Publicado el 12 de nov de 2012 10:33 am |

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Foto: AFP

(Caracas, 12 de noviembre. Noticias24) - Ante los incesantes bombardeos y disparos, la escasez, los escombros, el polvo y las cenizas, los residentes de Damasco, la capital de Siria, tienen una rutina diaria muy diferente a la vida previa al conflicto armado. Y es que subsistir en un país que lleva 20 meses sumergido en guerra, obliga a sus habitantes a pasar penurias producto de la violencia.

El portal londinense BBC en su versión en español, publicó una crónica realizada por Lina Sinjab sobre la penosa situación que viven los habitantes de la ciudad de Damasco, una realidad capaz de volver esquizofrénico a cualquiera.

Hoy, como muchos otros días aquí en Siria, me siento esquizofrénica. Me despierto, me levanto de la cama e intento vivir una vida “normal”.

Busco atenta el sonido de los pájaros, pero no hay forma de escucharlo… una fuerte voz se impone sobre el resto de sonidos y yo intento ignorarla.

Y en mi mente aparece una imagen, la de edificios derrumbados y civiles siendo rescatados de entre los escombros.

“Intento desterrar las imágenes de cuerpos sin vida y niños llorando, quiero sobrevivir. Y me odio todavía más por ello”

Esta voz se siente cada vez más fuerte y más cercana… Es un ruido al que cada vez estamos más acostumbrados aquí, el de los aviones de guerra tipo MiG.

Cierro mis ojos de nuevo, intentando bloquearlo, pero no se va. Los aviones están volando más cerca, o eso parece.

¡Boom! Una gran explosión… luego otra… las bombas caen del cielo. Y puedo oir más aviones volando sobre mí, señal de que habrá más explosiones pronto.

Intento no pensar en dónde podrían caer las bombas. Preparo el café y me quedo en silencio, aunque tengo cierta sensación de traición. El café aquí es un lujo.

Intento desterrar las imágenes de cuerpos sin vida y niños llorando, quiero sobrevivir. Y me odio todavía más por ello.

“Estamos juntos”

Mientras subo las escaleras que llevan a la terraza, desde donde puedo ver los estragos del fuego, se oye otra explosión.

Veo a mis vecinos asomados a los balcones, mirando a todas partes. Incluso aquella mujer mayor que apenas puede caminar se asoma para buscar rastros de muerte.

Y así prosigue la vida otra vez, encendiendo la televisión, que muestra imágenes de rebeldes ejecutando a oficiales del ejército.

Y así prosigue la vida otra vez, encendiendo la televisión, que muestra imágenes de rebeldes ejecutando a oficiales del ejército.

Apago el televisor y pongo algo de música. ¿Música? Mejor dicho, esfuerzos desesperados por vivir con normalidad.

Pienso en los amigos que se han ido de Damasco, en los momentos pasados de felicidad, risas y fiestas.Todo eso también se ha ido.

Los que se han quedado son los que no pueden marcharse, o aquellos que quieren vivir aquí aún sabiendo que la muerte les puede estar esperando a la vuelta de la esquina.

“Cuando decimos adiós siempre sabemos que cualquiera de nosotros podría ya no estar al día siguiente”

Sabiendo que podemos morir en cualquier momento hemos aprendido a apreciar los instantes juntos, a tener momentos de calidad siempre que se pueda. Y los lazos se han vuelto más fuertes.

Reímos a pesar de nuestra profunda tristeza, como una manera de supervivencia. Hacemos bromas sobre la muerte. Nos agarramos de la mano, nos apoyamos los unos a los otros, estamos juntos en esto.

Pero pronto nos volvemos a dar cuenta de lo que ocurre a nuestro alrededor. Cuando decimos adiós siempre sabemos que cualquiera de nosotros podría ya no estar al día siguiente.

Emociones

Pienso en los momentos de amor. Todavía hay amantes que pasean de la mano en las calles, jóvenes chicos y chicas que se roban besos bajo un árbol a la orilla de la carretera. Sonrío pensando en que aún hay esperanza.

¡Cada emoción se vuelve tan intensa en tiempos de guerra!

¡Cada emoción se vuelve tan intensa en tiempos de guerra!

Seguimos mirando hacia adelante por nuestro profundo amor por la vida y nuestro odio a la muerte y el asesinato.

Porque queremos oler una vez más las especias del viejo zoco, queremos oir las voces de los mercaderes gritando para atraer a los clientes, saborear el helado de chicle y pistacho de la célebre tienda de Bagdash, escuchar una vez más el cuento de Sherezade en Las Mil y Una Noches en el café Noufara, justo detrás de la mezquita de Umayyad.

Seguimos porque todavía tenemos esperanza de que haya un mejor mañana, una vida en la que haya más colores que el negro del humo y el rojo de la sangre. Seguimos porque soñamos con un futuro libre de odio. Mientras, los MiG vuelan de nuevo. El ruedo interrumpe mi reflexión y vuelvo a la desesperación.

Los ruidos no son ecos, sino reales. Las imágenes no están sacadas de una película, son verdaderas. Y los cuerpos no forman parte de una escenografía, son de carne y hueso. Y sangre.

El llanto de los niños muriendo se hace cada vez más fuerte.

Perdónennos, porque nosotros todavía estamos vivos.