Publicado el 05 de abr de 2013 3:53 pm |

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Foto: Prensa Presidencial

(Caracas, 5 de abril. Reuters) - El 24 de junio de 1998, el profesor Agustín Blanco Muñoz viajó al Campo de Carabobo para entrevistar al entonces candidato Hugo Chávez después del tradicional desfile militar que marca cada año la batalla clave para la independencia de Venezuela. Ese día fue toda una revelación.

Sorprendido, el historiador les preguntó por qué se santiguaban. “¿No te das cuenta?”, respondió uno sin vacilar. “Ese hombre tiene mucha magia”

El joven aspirante, molesto porque le habían prohibido subir a la tribuna de honor, se vio de pronto sorprendido por decenas de personas que comenzaron a pedirle autógrafos, a darle abrazos y besos. Las mujeres gritaban su nombre, los hombres le palmeaban confiados la espalda. Él sonreía.

La multitud creció y durante dos horas no pudo moverse. Algunos, emocionados, se persignaron después de tocarlo.

Sorprendido, el historiador les preguntó por qué se santiguaban. “¿No te das cuenta?”, respondió uno sin vacilar. “Ese hombre tiene mucha magia”.

Para aquel entonces, el díscolo soldado ya era toda una celebridad después del enigmático “por ahora” con el que asumió el fracaso de su golpe de Estado la madrugada del 4 de febrero de 1992, una promesa grabada a fuego en la memoria colectiva de un país hastiado por décadas de corrupción y crisis económicas.

“Pero en ese momento me di cuenta de que estábamos en presencia de un fenómeno con pocos precedentes en nuestra historia contemporánea. El mesianismo”, recuerda Blanco, quien lo entrevistó 14 veces entre 1995 y 1998 para su libro “Habla el Comandante” antes de convertirse en un frontal opositor.

Su muerte por un cáncer en pleno apogeo de la revolución socialista reveló el fenómeno en toda su magnitud: Elevado a los altares con ardor religioso por sus seguidores y denostado con igual intensidad por sus enemigos, sus 14 años en el poder seguirán resonando en la nación petrolera durante generaciones.

“Somos los hijos y las hijas del Comandante Supremo, del Redentor de los pobres, del Cristo de América”, pontificó su sucesor político Nicolás Maduro, a quien el líder dejó en herencia una alta carga emotiva para gestionar la delicada transición hacia el chavismo sin Chávez.

Para sus detractores, esta divinización exprés es la cosecha de un desmedido culto a la personalidad que el “autócrata” labró durante lustros con mano dura y regó con la mayor bonanza petrolera de la historia venezolana.

Una veintena de entrevistas con gente que lo trató de cerca permite ver al Chávez más humano que late detrás del político glorificado y aborrecido con cuyo gran poder, carisma y recursos cambió, para bien o para mal, la vida de millones.

Un tipo diferente

En el verano de 1984, Jesse Chacón era uno de los 300 cadetes que, con cara de aburrimiento, esperaban bajo el feroz sol del medio día en los llanos de Cojedes para realizar unas maniobras típicas de la época que simulaban un enfrentamiento entre el ejército regular y grupos guerrilleros.

“No señora, ¿por qué?”, preguntó halagado. “Porque tiene todo para ser una estrella”, respondió la periodista

De un bosque cercano, sin previo aviso, llegó cabalgando el capitán Chávez flanqueado por dos tenientes. Con paso resuelto se subió a una tarima improvisada en medio de la tropa, que esperaba la clásica charla sobre organización y estrategia.

No podían estar más equivocados.

“Estamos aquí, en las remotas sabanas del Pao, porque la oligarquía mantuana nos ataca”, entonó solemne Chávez, quien metido de lleno en su papel de jefe guerrillero les arengó sobre el Frente Sandinista de Nicaragua y la traición del general Juan Vicente Gómez para derrocar al nacionalista Cipriano Castro e instaurar una dictadura en Venezuela con ayuda de Washington.

“Fue la mejor maniobra de mi vida, dedicados a aguarles la fiesta a los regulares con emboscadas y ataques nocturnos”, rememoró Chacón, quien aún sonríe al evocar los juicios sumarios de Chávez a los reclutas indisciplinados que ponían en riesgo la revolución. Algunos incluso fueron festivamente fusilados.

“Nos dejó impresionados”, agregó Chacón, quien luego ocuparía varios ministerios, incluyendo el del Despacho de la Presidencia. “Era un tipo completamente diferente”.

Tan impresionados quedaron que Chacón y otros cientos de uniformados se unieron a la conspiración de Chávez para asaltar el poder por las armas, una asonada que desató el júbilo entre muchos sectores pero que dibujó por años un gran signo de interrogación sobre sus credenciales democráticas.

Los que lo trataron en ese tiempo coinciden en que ya poseía un magnetismo natural, potenciado por una gran facilidad de palabra, una memoria prodigiosa y un excelente sentido escénico. Todos los atributos necesarios para ser un héroe o un villano.

El general retirado Francisco Usón relata que cuando era cadete Chávez fue elegido maestro de ceremonias para la elección de madrinas de los equipos deportivos de la Academia Militar. Tras el acto, una connotada presentadora de informativos que asistía como jurado le preguntó si había pensado en ser animador de televisión.

“No señora, ¿por qué?”, preguntó halagado. “Porque tiene todo para ser una estrella”, respondió la periodista.

Y lo sería.

Padre de la vida

Desde su triunfo en 1998, Chávez se convirtió en protagonista absoluto de una revolución televisada que se metió en todos los hogares de Venezuela, convenciendo a unos de la urgente necesidad de cambiar el sistema y espantando a otros con una retórica belicosa.

“Cuando ve el gentío se molestó y nos recrimina haber llevado tanta gente. ¡Pero si nosotros no habíamos llamado a nadie!”, contó Izarra

A Andrés Izarra se le saltan las lágrimas cuando recuerda un domingo de “Aló, Presidente” en Queserías del Medio, en lo profundo del llano apureño, donde años antes Chávez había construido con su guarnición un pequeño monumento de cemento para conmemorar una heroica batalla de la independencia.

Tardaron una hora en llegar en helicóptero, mientras los camiones de logística cruzaban ríos y recorrían caminos casi impracticables. Una ministra tuvo que viajar horas a lomos de un caballo para acercarse al sitio. Al llegar, les esperaba una muchedumbre que había salido “de debajo de las piedras”.

“Cuando ve el gentío se molestó y nos recrimina haber llevado tanta gente. ¡Pero si nosotros no habíamos llamado a nadie!”, contó Izarra, entonces ministro de Información, quien se queda sin palabras al tratar de describir el “idilio” del presidente con sus correligionarios.

Adicto a romper el protocolo, sus amigos evocan sonrientes cómo, para horror de los ortodoxos de la diplomacia, se saltaba una y otra vez las formas, ya fuera con un abrazo al Emperador de Japón, un amago de beso a la Reina de Inglaterra o dándole duro al “diablo” del ex presidente estadounidense George W. Bush en Naciones Unidas (ONU).

Lector empedernido y amante de los mapas, siempre andaba a toda prisa, trajinando con un montón de documentos y libros que marcaba, subrayaba y anotaba hasta la saciedad. Adicto al café y ex fumador, dicen que tenía la innata habilidad de abrir cualquier informe justo por la página donde había un error.

Sus subordinados aseguran que Chávez era exactamente igual delante y detrás de las cámaras, la misma vehemencia contra la miseria, la permanente referencia a Simón Bolívar, a Jesucristo y a Fidel Castro; capaz de la arremetida más virulenta contra los rivales y del gesto más humano hacia sus incondicionales.

“Recuerdo que recibió una carta de una estudiante de 9 años que pedía nada más hablar con él. Nos dijo que la localizáramos y la invitó a un helado”, apuntó emocionada la ministra de Educación Superior, Yadira Córdova.

Los que lo siguieron hasta el final lo describen como un “padre de la vida” cuyas enseñanzas le trasladarán a sus propios hijos.

Enemigo inclemente

El general retirado Usón también le narrará a su hija su historia con Chávez, pero el cuento será bien diferente.

El hombre que se grabó en su memoria era autoritario, desconfiado y sujeto a bruscos cambios de humor. Quería cada vez más poder y aceptaba cada vez menos la crítica, por lo que se rodeó de una corte de “yes-men”, aduladores sin escrúpulos que le ocultaban la verdad por miedo o interés.

El mandatario nunca hablaría de “presos políticos”, sino de “políticos presos”, corruptos y difamadores al servicio del “imperio estadounidense”

Y eso -dice- se manifestó el 11 de abril del 2002, cuando un grupo de opositores aprovechando masivas marchas de protesta dieron un fugaz golpe de Estado que derrocó a Chávez por 48 horas. Unas 20 personas perdieron la vida abatidas por francotiradores y decenas más resultaron heridas.

“Entré al despacho para presentar mi renuncia por cómo se estaba manejando la crisis. Vi a un hombre desconectado de la realidad. Estaba vestido de militar, con una pistola sobre la mesa, en estado de postración emocional”, dijo Usón, en ese entonces ministro de Finanzas.

El golpe marcó un punto de quiebre en lo político y en lo personal. De esos duros días emergió un líder más decidido y radical, como él mismo lo resumiría muchas veces advirtiendo que “el Chávez pendejo de 2002 quedó atrás”. El evento lo hizo ser más suspicaz de su entorno e implacable con sus adversarios.

“Conmigo o contra mí”, llegó a ser su consigna.

Usón, y varios más, lo saben bien. En 2004, ya trabajando para la oposición, el general retirado fue sentenciado a 5 años y medio de prisión por unas declaraciones que fueron consideradas “injurias a la Fuerza Armada”. Estuvo 3 años y siete meses en la cárcel antes de obtener la libertad condicional.

“Yo fui uno de los presos de Hugo Chávez”, aseveró Usón, recordando que el fiscal y juez que lo condenó huiría años después del país para denunciar en Miami que el presidente y su círculo más íntimo manipulaban la justicia, incluyendo su caso.

El mandatario nunca hablaría de “presos políticos”, sino de “políticos presos”, corruptos y difamadores al servicio del “imperio estadounidense” y la oligarquía venezolana para desestabilizar el proceso. Sólo unos pocos volverían al redil.

Obsesión 24/7

No era fácil vivir al lado del presidente Hugo Chávez. Los que trabajaron de cerca con él coinciden en que su empeño por cambiar al país hizo de Chávez un líder tenaz, volcado en su misión 7 días de la semana, las 24 horas del día. Literalmente.

Su control sobre todas las áreas de gestión era exhaustivo, incluyendo los complicados temas económicos de los que pedía actualización diaria

“El presidente era noctámbulo, su momento más creativo era en la madrugada, así que lo podía llamar a uno a cualquier hora. Un ministro de Chávez siempre dormía con una carpeta con los temas importantes que estaba llevando en la mesita de noche”, explicó la ministra Córdova.

Sus defensores vieron en esta actitud a un gobernante comprometido plenamente con su visión, mientras que para sus críticos, los horarios draconianos y las exigencias insólitas revelan un carácter desordenado y caprichoso que obligaba a todo un país a vivir a su ritmo.

En su gabinete son míticas las broncas del jefe, que alguna vez aireó frente a las cámaras de televisión llegando a cesar sin miramientos a algún ministro en vivo y directo.

“Una persona con bajo nivel de autoestima no aguantaba ahí, esa dureza a veces que no le ves racionalidad. Te decía que nuestra ineficiencia la paga el pueblo hasta que pensabas que le habías robado el tetero a un recién nacido”, contó Chacón.

Aunque tras la tormenta, venía la calma.

“Después del peor de los regaños, al terminar se acercaba y te daba un fuerte abrazo. Caminaba agarrado contigo y te decía ‘sigue trabajando, confío en ti, saludos la familia’. Siempre saludos a la familia”, explicó el gobernador José Vielma Mora, partícipe del 4 de febrero y durante años intendente tributario.

El ritmo no paraba dentro ni fuera. Izarra relató un típico día de gira con Chávez: De madrugada en Moscú para desayunar con el ruso Dmitry Medvedev. Almuerzo con el bielorruso Alexander Lukashenko en Minsk, merienda en París con Nicolás Sarkozy y cena en Lisboa con José Sócrates. Luego, firma de acuerdos.

Su control sobre todas las áreas de gestión era exhaustivo, incluyendo los complicados temas económicos de los que pedía actualización diaria y en los que él tenía la última palabra.

“Tienes que mantenerme informado”, cuenta Rodrigo Cabezas que le dijo Chávez cuando le encargó la cartera de Finanzas en 2007. “‘Cualquier decisión que haya que tomar llámame. Es más, tienes que perseguirme donde esté y si estoy lejos toma un avión’”, agregó Cabezas.

Su colega Rodolfo Sanz, ex ministro de Industrias Básicas, comprobó que no se trataba de una metáfora cuando una noche le llamó el presidente, que estaba de gira por Irán, Rusia y Bielorrusia, reclamándole su presencia de inmediato: “‘No sé cómo vas a hacer, pero o tú te vienes o vamos a tener un problema’”.

Tras un accidentado viaje trasatlántico con varias escalas, Sanz llegó a Minsk al día siguiente, justo cuando Chávez salía de una reunión con su aliado bielorruso Lukashenko, al que, entre sorprendido y divertido, le espetó: “¡Mira, si todavía tengo ministro de Industrias Básicas!”.

Poder y revolución

Chávez exigía lealtad absoluta a su causa socialista y aunque escuchaba atento largos debates, recababa opiniones y tanteaba varias posibilidades, una vez tomaba su decisión el acatamiento debía ser total. En ocasiones, defender su revolución requería de un auténtico salto de fe.

Sincera, pragmática o interesada, esa lealtad se convirtió en la espina dorsal del chavismo

“A veces tomaba decisiones que no compartía o no entendía. Luego el paso del tiempo demostraba que Chávez casi siempre tenía razón. Tenía una gran capacidad de predecir y provocar al enemigo para sorprenderlo”, afirmó Izarra.

Para los renegados, la obediencia ciega que exigía Chávez a sus colaboradores primaba sobre la eficacia y atentaba contra el buen juicio. Muchos sienten que fueron utilizados por un “encantador de serpientes” que no estaba dispuesto a compartir el protagonismo, ni mucho menos el poder.

Pablo Medina dice que ese fue su caso. Sindicalista y militante de izquierda, se hizo íntimo amigo de Chávez, “hermanos del alma”, durante la época de la conspiración. Pese a que tuvieron algunos encontronazos, finalmente lo acompañó en los primeros años de Gobierno. Lo que vio no le gustó.

“En sus consejos de ministros todos hablaban para darle la razón, era el lamentable espectáculo de un grupo de personas con la baba fuera”, refirió Medina, quien se volvió uno de los más enconados críticos de Chávez.

Sincera, pragmática o interesada, esa lealtad se convirtió en la espina dorsal del chavismo, una devoción que sus primeros espadas han prometido mantener “más allá de la vida” con un solemne pacto que sellaron entrelazando sus manos sobre el féretro del fallecido mandatario en la Academia Militar.

“Lo acompañamos hasta el final, como siempre hemos hecho ante cualquier circunstancia y pese a cualquier consecuencia. Cuando estábamos allí, frente al Comandante, les propuse a los compañeros jurar máxima lealtad al presidente y al pueblo”, narró con voz suave el ministro de Petróleo, Rafael Ramírez.

Aún así, el retrato íntimo del líder incansable entregado obsesivamente a su misión no difiere tanto entre quienes lo amaron y quienes lo detestaron. En las distancias cortas, todos recuerdan al conversador nato, el llanero propenso a la risa contagiosa y al canto, enamorado de su tierra y su familia.

Pero, mientras unos creen que usó el poder para hacer una revolución, otros piensan que hizo la revolución para detentar el poder. Y esa es una premisa que lo cambia todo.

Cuando más tarde ese 24 de junio de 1998, el profesor Blanco Muñoz se refirió con cierta inquietud al fervor mesiánico del que había sido testigo, Chávez, pensativo, le contestó: “Es un fenómeno que no se puede negar, está allí. El asunto está en cómo se utilice”.

Por Enrique Andrés Pretel