Publicado el 27 de mar de 2013 8:40 am |

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La imagen del Cristo del Amor a su salida de la iglesia de San Sebastián de Almería, al comienzo que hoy Martes Santo ha recorrido las calles de la capital almeriense. EFE / Carlos Barba. Imagen de referencia no relacionada con la noticia.

Valverde de la Vera (España), 27 mar (EFE).- “Empalarse es algo que va más a allá de la fe o de la devoción, es un sentimiento tan profundo que ya me gustaría poder expresarlo con palabras”. Jesús Patón habla con conocimiento de causa. En su día fue “empalao” en Valverde de la Vera, un pequeño pueblo de la provincia española de Cáceres.

Además, desde hace más de veinte años es el presidente de la Cofradía de la Pasión de Jesucristo y Hermanos Empalaos de Valverde de la Vera, localidad que cada madrugada de Jueves a Viernes Santo se convierte en foco de atención de miles de personas que acuden a presenciar el caminar lento y sacrificado del vía crucis de los “empalaos”.

Todo es anónimo y todo está vedado en este rito secular que permanece sin apenas cambios desde sus orígenes en el siglo XVI y que está declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional, pese a no ser en sí un espectáculo, pues la soledad y el callado sacrificio del penitente no provoca aplausos sino silencio, conmoción y, en muchas ocasiones, incluso lágrimas.

Los empalaos carecen de rostro y de nombre, no son santos ni héroes, tampoco fanáticos que buscan el aplauso fácil sino cualquiera que haya realizado una promesa -la mandá- con intención de cumplirla.

“Mucha gente cree que el empalao sale para redimir pecados, pero no es así. El empalao sale a dar gracias y lo hace cada vez que considera que tiene algo que agradecer”, dijo Patón, en declaraciones a Efe.

“Mucha gente cree que el empalao sale para redimir pecados, pero no es así. El empalao sale a dar gracias y lo hace cada vez que considera que tiene algo que agradecer”

Normalmente son entre 15 y 25 los empalaos que recorren las calles de Valverde y no se trata solo de vecinos del pueblo, sino de penitentes llegados desde distintos rincones de España.

Los empalaos son siempre hombres que, en las últimas horas del Jueves Santo, se recogen en la intimidad de su casa, donde sus familiares les “empalan”, comenzando por vestirles con unas enaguas antiguas de mujer ceñidas a la cintura que les sobrepasan las rodillas.

Posteriormente, se les cubre el torso desnudo con una soga de esparto que da vueltas alrededor del cuerpo cubriendo pecho y espalda con diez vueltas en una operación sumamente delicada, pues si la cuerda queda muy floja, su roce convierte al cuerpo en una llaga por el movimiento de los músculos, y si se ciñe demasiado se corta la respiración.

En esta intrincada operación siempre participan varios vecinos “expertos” que acumulan cientos de horas vistiendo empalaos. “Su participación es esencial porque la soga puede hacer mucho daño”, afirma Patón.

No obstante, asegura que aunque a primera vista puede parecer hasta peligroso, de hecho “nunca ha pasado nada”. “No voy a negar que es muy duro, pero de ahí no pasa”.

Cuando la soga alcanza la parte alta del tronco, a la altura de los brazos, se coloca sobre los hombros un timón de madera del arado romano de dos metros de largo y doce centímetros de diámetro, sobre el que el empalao extiende en forma de cruz sus brazos y manos, que también son cubiertos con la soga.

Al final de cada extremo de la cruz, se colocan unas largas puntillas blancas y tres abrazaderas metálicas o vilortas del arado, que al chocar entre sí provocan un sonido que aporta a la escena sensaciones de repique de difuntos, al tiempo que avisa del paso por las calles de la población del empalao, cuyo rostro y cabeza permanecen cubiertos con un velo blanco para mantener el anonimato.

Finalmente, se colocan dos espadas en forma de aspa sobre la espalda del penitente, cuyas puntas sobresalen por encima de la cabeza, donde lleva una corona de espinas.

“Este es uno de los dos momentos más emocionantes para un empalao -afirma Patón-, cuando ya estás vestido y te dispones a salir a la calle. Yo recuerdo que jamás he vivido un momento tal de concentración interior como aquel día en el que me preparaba para recorrer las calles de mi pueblo”.

Al empalao le acompañan en su penitencia el cirineo que, cubierto con una capa antigua o una manta, le da luz con un farolillo y que, en caso de caídas, le ayuda a incorporarse para que siga adelante en su recorrido hacia el Calvario, en el que se arrodilla para rezar una oración ante todas y cada una de las estaciones.

Si en su camino se cruza con otro penitente o una mujer vestida de Nazareno, ambos detienen su lento caminar y se arrodillan uno frente a otro para rezar una oración.

Preguntado Patón por el segundo momento más emocionante de un empalao, no duda ni un segundo: “Cuando llegas a casa y piensas, ya está hecho”.