Publicado el 09 de ene de 2013 12:15 pm |

  comentarios

Foto: picture-alliance/Consolidated

(Washington, 09 de enero. DPA) Para decepción de muchos turistas que esperan llevarse de Washington una buena foto de recuerdo de la Casa Blanca, hace semanas que poco o nada se puede ver de la fachada principal de la residencia presidencial más famosa del mundo.

Ni oir tampoco, o casi, por culpa del constante martilleo que desde primera hora de la mañana inunda el parque y avenida peatonal que desembocan en la residencia de Barack Obama y su familia. El motivo: la inminente “inauguración” o toma de posesión para un segundo mandato del demócrata, para la que se está erigiendo justo delante de la fachada presidencial una alta tribuna.

Los trabajos de esta construcción -junto a la que se ultima también a marchas forzadas frente al Capitolio, donde tendrá lugar en sí la jura del cargo- comenzaron apenas Obama se aseguró un segundo mandato, en las elecciones del 6 de noviembre.

Desde entonces, ni siquiera los inquilinos más famosos de Washington han podido librarse del fuerte y constante martilleo que se ha sucedido para que toda la infrastructura esté lista para el 21 de enero, día en que se escenificará la toma de mando para un segundo gobierno Obama.

Los trabajos de construcción incluso han desplazado a ocupantes más antiguos que el propio Obama de la zona, como la “vigilia antinuclear” que desde hace años, nieve o truene, mantiene de forma constante un puesto de protesta frente a la Casa Blanca que ahora, por las obras, ha tenido que retirar su tienda de campaña y pancartas un centenar de metros más lejos.

La inminente “inauguración” o toma de posesión para un segundo mandato del demócrata

Y eso que para el día de los festejos el mandatario demócrata ya será oficialmente de nuevo presidente: la Constitución estadounidense fija el 20 de enero como la fecha en que los elegidos jefes de Estado deben jurar su cargo. Pero como este año ese día cae en domingo, las pomposas ceremonias que acompañan durante toda la jornada este acto se han pasado al lunes inmediato.

Algo que, sin embargo, la capital estadounidense no está dispuesta a permitir que reste brillo a los festejos.

Desde la jura del cargo en otra tribuna frente al Capitolio, donde Obama también pronunciará su discurso inaugural, hasta el desfile que el mandatario presenciará desde la estructura erigida ante la Casa Blanca y los bailes posteriores que le harán desplazarse de un punto a otro de la ciudad hasta altas horas de la noche, todo ha sido preparado al milímetro. Y el martilleo en los puntos más reconocidos de la capital estadounidense se prolongará, probablemente, hasta horas antes del inicio de la ceremonia.

No es sin embargo esto lo único que se apuntala a toda prisa en Washinton estos días.

El propio Obama tiene una ingente tarea ante sí, tanto inmediata como para los próximos cuatro años más que consiguió en noviembre.

Empezando por su propia casa, la política, Obama tiene que completar aún su nuevo gabinete, en el que -más por abandonos que por decisiones propias- se ha visto obligado a buscar a candidatos para algunas de las carteras más vitales: Departamento de Estado, Pentágono, Tesoro y CIA, entre otros.

El veterano senador John Kerry tendrá el difícil reto de ocupar el espacio que Hillary Clinton está a punto de dejar en la diplomacia estadounidense, una tarea nada fácil en vista de la inmensa popularidad de la ex primera dama, para la que ya se cuenta -pese a sus desmentidos- con un retorno por la puerta grande, la presidencial, en 2016.

Obama también quiere al republicano moderado Chuck Hagel como jefe del Pentágono y a su hasta ahora estrecho asesor en materia antiterrorista, John Brennan, como director de la CIA.

Además, tendrá que buscar, y rápido, un sustituto para Timothy Geithner, que ya ha anunciado que dejará el Departamento del Tesoro -crucial en estos momentos- con toda probabilidad a finales de mes.

Un pequeño problema: todos estos puestos tienen que ser confirmados por el Senado, y la oposición republicana ya ha dejado claro que no se lo va a poner fácil, sobre todo en los casos de Hagel y Brennan.

Foto: picture-alliance/Consolidated

No es éste el único escollo que le espera a Obama de parte de los republicanos.

Después de evitar por los pelos y, literalmente, en el último momento el temido “abismo fiscal”, en las próximas semanas ejecutivo y legislativo tendrán que volver a sumirse en intensas negociaciones para resolver otros puntos no incluidos en el pacto de mínimos pero no por ello menos vitales: los relativos al techo de la deuda y el gasto del gobierno que deberían incluir también reformas estructurales a un sistema que está quedando obsoleto en muchos aspectos.

Hasta ahora, Obama y los republicanos se han enfrentado en un duro pulso del que, por el momento, pese a que el mandatario sale un poco menos dañado, en definitiva no hay un ganador claro, coinciden los analistas. Con el peligro añadido, agregan, de que tras cuatro años de fuertes divisiones partidarias el público general está más que harto y desencantado con la maquinaria política en Washington.

Obama tampoco tendrá tiempo de disfrutar de los tradicionales cien días de tregua que se le da a un mandatario recién estrenado debido a que son muchos más los asuntos pendientes que lo apremian.

Sobre todo, tomar algún tipo de decisión en materia de regulación o al menos control de armas, aprovechando el estremecimiento nacional que provocó la masacre de 20 niños pequeños en una escuela de Newton, Connecticut, a mediados de diciembre, drama que ha permitido abrir como nunca antes un debate considerado hasta ahora por muchos en el país como tabú: el de cuestionar el derecho a portar armas que consagra la propia Constitución del país.

Todos estos temas están aparentemente dilatando, una vez más, otra de las prioridades de Obama: impulsar una reforma migratoria que halle de una vez por todas una solución para los 11 millones de indocumentados en el país.

Promesa incumplida de su primer mandato, Obama ha admitido que tiene ahora una obligación más que moral de hacerla realidad en esta segunda oportunidad al frente de la Casa Blanca que ha logrado, en buena parte, gracias al masivo voto hispano que recibió el 6 de noviembre.

Y reiteradamente ha asegurado que será uno de los temas que acometerá lo antes posible, consciente de que el voto latino será clave para los demócratas -y también republicanos, tal como empiezan a reconocer en sus propias filas- no sólo en el futuro inmediato sino, en vista de la evolución poblacional del país, de forma creciente en las próximas décadas.

Pero la inesperada brecha abierta por la masacre de Newton, unido a los importantes flecos pendientes de la negociación presupuestaria, amenazan con postergar la prioridad migratoria una vez más, según han advertido en las últimas semanas grupos de presión por la reforma migratoria.

Problemas y presiones -por no enumerar las que impone una agenda internacional siempre cambiante- que de seguro contribuirán a encanecer más aún el cabello ya bastante gris de un presidente que tiene experiencia en esto de las preocupaciones al más alto nivel que le volverán a ocupar hasta 2016.

Con todo, el día de su inauguración, el mandatario podrá tomarse al menos una breve pausa para darse un baño de masas -aunque menor que cuatro años atrás, se espera una concurrida presencia de público en las calles que unen el Capitolio con la Casa Blanca- y marcarse unos pasos junto a su esposa, Michelle Obama, en los bailes con que tradicionalmente se cierra una jornada de celebración y expectación política, social y mediática.

Por Silvia Ayuso (dpa)