Publicado el 11 de Nov de 2009 2:23 pm |

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El tenista español Rafael Nadal se lamenta tras fallar un punto contra su compatriota Nicolás Almagro durante su partido de octavos de final del Masters 1.000 de Parí­s-Bercy jugado el 11 de noviembre de 2009 en Paris, Francia. EFE/CAMILLE FARGES

El español Rafael Nadal, número dos del mundo, se impuso en un partido agónico a su compatriota Nicolás Almagro en el Másters 1.000 de Bercy, donde acabó venciendo por 3-6, 7-6 (2) y 7-5 después de más de tres horas de juego.

El mallorquí­n, que no estuvo brillante, acabó beneficiándose de los fallos de su rival y de sus problemas fí­sicos, unos tirones que le mermaron en la recta final del encuentro y que le impidieron oponer resistencia.

Pese a todo, Almagro completó un gran partido y dispuso de cinco bolas para ganarlo en el segundo set, pero no supo aprovecharlas.

Dominó el partido Almagro frente a un Nadal fuera de forma, falto de ritmo, lejos del juego agresivo que le caracteriza.

El mallorquí­n comparecí­a en Parí­s casi un mes después de su último encuentro, la final de Shangai que perdió frente al ruso Nikolay Davydenko.

La falta de partidos se notó en Nadal, que estuvo a merced de un Almagro que parecí­a tener todo a su favor. Fue el mallorquí­n el que dominó el encuentro, el que marcaba el ritmo. Asentado en un saque magní­fico, con frecuencia por encima de los 200 kilómetros por hora, Almagro tení­a el encuentro en su mano.

Ganó de forma cristalina el primer set, haciéndose con el servicio de Nadal en el sexto juego y guardando su saque con calma. Era el primer set que le ganaba.

Comenzó también dominando la segunda manga, pero Nadal se aferró al partido, sin hacer un gran tenis. Almagro no estuvo fino en los puntos clave y eso se notó en el duodécimo juego, cuando serví­a para ganar. Entonces tuvo el partido en su mano, tan cerca que sólo tení­a que atraparlo. Con un 40-0 a favor, el público comenzaba a mascar la despedida del número dos.

Pero Nadal se rehizo. Remontó las tres bolas de partido. Cedió otras dos más pero también las rescató. Se aferró a su suerte, la del campeón. Y acabó por arrebatar el saque a Almagro.

El murciano no se recuperó. En el juego de desempate apenas opuso resistencia. Habí­a rozado la victoria, la habí­a visto pasar ante sus ojos y no habí­a sabido atraparla. Su juego comenzó a decaer.

Cedió su saque de entrada en la manga definitiva y, aunque lo recuperó en la siguiente, el partido andaba ya sin rumbo. Ninguno de los dos estaba bien. Dejaban escapar con claridad su servicio y multiplicaban los fallos.

El encuentro se dirigí­a a un nuevo juego de desempate. Pero el fí­sico abandonó a Almagro, que le puso el tono más dramático a un partido pleno de cambios.

En el séptimo juego, cuando se acercaban a las tres horas de juego, comenzó a sentir calambres en su muslo derecho. Bercy retuvo la respiración. El público se divertí­a y no querí­a que el festival acabara.

Sus gestos de dolor sentado en la silla mientras le trataba el fisioterapeuta hací­an presagiar lo peor.

Pero Almagro tiró de sus últimos recursos, sacó fuerzas de flaqueza, volvió a la pista. No querí­a rendirse sin luchar.

Gaó el juego y, en el siguiente, rompió el saque de Nadal. De nuevo lo tení­a todo a favor, por segunda vez serví­a para ganar.

Pero una vez más se asustó de la victoria. Reaparecieron los calambres, se hicieron más evidentes y le dejaron sin respuesta. Apenas podí­a moverse el murciano. Apenas podí­a sacar, su arma más mortí­fera hasta ese momento.

Resignado, cedió su servicio (4-5) y ya no ganó ningún juego en el partido. Nadal asistí­a atónito al espectáculo. Jugaba con un muñeco, sólo tení­a que esperar a verlo caer. Y cayó cuando el reloj marcaba tres horas y cuarto. Almagro se fue ovacionado, con un gesto de dolor, de decepción, de tristeza. Nunca tuvo tan cerca el triunfo ante Nadal. Pasará tiempo hasta que olvide el partido.

El mallorquí­n tampoco puso cara de contento. Su juego en su debut en Parí­s no fue bueno. Tendrá que mejorar para seguir avanzando. Su próximo rival saldrá del duelo entre el español Tommy Robredo y el checo Tomas Berdych.

Por Luis Miguel Pascal
EFE

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