Publicado el 01 de jul de 2013 10:03 am |

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(Caracas, 1 de julio, Noticias24).- Su nombre es José Bastilleros, tiene 79 años, es de nacionalidad española y se ha convertido en motivo de alegría para muchos caraqueños.

La ciudad capital venezolana resulta un tumulto en todas las tardes, largas colas, transeúntes apresurados por llegar a sus hogares, la horas transcurren como en un abrir y cerrar de ojos. Cada uno está inmerso en sus problemas o en su apuro. Sin embargo, este simpático abuelito se para todas las tardes en plena vía principal de La Candelaria y baila el Hula Hula mientras los carros pasan.

La historia fue publicada por el diario Panorama, donde reseñan que en este lugar pasa cerca de tres horas con su único compañero: el hula. Objeto que mueve con destreza y una amplia sonrisa. De momentos gira en su cintura, otros en su pierna, y también en su cabeza. Sobretodo los niños celebran su audacia o locura. Durante tres horas vive asechado por automóviles y motorizados. Poco le importa el peligro de su arte, solo disfruta estar parado ahí y tener un contacto cercano con la gente.

La publicación señala también que Bastilleros llegó hace 54 años proveniente de La Coruña. A raíz de la muerte de su esposa “juega” todas las tardes en la plaza La Candelaria de Caracas, con su hula. Se siente bendecido por Dios y disfruta del contacto de la gente.

A continuación el artículo completo:

Bastilleiro fue el primero en adueñarse de los semáforos caraqueños para demostrar sus destrezas. Ahora es común ver a jóvenes, con estilos hiposos, con pelotas, antorchas o pines hacer su show y luego extender la mano. José nunca lo ha hecho. Según afirma él solo juega, no está para pedir.

“En un principio yo no aceptaba la plata, pero la gente se molestaba, por eso comencé a aceptar lo que me quisieran dar”, aclara el abuelo, quien reparta bendiciones por doquier a todo aquel que se toma dos segundos para saludarlo o aplaudirle sus gracias.

“Él lo hace por distracción. Tiene años jugando con su hula”, dice un mototaxista, que comparte este espacio de la capital con el hombre natural de La Coruña, España. Su presencia ya forma parte de la escenografía de este punto de la parroquia.

El confeso fanático del Real Madrid tiene ocho años jugando con su hula, en este lugar. Tiempo que coincide con el fallecimiento de Rosa Araujo, compañera de vida por más de 45 años. El apartamento donde vivieron juntos por casi cinco décadas le quedó grande; por lo tanto, sale a la calle y disfruta con la gente. “Es su terapia”, dice un vecino.

El churrero, el quiosquero, el vendedor de cotufas y los fiscales de tránsito saben que a partir de las tres de la tarde, José llegará a la isla de la avenida, y no la abandonará por un espacio de tres horas.

“Hasta la Guardia Nacional ha intentado sacarme, pero yo no estoy cometiendo un delito, solo estoy jugando. Los fiscales ya se cansaron de decirme que me quitara, que es peligroso, que me puedo caer y un carro o una moto arrollarme, pero aquí estoy tranquilo. Si no fuera por esto estaría inválido, aquí hado ejercicios”, asegura el inmigrante.

Antes se ponía en la plaza, a saltar la cuerda, pero los “muchachos me robaban mi cuerda, se metían conmigo, aquí nadie me molesta”, se defiende quien no cesa de regalar carcajadas, que dejan al descubierto su dentadura.

José se sabe un personaje, y este hecho le causa curiosidad, mas no extrañeza. Con gracia explota su divismo. Su bigote blanco es distinto, solo está presente en el lado derecho de su rostro y una amplia patilla, estilo prócer de la República, solo está en el lado izquierdo. “Esa es mi marca”, dice entre risas.

Entre cada cambio de semáforo las personas, por decenas toman por asalto la isla para cruzar al extremo de la avenida. Esto no inmuta a José, quien no cesa en su girar. Los niños lo ven absortos. Una pequeña le pregunta “¿cómo aprendiste?”, mientras él sonríe y reparte carcajadas y bendiciones. Aprendió solo, en la plaza.

En un momento de la tarde, un vendedor de café se le cuadra y lo saluda: “¿cómo está comandante?, ¿cómo está el hula?”, mientras le sirve un guayoyito, que toma sorbo a sorbo, el español nacionalizado de corazón venezolano.
Hace 54 años José cruzó el Atlántico para más nunca regresar a su natal Europa. Tenía 25 años cuando llegó al país. Sus intenciones de conocer nuevos rumbos y de experimentar nuevas experiencias lo hizo tomar un avión. “No soy de los hombres que mueren donde nacen”.

En sus planes no está regresar, a pesar que cinco hermanos lo esperan para una repartición de bienes familiares. Teme perder su pensión del Seguro Social si dura más de un mes sin cobrarla. Su acento todavía delata su origen.

¿Qué fue lo que más le gustó de Venezuela?

—Todo, su gente, la libertad de trabajo. Este es un país que lo da todo. Yo he hecho de todo. Yo no sabía lo que era una cabilla y aquí enseguida conseguí trabajo como cabillero. También trabajé en la construcción de la estación de gasolina de El Rosal. Yo en España era campesino, mi padre murió cuando yo era un niño y debí aprender a arar la tierra desde pequeño, a sembrarla.

En Caracas, Bestilleiro trabajó por más de 50 años en dos bombas de gasolina. Primero en la bomba de El Rosal, donde permaneció por más de 15 años como bombero. Luego trabajó 35 años en una estación ubicada en la esquina El Guanábano, en el centro de la ciudad.

Poco antes de fallecer su esposa, le diagnosticaron problemas pulmonares, producto de la exposición a los gases de la gasolina. Enseguida renunció a su trabajo. Hoy debe nebulizarse constantemente. En ocasiones, entre vuelta y vuelta del hula, se le nota algo fatigado. Al cruzar a la isla, lleva consigo agua, que lo ayuda a mantenerse las tres horas en su sitio. “A la gente le gusta que esté aquí”, dice con orgullo.

Su rutina es casi inalterable. Solo la lluvia o la enfermedad lo separan de su punto de encuentro. Al llegar la noche cruza la populosa avenida y entra a la iglesia La Candelaria, donde descansan los restos del doctor José Gregorio Hernández. En el templo permanece hasta las nueve de la noche.

Al salir de la plaza enfila a la casa de su única hija para cenar con sus tres nietos y su yerno, de quienes dice no lo saludan cuando está en la calle. Desaprueban sus actividades, desearían que se quedara en la casa tranquilo, como cualquier abuelo de esa edad, pero el encierro y la soledad no le gustan a José.

Prefiere el ruido de la calle y la compañía del anónimo, de ese que le entrega en sus manos dos, 10 o hasta 50 bolívares, ya sea que pase a su lado a pie o en un carro. Su vida la ha recorrido palmo a palmo en la parroquia La Candelaria —a su parecer—, “la mejor del país”, donde se congrega gran parte de la colonia española asentada en la ciudad.

En ella ha disfrutado de los triunfos del Real Madrid, de los cambios del país y de la ciudad, que ya no es la apacible y tranquila capital que conoció en los 60 cuando se bajó del avión, siendo un aventurero. Ahora es un hervidero de ruidos y de hechos que hacen cada día inolvidable. Por ello, no enfilará maletas hacia el pasado.

“Mi familia está aquí”, dice convencido de las maravillas que le ha brindado este país que sin mezquindades lo acogió hace tanto tiempo, cuando solo sabía arar la tierra.

Con información de Panorama

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