×

Yerma, una nueva visión en la que el drama de Lorca se vive con alegría

Foto: Leonardo Sequera

(Caracas, 20 de marzo./Noticias 24)El montaje de Dimas González con la actriz Verónica Cortez y un connotado elenco, en su segunda semana de la nueva temporada en el Centro Cultural BOD en Venezuela, supone sin duda alguna un riesgo en la propuesta de dirección e interpretación. Alcanzando un espectáculo de interesante factura, sólido resultado e innovación dramática.
Dimas González, evidencia a través de su puesta en escena, la posibilidad que tenemos como espectadores de valorar la luz y la música dentro de un drama lorquiano. Y a la vez un motivo para que el impacto nos lleve al paralelismo, entre lo clásico y nuestra realidad contemporánea.

Valorando en esta tragedia un nuevo enfoque que curiosamente nos invita a reencontrarnos con la vida, a partir de una catarsis generada por el drama. De forma que el espectador aprende de esta moraleja y se acerca al objetivo de encontrar un camino de conciencia y optimismo.

El reparto está conformado por actores de gran trayectoria como: Verónica Cortez, Wilfredo Cisneros, Asdrúbal Blanco, Marienela González, María Brito, Alida Pérez, Marxlenin Cipriani, África Méndez y Cristina Colmenares. Bajo la producción de Tulipano Producciones y Fundación Rajatabla.

Antes de profundizar en mis valoraciones críticas del elenco, se hace necesario desde la visión y el compromiso que me he propuesto en lograr “La Escuela del Espectador de Venezuela”, considerar los antecedentes clásicos que anteceden a la escena y están presentes, como revisión para el montaje propuesto.

Antecedentes

Lo visceral de Lorca, nos lleva a comprender que en el eje de dirección e interpretación de la protagonista de Yerma, Verónica Cortez, ha de evolucionar su personaje en el tempo de cada función, con signos de evidente lectura. Debido a que el tiempo en el que trascurre la obra, es de 5 años.

Yerma va acentuando su frustración, sumisión, ira, hasta llegar a la barbarie del homicidio, es decir, Yerma empieza de una manera y acaba en otra. A su vez es una mujer atormentada doblemente: por un lado, por la maternidad castrada y la frustración que esto le produce al no ser madre y por el otro por los convencionalismos sociales, éticos y morales que no la permiten evolucionar.

Juan, un marido impuesto por el padre, es un afanoso trabajador que no muestra ningún interés en tener hijos, razón por la cual Yerma arrastra un matrimonio infeliz y lleno de frustración.

Analizando a Yerma desde el punto de vista del texto, hallamos la crudeza de un lenguaje dramático, que orbita a su vez en lo poético. Es decir, un texto cargado de recursos liricos: imágenes, metáforas que definen acciones, y el arsenal introspectivo de los personajes.

Esto requiere una gran resolución actoral y meticuloso acierto en la fuerza interpretativa.

Lorca impone su acostumbrada simbología en Yerma: en primer lugar a través de las tradiciones populares y por el otro lado, su vocabulario alterna entre el sentido literal y metafórico. Yerma como símbolo general, es la maternidad frustrada que al profundizar en los elementos semióticos o símbolos comunes o recurrentes en el autor: la infertilidad está representada por la arena, piedras, o naturaleza muerta como en el caso de esta propuesta escénica.

La fertilidad es común que en los montajes de Yerma se represente a través de flores, rosas o agua, en este caso fue representado debido a las limitaciones del espacio escénico, con los sonidos del agua y el viento.

Finalmente, los impedimentos de Yerma, los cuales desencadenan en locura, suelen ser representados por la sociedad opresora. Por las lavanderas principalmente y las cuñadas de Yerma. En este montaje se mantiene, pero progresivamente con un giro entre el trabajo dramático inquisidor y el juego infantil de dos muy jóvenes y bellas lavanderas, que entre verso y verso, propician el clímax.

Adentrándonos más en la simbología de cada uno de los personajes, en el contexto literario de la obra de García Lorca, Yerma es el símbolo de la mentalidad arcaica obstinada de la sumisión, frustrada en su erotismo. Víctor simboliza el estereotipo del amor platónico, pero con una fuerte carga de sensualidad oferente, en la que el amante ideal traspasa la escena.

Juan el esposo, representa al personaje antagónico y egocéntrico. Que se ha de debatir entre las necesidades de Yerma y la hechicera, al misticismo y oscurantismo de una sociedad inculta a comienzos del siglo XIX, en una España de raíces que aún eran medioevales. Finalmente las lavanderas, era el símbolo de la sociedad que resume los sueños.

Al reconocer por otro lado el lenguaje de Yerma, identificamos claramente un contenido pansenxualísta, ya que vincula la propia naturaleza con el sexo, a través de metáforas sexuales.

Muchos críticos, han considerado alrededor del mundo y yo coincido con ellos, que Yerma es una obra ciclotímica, es decir, que pasa de un naturalismo abrupto a un temblor lirico sublime. En esta propuesta, ese temblor lirico se convierte en música y alegría.

Foto: Leonardo Sequera

Evaluaciones generales de la escena

Una exploración, un estudio, una posibilidad para re-descubrir la obra del dramaturgo español Federico García Lorca. En la que la multidisciplinaridad de las artes es el anclaje de la escena.

Al entrar a la sala, lo primero que observamos es una estética en la que el hierro, las estructuras, los tonos marrones, negros, beige, la naturaleza muerta y el color en inserciones momentáneas, componen un juego semiótico que ubica al espectador en un tiempo pasado. Armonizado por acordes musicales de tonadas venezolanas que se mezclan con los acordes de la música flamenca. Alcanzando pasado y presente al mismo tiempo, lo que nos sorprende y hasta cierto punto inquieta.

Los espacios paralelos creados por el autor, se mantienen en esta propuesta: uno exterior concreto, real, la casa de campo y otro interior o subjetivo: el alma de la protagonista. Verdadero escenario de la tragedia que a través del giro de desplazamiento, musicalización, iluminación e interpretación, llega a rozar la alegría.

El público visualiza una escena para la reflexión y el entretenimiento, no alejado del espacio rural concebido por Lorca.

Un espejo en el que se demuestra a la vez el tiempo, la crisis de valores y el mundo que hemos heredado. En un paralelismo entre la historia rural del siglo XIX en España y lo contemporáneo unido a una visión latinoamericana y que en esta oportunidad fue un gesto de atrevimiento plasmar.

Al analizar la columna vertebral de la obra de dramaturgo y poeta granadino Federico Garcia Lorca, seria meritorio reconocer, que Federico, nació en 1898, en el seno de una familia adinerada, de Fuente Vaqueros, en Granada. Sin embargo, sus referentes artísticos fueron los elementos populares: el reflejo de la Andalucía más profunda, el mundo del flamenco, el mundo del gitano, los materiales populares o el sentir de los oprimidos.

Lo que nos lleva a un subtexto, a valorar que toda tragedia nace de la resistencia del destino y sus obras teatrales, pueden encerrar el deseo de mostrar como algunos desean conducir sus frustraciones hacia la muerte, cuando no consiguen su evolución como seres humanos visionarios.

La incomunicación entre Yerma y sus esposo: incomprensión, odio, el individualismo, son el caldo de cultivo que construye un desenlace fatal. El cual en este montaje fue resuelto de manera magistral, en una escena memorable, y una manera en la que Juan muere, entre la agonía y el éxtasis Esto, si somos más reflexivos, pudiese llevarnos a indagar, que los personajes lorquianos son a la vez, una proyección de las angustias personales del autor.

Y profundizar en la posibilidad de que la falta de resignación de Yerma a vivir sin procrear, podría ser una proyección de las angustias de Lorca. Ya que su homosexualidad suponía un obstáculo para tener descendencia directa. Y esto logra ser evidenciado en el trabajo de actor Wilfredo Cisneros, que encarna a Juan, el esposo de Yerma.

Lorca expuso y declaró cuando concibió a Yerma, que la misma posee un tema clásico de la literatura, pero cuenta con un desarrollo e intención menor. Esto permite reinventar a Yerma según lo expuesto por el, sin perder su columna vertebral. Lorca además consideró que Yerma era una obra teatral carente de argumento y que había pretendido desarrollar un carácter, el cual podría ser reinterpretado en el tiempo.

Es aquí cuando el subtema del amor frustrado es capaz de matizar la infecundidad de Yerma con aquella observación de mitificar qué aspectos de lo idílico y sexual han de ser construidos y desarrollados por el personaje de Víctor.

Por otro lado, los coros en la tragedia clásica, Lorca los expone en la introducción y son los encargados de comentar los hechos y el tema. En tal sentido, las lavanderas, cerrando el segundo acto, cumplen con el papel del coro, que en esta propuesta emergen de una estética contemporánea, a modo de divertimento melódico, colmado de alegría y reflexiones.

¿Por qué no una nueva lectura llevada a la escena de Yerma, donde se unan el drama, la alegría y el paralelismo?

Cada nuevo montaje teatral significa una reinterpretación del texto, incluso, el ejercicio del gran riesgo que propone una nueva reescritura. Partiendo de que Yerma es una obra teatral sin muchas acotaciones por parte del autor, esto permite que el criterio del director reestablezca sus coordenadas. Porque estamos según la concepción del autor, frente a un montaje abierto.

¿Cómo es la temática lorquiana en esta tragedia?

Yerma según describe su nombre, encarna a una protagonista que se resume en un autropónimo, lo cual caracteriza a la persona que se une a la tierra. Lorca intenta a través de ella, mostrar a partir de ese nombre “Yerma”, el que usaban en su tiempo para definir los campos baldíos, inhabilitados. El anhelo irracional frustrado de la maternidad que conduce a la protagonista a la locura y la convierte en la asesina de su marido.

La mujer anhelante, el marido esquivo, el gentío murmurador y los ritos paganos religiosos, como todo drama universal. La localización de la acción no se hace patente al leer la obra del autor, explícitamente, lo cual hace posible la adaptación a cualquier geografía y cultura, situando lo espacial en segundo plano. Porque lo importante son los personajes y las tragedias que los gobiernan. Aunque no podamos obviar que Lorca planteó la obra en tierras andaluzas.

Estos espacios lorquianos surgen como pinceladas que el lenguaje convierten en trazos visibles, sin embargo las palabras tienen el valor polisémico que motiva a cualquier lector. Considerando que su concepción espacial cambie, logrando diferentes propuestas de montaje.

Es por ello que intentar la traslación a nuestros tiempos, no modificando la esencia de la protagonista, supone un ejercicio de arrojo y muy escrupuloso sentido del estudio lorquiano. En este montaje la vanguardia para abordar el tema, reposa sobre un planteamiento escénico de alto riesgo pero de muy alcanzado logro.

Basándose director y elenco en perseguir un objetivo claro: el deseo de configurar una entrega dramática autónoma, de insertarla en el imaginario colectivo. De echarla andar a partir de la percepción individual y colectiva, lejos de la banalización esquemática y el manoseo simplificador.

¿Podría esta propuesta teatral trasgredir el drama clásico de la Yerma concebida por Lorca?

Sin duda alguna estamos frente al manejo del drama lorquiano con una propuesta en la que el drama se acerca por momentos a la irreverencia, movido por un ritmo frenético, propiciando una obra hasta cierto punto divertida e inquieta. Sin perder la profundidad del drama de Lorca.

El uso del verso suelto, muy cercano a la conversación, las palabras dichas en general, con obligados matices y lo que Federico García Lorca, proponía como avance de la interpretación. Permiten que en la propuesta se dé un punto de anclaje, que incita al elenco a una metamorfosis. En las que el campo semántico induce al desarrollo interpretativo que alterna el drama, con la alegría, una posibilidad para una Yerma más actual y cercana.

Lorca supo exponerlo claramente en sus declaraciones: “El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado en todas las ramas, desde la tragedia al vodevil”.

“Puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo y en un teatro destrozado donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera”.

El trabajo del elenco

La escena comienza con un encuentro melódico, en el que se unen las tonadas instrumentales de Simón Díaz las cuáles poco a poco en el arreglo, van descubriendo los acordes de las composiciones andaluzas. Hace presencia el elenco pleno de alegría interpretando en coro la canción “Hoy puede ser un gran día…”

Verónica Cortez es Yerma:

Un trabajo visceral, contundente, orgánico, el cual logra sorprender por su entrega psicológica y temple escénico. Nos permite conjeturar, considerando primeras valoraciones de otros comentaristas y críticos de la primera temporada de este montaje en la sala Rajatabla, que en esta segunda temporada, las continuas revisiones del proceso y el trabajo concienzudo, logró alcanzar un camino acertado para el alcance de esta obra.

La Yerma de Verónica Cortez, es un personaje que la perfora en la escena, logrando evidenciar que convive con ella a partir de su alma, al menos en lo experimentado en esta función. Se desplaza en el escenario develando como lo concibió Lorca, cierto manejo masculino en sus signos interpretativos, alcanzando convincente resultado: en la manera de decir, en sus transiciones, en el ejercicio tenaz por mantener el ritmo sin debilitarse, aún más allá de su valor interpretativo.

Yerma evidencia la ira, evoluciona con ella, la mirada extraviada del personaje poco a poco va cubriendo a la intérprete. Surgiendo la mujer desajustada, irracional, que transita entre el supuesto control que se forza a tener frente a su esposo y la tristeza lacerante que la oprime, hasta rozar la locura.

Cortez, alcanza en este trabajo interpretativo, lo que Lorca propone en cuanto a su protagonista: ese movimiento escénico que ha de ser centro de sus acciones. Y esto reposa en el trabajo de dirección, plenamente articulado.

Por otro lado en lo referente a la coexistencia paralela entre el texto, movimiento e interpretación dramática, se logra la conexión necesaria, para ser leíble por el espectador. Tal vez el único detalle a sugerir, sea en que por aislados momentos, la voz, el timbre, su proyección, quedan comprometidas en algunos pasajes interpretativos de Verónica Cortez. Quizás motivados por mantener el ritmo, aunque exista esa carga emotiva y psicológica de su personaje dentro de la escena.

Wilfredo Cisneros es Juan, el esposo de Yerma.-

Cisneros nos aporta por igual un trabajo correcto, distinguible en su maestría como actor consagrado, sin embargo se debate entre los revisables ajustes de los protagonistas lorquianos. Su propuesta dramática se mantiene pero no genera sorpresas interpretativas, se nos dificulta concluir en una interpretación que trasciende, como tampoco aceptar que no es un trabajo logrado.

Entendiendo que esta propuesta aborda revisiones importantes, me faltó ver sin embargo en la construcción y desarrollo de su personaje, esa evolución escénica, esa entrega, que nos permite llegar al desenlace con una carga emotiva de Juan evidenciable, claramente leída.

Al inicio de su representación el personaje ha de estar en un punto de su vida que refleja esa energía, que muestra cautivamente la intensidad, sin embargo al final se haya en el mismo sitio. A excepción de la escena final en el que el desenlace, demuestra esa ira y enfermedad psíquica que aqueja al personaje.

Cisneros busca matices en la sucesión de monólogos pero sobretodo en el gesto y no en el verbo, cayendo por momentos en diálogos monótonos, dosificando la emoción, no comprometiéndose con la exposición del desgarro. Ciertamente ese desgarro no ha de ser el de Yerma, pero debe ser notoriamente captado, por el desajuste emocional de Juan. Concluyendo que muy probablemente su trabajo contenido, es mérito concertado entre director e intérprete.

María Brito es “La Vieja”

Definitivamente no nos sorprende el extraordinario registro interpretativo de esta connotada actriz. María Brito llena el escenario con una fuerza desgarradora, sus revisiones del personaje, someten al espectador a un encantamiento pocas veces experimentado. Es un personaje sin fisuras, enérgico, seductor, mordaz.

La escena de Brito trasciende a tal extremo, que por momentos puede arropar a la protagonista de Yerma. Las cuáles al estar juntas, la magia de Lorca se experimenta hasta emocionarnos y comprometernos con la historia. En definitiva un trabajo de innegable solidez y trascendencia.

Asdrúbal Blanco es Víctor

Un actor que se entrega sin miramientos a lograr el desarrollo de la escena con acertada labor. Su rol emociona al público, llenando la sala con su aporte interpretativo. Víctor alcanza con su escena las reflexiones que desprenden de su personaje, con el ímpetu castizo en el gesto como referente. Logrando ser estímulo para la alegría del amor oferente y la posibilidad del reencuentro más allá del drama.

María Elena González como María

Es otro personaje logrado. Ligereza, feminidad, frescura, entrega interpretativa, son avales de su talento en este rol. El naturalismo se presenta en la escena con mucho encantamiento y logro.

Maxlenin Cipriani es Micaela y Lavandera 1

Reconocible en su trabajo por un ejercicio meticuloso en la arquitectura del personaje. Su interpretación vibra en la escena, destella. El trabajo es resuelto desde lo estudiado en cada una de sus expresiones dramáticas: voces, gestos y cuerpo, demuestran una escuela, que ha aprovechado su talento sin reveses.

Cristina Colmenarez, El Duende de Lorca materializado

Antes de considerar su hermosa visión, plasticidad y acertado trabajo corporal, debemos considerar porqué Dimas González, logra materializar esta imagen. El duende concebido por Lorca, es un duende de lo oscuro y estremecido . Descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates.

La llegada del duende tanto en Lorca como en este montaje, presupone siempre un cambio radical, en todas las formas sobre planos arcaicos. Es progenitor de sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada. De milagreo que llega a producir entusiasmo, erotismo, sensibilidad casi religiosa….

Finalmente hablaré de dos intérpretes, que trascienden en la escena, entre matices

Alid Salazar, como la bruja Dolores, la cual alcanza una latitud interpretativa mas sensual que costumbrista, entrando un poco en la farsa. Es probable que en esta función no estuviese cómoda…pero evidencia un trabajo en altos y bajos momentos interpretativos, como si su personaje fuese dubitativo.

Por su parte, África Mendez, que es la Lavandera 2 y la muchacha... si bien logra ser acertada en el juego de la lavanderas, también allí es recomendable que su ímpetu interpretativo sea menos impulsivo. En varios momentos la dicción se ve atropellada, llegando a un resultado poco claro o ligeramente convincente.

En una próxima entrega entrevista y comentarios del reconocido actor, en este su rol de Director, Dimas González.

Escrito por: Julio C. Alcubilla B./Noticias24