Publicado el 06 de ene de 2013 7:32 am |

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Foto: Khaled al-Hariri / Reuters / archivo

(Estambul/Beirut, 6 de enero. dpa) – Un frenético aplauso y el grito “Qué Alá le proteja” sonaron como una orden cuando el presidente sirio, Bashar al Assad, subió al escenario de la ópera de Damasco. Por primera vez desde hace más de medio año, el mandatario se dirigió a su pueblo con un discurso.

Enfundado en un traje negro, con la mirada seria, lamentó que en Siria ya no haya alegría ni luz desde que los “terroristas” comenzaron a atacar el país.

Video: Reuters 06-01-13

Desde el comienzo de la revolución, en marzo de 2011, Al Assad sólo se dirige a la opinión pública en contadas ocasiones. Y el contenido apenas cambia, aunque el sangriento conflicto lo ponga cada vez más contra la pared. En cada una de sus frases, el mandatario dejó claro que él y quienes le son fieles son los buenos, y el resto, los malos, “asesinos” y “terroristas”.

Detrás de Al Assad se veía la bandera siria, sobre la que se dibujaban los rostros de las víctimas de la guerra civil, que suman ya más de 60.000. Su discurso fue interrumpido una y otra vez por aplausos. Y de boca de todos, bien estudiado, salía el lema “sacrificamos nuestra sangre y nuestras almas por usted, Bashar.”

“Palabras vacías” de un dictador sin nada serio que decir, comentaba un opositor al régimen. “El criminal de Al Assad no ofrece otra cosa que amenazas arrogantes. No entiende que no está en situación de ocupar la cúpula de Siria durante la transición”, escribió el político opositor Obeida Nahas en Twitter.

El portavoz de la principal plataforma opositora, Walid al Buni, vio el discurso sobre todo como un mensaje a los aliados. Rusia y China deben saber que sólo es posible una solución con Al Assad, dijo a dpa sobre su interpretación del discurso. Y eso quedó claro hoy: el mandatario no piensa ceder.

A lo largo del crudo conflicto se ha especulado una y otra vez sobre una posible retirada de Al Assad. Muchos incluso lo veían ya de camino al exilio en Moscú, Venezuela o incluso en los brazos de su archienemigo Qatar. En una entrevista, el ex oftalmólogo llegó a coquetear con la posibilidad de dirigir una clínica. Pero la guerra civil pasa factura.

“El criminal de Al Assad no ofrece otra cosa que amenazas arrogantes”

Recientemente, el diario “The Washington Post” lo describía como un mandatario cada vez más paranoico. Al Assad sólo deja que se acerquen a él sus hombres de mayor confianza y duerme cada noche en un dormitorio diferente por miedo a sufrir un atentado, sostiene el rotativo.

Sin embargo, tales precauciones no salvaron de su destino al dictador libio Muamar al Gadafi o al iraquí Saddam Hussein. Es sorprendente que un hombre que en realidad no quería gobernar un país luche por el poder de esta manera hasta el último aliento. Porque Al Assad no sólo fue una solución de emergencia tras la muerte de su hermano mayor en un accidente de tráfico, sino que en sus comienzos, en el año 2000, despertó con sus tímidos pasos hacia la liberalización esperanzas de una primavera política.

Entretanto, ha sobrevivido a muchos otros mandatarios de la región: el excéntrico Gadafi, autoproclamado “rey de los reyes de África” y que se mantuvo más de 40 años en el poder; el gran estratega Ali Abdallah Salih, que manejó durante 33 años los hilos en el empobrecido Yemen, o el “faraón” Hosni Mubarak, que gobernó Egipto durante más de tres décadas.

Sus detractores trazan paralelismos, pues en su discurso y apariciones públicas Al Assad no se diferencia mucho de Gadafi, Salih o Mubarak.

Él “vivirá y morirá” en Siria, reza en definitiva su lema. Y en eso no está dispuesto a ceder. Lo que eso significa para Siria lo resumió recientemente el enviado de la ONU Lakhdar Brahimi: Siria se convertirá cada vez más en un país dividido, como Somalia, donde los señores de la guerra tienen la palabra.

Por Mey Dudin y Weedah Hamzah (dpa)