa, se hace necesario aunar esfuerzos transversales de la disidencia a fin de galvanizar el ánimo y el espíritu de lucha.

Todo el peso no puede caer sobre los jóvenes. Eso sería una posición muy cómoda de quienes no quieren asumir responsabilidades militantes con la democracia venezolana. La voluntad colectiva derriba montañas. El Muro de Berlín cayó por sí mismo cuando los ciudadanos se dieron cuenta de las debilidades del sistema comunista. Su desplome no respondió a planes de ningún tipo.

El cansancio de los pueblos es un factor desencadenante de las revueltas populares. Algunas son pacíficas, otras violentas…Tarde o temprano la gente reacciona ante la injusticia, la opresión, la siembra de odios, el engaño permanente, las manipulaciones desmedidas… El proyecto autocrático está en crisis. El modelo comunista no va con el talante alegre y libertario del venezolano. Chávez no vive el país en tiempo real. Está aferrado a esquemas fosilizados destinados a fracasar nuevamente.

Chávez, entre el miedo y la soberbia

Freddy Lepage
El Nacional

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