Las palabras de la tragedia: vecinos relatan su historia con tristeza, dolor e indignación
Publicado el 26 de ago de 2012 2:19 am |
(Caracas, 25 de agosto – Noticias24) Hildemaro, Nicolás y José, son 3 de los múltiples nombres que vivieron el horror de levantarse al ruido de un estallido que hizo temblar hasta las paredes.
Todo ocurrió a la 1 de la mañana, minutos más minutos menos, cuando las esferas de la refinería Amuay explotaban expandiendo una llama que destruía todo a su paso. Las horas pasan y estas historias continuan sin saber cuándo acabará la incertidumbre que viven.
“Esto aquí es terrible” o “es un horror”, eran los mensajes que llegaban minutos después de que varias personas ofrecieran sus declaraciones en exclusiva a Noticias24, todo esto, mientras veían las llamas elevarse al cielo, iluminando la devastación y la tragedia que queda después de los hechos. Para unos, la explosión anunciaba un problema que ya se había dado en otras oportunidades, aunque no en esta magnitud; para otros, el temblor en las casas se confundía con un el choque de un avión y con la duda que solo disipaba el fuego que iba aumentando. Entre la angustia y el pesar de ese amanecer infame, que se mezcla ya con la política en un país polarizado por unas elecciones a la vuelta de la esquina, el sentimiento era unánime: indignación, pesar y tristeza.
Según información suministrada a Noticias24, el miedo se mezcla con la falta de centros médicos en la zona. Y es que en un área donde la gente convive con la posibilidad de un estallido, no existe ni una unidad cercana especializada en quemaduras, siendo los centros más cercanos algunos privados que con suerte quedan a 15 minutos de Amuay, si el tráfico lo permite. Para muchos algo imposible de creer, para otros el pan de cada día.
“Nosotros evacuamos por voluntad propia”
José Goitia es habitante de Judibana, una población ubicada en el municipio Los Taques en el estado Falcón. Él, como muchos, asegura que en los años que lleva viviendo en la zona “jamás” había visto una tragedia similar. Él, además, fue uno de los que por cuenta propia abandonó su hogar junto a su familia rumbo a un lugar más seguro, pues “los que sabemos de esto, entendemos que lo que pasó no estaba controlado” como decían las autoridades competentes en la materia.
Su voz fue firme y clara al hablar, comenzó como todos, con la hora: “Desde la 1 y 10 de la madrugada nosotros evacuamos por voluntad propia. Ahí -en Judibana- hay muchas personas expvsa y nosotros no íbamos a esperar”. Y es que su familia y varios vecinos, al empacar sus cosas, se vieron forzados porque el humo negro que subía a lo más alto del cielo auguraba un día largo y pesado. Según dijo, lo único que se activó una vez sucedida la explosión “fueron varios anillos de seguridad” de la Guardia Nacional, pero nada más.
En ningún momento las alarmas fueron encendidas y en ningún momento se activó un plan de evacuación. Esta realidad abría las puertas a que comentarios como “aquí han pasado otras cosas, pero nunca así” salieran a la palestra. Con algo de indignación, o al menos así revelaba su voz, comentó que se tuvo que haber puesto en marcha un procedimiento de evacuación preventiva, “como es normal en estos casos”. Recordó entonces que “en la vieja Pdvsa se hacían simulacros” todos los miércoles con los bomberos de la zona. En estos procedimientos, unas alarmas habilitadas para prevenir a los seres humanos que poca culpa tienen de la política, se activaban en un esfuerzo de política pública especial para una zona con no una, sino dos refinerías importantes, Amuay y Cardón.
“En la vieja Pdvsa se hacían simulacros de esas alarmas”, dijo. “Todos los miércoles en la vieja Pdvsa se hacían simulacros de incendio, eso no lo vemos nosotros de hace un tiemo para acá”. Lo hacía el departamento de bomberos, incluso con competencias entre los bomberos de las distintas filiales de Pdvsa, para poder prepararse a esta realidad que hoy solo deja devastación y la ironía de que lo nuevo y lo viejo vuelvan a retumbar, esta vez no en un discurso político, sino en la tragedia que enluta a todo un país.
Para José todo está claro, “nosotros sabemos que aquí no se invierte en la refinería”, al menos como debería de hacerse. Y es que este hombre que ahora habita temporalemente en una casa en la localidad de Pueblo Nuevo, denunciaba que desde horas de la mañana del viernes ya el olor era evidente, reconociendo que “había una fuga desde temprano”. No sería el único en denunciar esto, pues otros relatos confirmarían lo que dice.
El trató de huir de la manera que pudo. Junto a otros, ayudó a los más pequeños a salir, pero Judibana tenía una sola salida habilitada, que ya estaba acordonada por la Guardia. Uno de los militares de la zona le dio, como pudo, un consejo: “Si yo pudiera me iría de aquí, lo que pasa es que estoy cumpliendo con mi deber”. En horas de la madrugada, al escuchar las declaraciones del subgerente de Pdvsa, tomó el rumbo hacia su hogar, que rápidamente cambió al ver cinco torres de humo: “Yo ahí me dije, esto que dicen es mentira, esto está peor”.
El temblor y el reconocimiento: “Enseguida que me desperté, supe que era la refinería”
“Yo estaba durmiendo y sentí todo. Imagínate sentir una explosión y al mismo tiempo sentir que te mueven la casa”, relataba Hildemaro Valles, otro vecino de Judibana, y luego dijo la hora “era la 1 y 11 minutos de la madrugada”. Su historia no distaría mucho de la anterior de no haber sido por una frase: “Enseguida que me desperté, supe que era la refinería”.
Tal vez algunos puedan colocarse en esa situación: despertar de un sueño por un ruido estruendoso, angustiado, buscando a los suyos, refugiándose entre la duda. Con todos estos elementos, ¿Cómo saber de inmediato qué sucedía? Según el señor Valles, es simple, pues en ese lugar, “ya es usual que pasen esas cosas”.
Entender la tragedia como natural puede parecer difícil, pero para los habitantes que despertaban todos los días con una refinería como parte del paisaje, los accidentes eran de esperarse, eso sí, “nunca como esto”. Al salir de su casa y llegado el amanecer, es que se pudo precisar los daños causados. “Hacia La Pastora hay daños considerables en las edificaciones (…) la Avenida Intercomunal, todo se vino abajo, incluso hay negocios y empresas que han sido consumidas”, decía mientras la impresión de lo sucedido evitaba que pudiera ahondar en los detalles.
Para él, que lleva 42 años de su vida en ese lugar, esto es, sin duda, “lo peor que he vivido”. La desesperación “por no saber qué hacer y no saber qué estaba pasando” hacía que su experiencia se tornara cada vez mñás inaguantable; pero lo peor, según dijo, “la falta de información”, pues “lo que nosotros estamos presenciando no es lo mismo que lo que están diciendo”.
Como mejor pudo describirlo, explicó que la nube llegaba a ser tan negra que parecía anunciar lluvia en vez de devastación. Los gases subían mientras unos abandonaban sus casas y otros se quedaban esperando que todo se disipara.
“Si esto hubiese estado controlado, no hubiese sucedido”
Como los demás, Nicolá Stefanelli comenzaba su historia con la hora: “Como a la 1 y 20 minutos de la madrugada sentimos una fuerte explosión”. Él, a diferencia del relato anterior, no comprendió la situación de inmediato. Pensó que podría tratarse d eun avión que había chocado, pero poco después, se enteró de la explosión. Él es comerciante, de hecho, al momento de la conversación, estaba junto a otros compañeros tratando de reparar lo poco que quedaba de su negocio; sin mebargo, el dinero, la pérdida material, el estrés, todo eso importaba si se puede, poco, pues lo que más le entristecía era “la lamentable noticia de la decenas de pérdidas humanas”.
Es tal vez en estas situaciones donde el venezolano saca la verdadra humanidad que lleva dentro, olvidándose de la política, de los colores y resaltando la solidaridad que nos caracteriza, pero la indignación seguía presente, lo dejó claro cuando aclaraba su garganta al explicar que en ese pueblo “todos nos conocemos” y que no tardarían en enterarse “cuál de nuestros amigos ha fallecido en esto”.
Su vivienda queda al norte del desastre y la onda se fue hacia el sur; hacia la zona comercial, dentro de todo, Stefanelli se alegraba, por una parte, de que su familia resultara ilesa, pero se entristecía por la otra, por las “100 o 200 familias que hoy están sufriendo” la pérdida de algún ser amado.
Como pudo se armó de fuerza en la voz para decir que todo esto le produce “mucho sentimiento” y “ganas e llorar”, pues con él se encontraban 25 vecinos, compañeros, amigos tratando de levantar su negocio, mientras que otras familias, “ni con mil personas recuperarán a los que ya se fueron”.
Reiteró lo que ya había sido dicho: “Ese escape de gas tenía mucho tiempo (…) el viernes había una especie de neblina (…) esto es algo que se les fue de las manos; no pudieron controlarlo, no midieron las consecuencias”. Y con más fuerza, dio la estocada que su opinión le permitía: “Si esto hubiese estado controlado, jamás habría pasado”. Esta es la verdad, al menos la de auquellos 3 hombres que entre la confusión se atrevieron a hablar, sin importar nada, pues la vida se mostró efímera en un minuto demostrando que el dicho es completamente cierto, más vale prevenir, que lamentar como hoy lamenta Venezuela la pérdida de los nuestros.
Por Ana Vanessa Herrero / Noticias24

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