Publicado el 28 de oct de 2012 4:33 pm |

  comentarios

Foto: AP Photo / Jackie Downling / Archivo

(Caracas, 28 de octubre – Noticias24).- A la una de la tarde del 18 de julio de 2007, la vida de Tanja Nijmeijer cambió para siempre. Ese viernes, un sol radiante se había alzado sobre las orillas del río Guayabero en la Serranía de La Macarena, en Colombia. Los guerrilleros del frente Antonio Nariño habían recibido permiso de bañarse, lavar ropa y descansar. Pero de repente un martilleo se tomó el campamento y la selva comenzó a temblar.

Era la Fuerza de Despliegue Rápido del Ejército neogranadino que lanzaba un feroz ataque. Los guerrilleros corrieron despavoridos y dejaron atrás casi todo lo que tenían, incluyendo un morral que contenía un cuaderno anillado, ondulado por efecto de la humedad y repleto de notas escritas a mano en una lengua indescifrable.

Era el diario personal de Tanja Nijmeijer. Un crudo testimonio escrito en holandés sobre las experiencias y las frustraciones que la guerrillera holandesa de las Farc había acumulado tras casi cuatro años en la selva colombiana.

“Yo ni siquiera conocía a Colombia, la busqué en el mapa y la encontré en Latinoamérica y dije: ahí tienen que hablar español”

No era ni es la única extranjera en la guerrilla. Aunque hoy nadie conoce las cifras exactas, la inteligencia del Ejército habla de un rango de dos dígitos con integrantes latinoamericanos y algunos europeos. Pero Tanja se había convertido en la excepción, en una rara y atractiva cara de la guerrilla, y desde entonces, su vida en la insurgencia no volvería a ser la misma.

Cuando en 1984 las batallas entre el Ejército y los guerrilleros arreciaban y las partes firmaron una primera tregua, ella era apenas una niña de 6 años que se había criado en el seno de una familia de clase media en un pueblo limpio y apacible en las praderas del este de Holanda. ¿Qué hizo que esta hija del bienestar europeo, que creció con las oportunidades que solo pocos colombianos podrían llegar a disfrutar, terminara luchando y secuestrando en las filas de las Farc?

De Colombia, Tanja al principio no sabía mucho más que lo que a veces veía en televisión. Durante su estudio de Lenguas Romance empezó a frecuentar grupos socialistas que le dieron a conocer la existencia de dos guerrillas latinoamericanas: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de México y las Farc. Si fue verdadera, esta primera experiencia no pasó a mayores porque su primer viaje a Colombia fue fortuito.

“Mi llegada a Colombia fue pura coincidencia. Yo llego a Colombia porque me toca hacer una práctica y leo en el periódico de la universidad que están buscando profesor de inglés en un colegio de Pereira. (…) Yo ni siquiera conocía a Colombia, la busqué en el mapa y la encontré en Latinoamérica y dije: ahí tienen que hablar español”, dijo al periodista Jorge Enrique Botero.

A Pereira llegó a mediados de 2000 por intermediación de una organización estudiantil e hizo su práctica en un colegio campestre a las afueras de la ciudad, donde estudian los hijos de las familias acomodadas.

“Cuando yo llego otra vez a Holanda, ya tenía la fiebre de la revolución”

A algunos alumnos les llamaba la atención que “por solidaridad con las personas que viven en la calle” trajera casi todos los días el mismo pantalón. A Tanja le chocaba cada vez con más intensidad presenciar los estragos de la brecha social. Empezó a conocer la historia del conflicto y sus actores: políticos, terratenientes, paramilitares, narcotraficantes y guerrilleros. Se preguntaba por qué, si los insurgentes eran tan malos como los pintaban, tenían tantos combatientes.

La curiosidad la dominó justo en el momento en que conoció, según sus propias palabras, a un profesor de Matemáticas que la introdujo en el supuesto ideario revolucionario. Decidió que iba a escribir su tesis universitaria sobre “el gobierno de las Farc en el Caguán” y regresó a su país. “Cuando yo llego otra vez a Holanda, ya tenía la fiebre de la revolución”, le dijo a Botero.

En Groningen se unió a la Internacional Socialista y se mudó a una casa ocupada en el centro de la ciudad, donde conoció a activistas, anarquistas y antiimperialistas. Aprendió a vivir de forma espartana y disciplinada, y en comunidad. Participaba en protestas, repartía volantes, soñaba con volver a Colombia y lo hizo en agosto de 2001 para participar en una Caravana por la Paz.

Volvió a Holanda, pero solo para echarle llave a su vida en Europa y volver a Colombia. Nadie sabe cuándo entró a las Farc o si ya era parte de la guerrilla cuando se despidió de su familia y abordó un tren a Ámsterdam y de allí, un avión rumbo a Bogotá.

Poco después, quizás en 2004, ya estaba en la selva, en el Frente Antonio Nariño de Carlos Antonio Lozada en La Macarena, el mismo lugar que hasta hoy ha sido su hogar. Había cumplido su sueño, pero lo hacía en una guerrilla decadente, enmarañada en el narcotráfico, que ataca a la población civil.

Con información de Semana. Para leer la nota completa, haga clic aquí.