Publicado el 13 de feb de 2013 5:03 pm |

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Foto: DPA

(Río de Janeiro – DPA).- “El infierno no está bajo la tierra. El infierno es la cárcel”. Las palabras de un ex recluso resumen la dramática situación del sistema carcelario brasileño, que en la actualidad se ha convertido además en el “cuartel general” desde donde parten las órdenes para disturbios en grandes ciudades del país.

Las condiciones de supervivencia en las centros penitenciarios brasileños son tan terribles que el propio ministro de Justicia, José Eduardo Cardozo, confesó recientemente que preferiría la muerte a pasar un período largo en estas instituciones.

Un estudio oficial confirma el principal problema: la sobreocupación de los penales brasileños que, con capacidad para acoger a 306.497 presos, albergaba a fines de 2011 a 514.582 reclusos. El problema afecta a todos los estados brasileños, incluso los más ricos del país: Sao Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro.

“Es horrible. Uno no tiene privacidad, no hay lugar para dormir. Dormíamos todos en el piso, en el baño. A veces, tomábamos turnos para descansar”, afirmó el ex recluso R.S., en una entrevista al diario “O Globo” concedida bajo la condiciíon de anonimato.

“No encontré a ningún corrupto preso, a ningún rico, sólo a gente pobre”

El hombre que pasó 12 meses arrestado por hurto y hoy trabaja como instructor de una escuela de conducir se llevó como “recuerdos” de su período tras las rejas la compañía de cucarachas, “que están en todas partes”, y la abundante oferta de drogas: “Hay más droga dentro que afuera. Es una especie de calmante para los presos”.

A todo esto se suma la violencia de los guardias carcelarios: “Durante las revisiones, ellos pegan a palos a todos, lanzan bombas de gas, instigan sus perros contra nosotros, tiran nuestra ropa por el suelo”, reveló.

Durante décadas, el drama en que viven los presos en Brasil fue virtualmente ignorado por el Estado, por la opinión pública y por la Justicia brasileña, cuya demora en juzgar procesos es una de las causas de la sobrepoblación.

La indignación de los reclusos se revelaba periódicamente por motines sangrientos en penales y por tragedias emblemáticas, como la masacre de 111 presos perpetrada por la policía de Sao Paulo en 1992 en el penal de Carandirú, ya desmantelado.

Desde noviembre pasado, sin embargo, líderes de facciones criminales decidieron cambiar su estrategia, y desde las cárceles ordenaron cientos de acciones criminales en los estados de Sao Paulo y Santa Catarina, materializados en ataques a agentes y puestos policiales y en incendios de automóviles y autobuses, sembrando así el terror en la población.

La ola de violencia tuvo el poder de “despertar” al gobierno sobre la magnitud del problema, y llevó el ministro de Justicia a anunciar un programa de construcción de penales que conducirá a que se abran hasta 2014 otras 62.000 vacantes.

“La verdad es que en Brasil no existe un sistema penal, lo que tenemos son depósitos de presos”

Pese a ello, esta cifra corresponde a menos de un tercio del déficit actual de 208.000 vacantes, y es insuficiente para sanar el problema del sistema carcelario, que fue definido como “un infierno, un caos, fragmentos de desorden generalizado” por el diputado Domingos Dutra, miembro en 2008 de la comisión parlamentaria de investigación (CPI) sobre el tema.

Según el diputado del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), en las visitas realizadas por los miembros de la CPI a 102 penales, quedó evidente que la dramática situación en las cárceles se debe a que todos los reclusos son pobres: “No encontré a ningún corrupto preso, a ningún rico, sólo a gente pobre, que vivió toda su vida en la periferia”.

Cardozo coincide con esta evaluación, y tilda de “medieval” el sistema carcelario brasileño. “Tenemos un sistema carcelario medieval, que no sólo viola los derechos humanos, sino que también inviabiliza lo que es más importante en una sanción penal, que es la reinserción social”, admitió el ministro, quien también puso en marcha en febrero un proyecto de becas de formación técnica para 90.000 reclusos.

Según Dutra, estas medidas apuntan hacia un “cambio de mentalidad” frente al problema de las cárceles en Brasil: “Antes, la gente sólo hablaba del sistema carcelario cuando había rebelión. Hoy, el Estado se dio cuenta de que debe elaborar una política seria para el sistema carcelario. De no hacerlo, no habrá solución para la seguridad pública”.

No obstante, analistas apuntan que Brasil tiene todavía un largo camino que recorrer para subsanar los problemas acumulados durante décadas. “La verdad es que en Brasil no existe un sistema penal, lo que tenemos son depósitos de presos”, afirmó el sociólogo Michel Misse, quien advirtió que una solución para el problema tardará muchos años: “No hay salida a corto plazo”.