Publicado el 06 de nov de 2012 6:52 pm |

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Foto: DPA

(Berlín, 6 de noviembre – DPA).- Para quienes trabajan en un hospital, la muerte es algo con lo que se convive a diario. No es tarea fácil, pues experimentan los temores de quienes se van y el sufrimiento de los familiares. Ante este desafío muchos dudan de sí mismos y su mayor apoyo son sus propios compañeros.

Los muertos tienen su espacio en la oficina de la doctora Maike de Wit: en una piedra negra grande como un puño sobre la biblioteca, un mapa que cuelga detrás del escritorio o un colorido llavero. Los regalos de sus pacientes casi siempre van acompañados de la frase: “Así piensa en mí cuando yo ya no esté”.

De Wit, de 52 años, es jefa médica de la unidad oncológica de la Clínica Vivantes en Berlín. Es su vida diaria, la muerte es algo siempre presente. “No es que cada día muera alguien. Pero sí que a diario le tengo que decir a alguien que tiene un cáncer incurable”.

La médica está sentada en su oficina de la clínica en una mesa marrón redonda mientras charla con DPA. Tiene el pelo castaño, corto, los labios pintados y oscuras ojeras. Habla despacio y concentrada.

“Una vive cosas maravillosas con los pacientes”, subraya. “Pero pese al paso de los años no se hace más fácil tratar con la muerte”. En su caso, son ya 22 como oncóloga.

“Una vive cosas maravillosas con los pacientes”, subraya

Muchas personas se enfrentan a la muerte por primera vez cuando fallece un pariente o amigo, o cuando ellos mismos enferman. A veces, eso hace que su mundo se hunda por completo.

Pero hay profesiones, como la de De Wit, que están en contacto permanente con ella, y que tienen que hacer frente a los temores de los moribundos y el duelo de los familiares, y pese a ello seguir siempre adelante trabajando.

No es tarea fácil. El peligro de sufrir una enfermedad por estrés es mayor entre quienes están relacionados con la muerte en su trabajo que en otras profesiones, señala Jürgen Glaser, profesor de psicología aplicada en la Universidad de Innsbruck.

La presión psicológica que sufren estas personas es elevada. Tienen que reprimir los sentimientos que surgen durante su trabajo, porque es la única forma de seguir funcionando.

“Si una persona cuidó durante mucho tiempo de un anciano, cuando éste muere siente un gran dolor”, afirma Glaser. Y a menudo pena también por sus familiares.

En el día a día suele ser muy difícil encontrar tiempo para charlas en profundidad o momentos de introspección. “Muchos se sienten culpables”, ha observado Glaser. Y otros sienten que han fracasado porque no han podido evitar la muerte. Como consecuencia, muchos enferman.

Pero otros consiguen crecer a nivel personal pese a todo, como De Wit. “Claro que hay momentos en que uno se pregunta: ‘pero, ¿qué estoy haciendo aquí?’“, señala.

La doctora vivió uno de esos momentos cuando con 30 años empezó a trabajar en la unidad de oncología. Entre sus primeros pacientes había tres jóvenes que sufrían leucemia, y en base a las estadísticas, ella sabía que uno de ellos iba a morir.

“Cuando estaba en mi casa pensaba en los pacientes”, explica. Y se preguntaba si estaba usando el tratamiento adecuado, si debía añadir algún medicamento más, si otro médico lo hubiese hecho mejor. “Al principio tenía siempre miedo de acelerar la muerte“, y luego se sintió mal cuando en efecto uno de los tres falleció.

Ese miedo ha ido desapareciendo con la experiencia y ahora ve más los aspectos positivos de su trabajo. “Uno aprende muchísimo de las personas que saben que van a morir”, asegura.

Por ejemplo en el tema de las mentiras. Es muy diferente que tu madre te regañe por mentir a “cuando alguien te dice en su lecho de muerte: ‘No me mienta. No hay nada que lamente más en mi vida que las mentiras’”.

Otras veces los pacientes abren un espacio en sus corazones a los médicos y les dan mucho: “agradecimiento, amor y experiencia de vida”, explica De Wit.

Pero justamente en un momento así es importante tomar distancia, recomienda Bettina Lampert, de la Clínica Universitaria de Medicina Psicosomática y Psicoterapia en Ulm, que se graduó con un trabajo sobre personas que cuidan a moribundos.

Otra opción es desconectar durante cinco minutos con el pensamiento e irse mentalmente a su lugar favorito

No es fácil conseguirlo en la práctica. Una posibilidad es recordarse en las pausas que el enfermo no es “la propia hija, o la madre de uno”. Otra opción es desconectar durante cinco minutos con el pensamiento e irse mentalmente a su lugar favorito.

A De Wit lo que más le ayuda ante una crisis es hablar con sus compañeros. “Ellos conocen la situación mejor que la familia en casa“. Y ella busca consuelo en los buenos momentos que le da la vida diaria.

Hace poco, uno de esos momentos se produjo cuando en los pasillos del hospital de pronto se oía al grupo pop Abba. La música venía de la habitación de un hombre que ya no mostraba ninguna reacción debido a un tumor cerebral. Pero su mujer estaba convencida de que él seguía oyendo su música favorita, porque cuando se la ponía él se movía.

De Wit tiene una regla de oro: “Cuando estoy en el hospital, intento estar plenamente allí. Y una vez que me voy, tengo libre, intento no llevarme a los muertos conmigo”.

Sin embargo, pasó mucho tiempo hasta que lo consiguió. Ahora acaba cada día con un ritual fijo. Cuando por las tardes va por el pasillo hacia la salida, hace una lista mental y piensa en cada uno de los pacientes al pasar por la puerta de sus habitaciones para repasar el día. Cuando sale por la puerta, deja el trabajo atrás.

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Por Kristin Kruthaup / DPA