Publicado el 15 de jul de 2013 5:23 am |

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Video: Diario Panorama, 14 de julio de 2013

(Caracas, 15 de julio. Noticias24) – En una crónica publicada por el diario Panorama, se refleja la odisea vivida día a día por los habitantes del norte de Maracaibo, en el estado Zulia, para llevar a sus hogares productos de primera necesidad y luchar contra los llamados “bachaqueros”.

Todos saben que los bachaqueros son los primeros en hacer cola, llegan de madrugada, otros duermen en el portón. Marcan territorio. En ocasiones llegan hasta a intimidar a otros compradores que no van por negocio, si no por la necesidad de alimentar a su familia. “Montados en camiones de esos nuevos, llegan a pagarles a los que hacen las colas para llevarse la comida y cuando uno va a comprar ya no hay nada”, asegura una de las afectadas.

Lea a continuación la crónica completa:

“Me ofrecieron 600 bolívares por mi cédula y les dije que yo no me metía en eso. Revenden la harina, el arroz, el aceite, el azúcar, todo, y dejan a los demás sin nada, no estoy de acuerdo con eso, es pecado quitarle la comida a las personas. Soy wayuu y la gente nos mete en un mismo saco, para los demás todos los guajiros somos bachaqueros”.

La exclamación de María González, una doméstica de 53 años, madre de nueve hijos y practicante del cristianismo, se escucha en la cola de uno de los supermercados al norte de Maracaibo, en plena avenida Guajira. Su historia se mezcla con el ‘calorón’ que a las 9:00 de la mañana ya ‘rompe tejas’.

Una cerca de ciclón actúa como un respaldo para apoyar el peso del cuerpo, que luego de cuatro horas ya empieza a resentirse. La cola parece estática para los que están de últimos. Por lo menos un 80% de las personas que la hacen son wayuu. Quienes llegaron a las 6:00, con el amanecer, poco han avanzado. Distinta es la suerte que corren los que tomaron los productos de la cesta básica como un oscuro negocio. Cargando sillas plásticas que usan para ‘montar guardia’, y un batallón de acompañantes, son los primeros en entrar. En un día promedio un contrabandista se valdrá de trampas para comprar hasta seis veces en un mismo supermercado.

Vendedores de bolsas de agua hacen su agosto. A tres bolívares ofrecen agua fría, un oasis

Los supermercados son blanco de un saqueo permanente que comienza desde las 8:00 de la mañana y se extiende hasta las 8:00 de la noche o hasta que se terminen los productos regulados. Cargamento que llega desaparece en cuestión de horas, y a veces en minutos. Entre los contrabandistas hay wayuu, alijuna y colombianos.

“Se van a pie, se van a Enne, De Cándido, Supermarket, Latino, no pagan carro”, cuenta una mujer que se queja de la proliferación del bachaqueo, ilícito que ha venido desangrando al Zulia. El problema que comenzó hace unos siete meses con la escasez de alimentos causada por el desvío de productos a Colombia, se concentra ahora en una práctica frenética que termina al final de cada día cuando los anaqueles ya no tienen un solo paquete de regulados.

Una red de información ha proliferado. Ya saben cuándo, dónde y qué va a llegar. Tal cual como depredadores al acecho saltan de un supermercado a otro para saquear lo que llegue. Tomar un carrito y pasearse por los pasillos a buscar lo necesario para la despensa se convirtió en una imagen lejana.

Todos saben que los bachaqueros son los primeros en hacer cola, llegan de madrugada, otros duermen en el portón. Marcan territorio. En ocasiones llegan hasta a intimidar a otros compradores que no van por negocio, si no por la necesidad de alimentar a su familia. “Montados en camiones de esos nuevos, llegan a pagarles a los que hacen las colas para llevarse la comida y cuando uno va a comprar ya no hay nada”, se queja Alcira Ferrer mientras trata de resguardarse del sol con la mano puesta en su frente.

Irse a las manos es común. Turbas violentas han roto vidrios de supermercados y agredido al personal

Una mujer de unos 25 años recorre en plan de ‘policía’ la cola. “Hay que poner orden para que podamos entrar”, exclama mientras usa un marcador rojo para estampar un número en la muñeca. “El que no esté marcado no pasa”, vocifera retadora. No labora en el supermercado, ni pertenece a ningún cuerpo de seguridad. El 149 escrito en la muñeca izquierda indica el supuesto lugar que se ocupa en la cola.

El marcaje no es bien recibido por la mayoría. “Los mismos bachaqueros son los que se ponen a marcar a la gente. Esa muchacha la he visto varias veces, es de las que viene todos los días”. Los murmullos de incomodidad son colectivos.

Adentro otra cola, no menos extensa, es hecha por personas con factura. Deben entrar al establecimiento, comprar productos no regulados y volver a salir a hacer una cola que les permitirá comprar alimentos regulados.

Hay arroz y aceite, ojalá cuando lleguemos allá todavía encontremos”, afirma una ama de casa. Rozan las 12:00 del mediodía. El sudor comienza a desvanecer el número estampado con marcador. Desde la parte interna un vigilante viene para repartir números escritos en un cartón, de modo rudimentario, los lanza como puede entre las rejas. El desespero para hacerse de un cartoncito provoca peleas, empujones, unos intentan subirse en la reja. Una señora se cae entre el tumulto, aún así logra tener un número.

El que fue hecho con marcador perdió ‘validez’, no sirvió de nada. Con este cartón van llamando. No todos pudieron tener uno, toca seguir esperando y con suerte la próxima vez pescar uno. El calor arrecia. Paraguas, pedazos de cajas, sombreros, las manos, cualquier cosa es buena para tratar de amainar el sofoco.

Vendedores de bolsas de agua hacen su agosto. A tres bolívares ofrecen agua fría, un oasis. Otros pasan vendiendo heladitos a 5 bolívares. No faltan las empanadas, tortas, platanitos y cualquier ‘bala fría’ que aplaque el hambre. La espera ya suma cinco horas sin resultado. El cansancio comienza a hacer mella. Algunos optan por irse a sus casas a preparar almuerzo y volver luego.

“Comprar con factura es más rápido”, opina una mujer recostada al cercado externo. “Voy a meterme a buscar algunas cosas”. El aire acondicionado del súper la refresca mientras tanto. La mayoría compra papel sanitario y crema dental para hacerse de la ansiada factura. Una hilera de trabajadores uniformados con chemises azules compra, sin restricciones, los productos regulados que llegaron . Primero se les vende a ellos, mientras, las colas afuera se encienden.

¿Cómo es posible que les vendan a ellos todos los días? ¿Viste que se llevan más de 10 paquetes de harina cada uno? ¿Por qué tenemos que volver a salir a hacer esa cola? Si estamos comprando otras cosas ¿no sería mejor que nos vendan de una vez los productos regulados y no tengamos que salir a hacer esa cola otra vez? Las quejas no cesan en el recorrido hacia la caja.

En la registradora la cajera luce agotada, el ambiente la aturde. Suspira extenuada. ¡Salgo todos los días loca de aquí!, exclama. Con factura en mano toca salir a la caza de harina y leche. Es lo que hay en el momento. Lejos de ser un alivio, en la llamada cola de ‘las facturas’, hay desorden. Allí también acuden al marcaje de la muñeca. Esta vez el marcador es azul. La muñeca es marcada con el número 133. La cola adquiere cierto orden. “No dejen que la gente se cole, estén pilas pues”, se escucha.

El precio del aceite de maíz está fijado en 10,60 bolívares y el de girasol en 9,35. El kilo de azúcar refinado está regulado en 6,11 bolívares.

En promedio, por persona, se expenden seis kilos de harina, seis de arroz, tres litros de aceite y seis kilos de azúcar. Dependerá de la organización de cada establecimiento y la disponibilidad. Un solo bachaquero puede hacerse de 30 kilos de harina por día, lo que implica unos 1.500 bolívares de ganancias al revenderlos.

“Factura y cédula por favor, los que no tienen factura no entran por esta cola”

“Vivo en Mara y allá venden un kilo de harina a 50 bolívares, un litro de aceite del normal lo venden en 80 y un kilo de azúcar se consigue en 25 bolívares ¿Quién puede pagar eso? Miralos cómo están, salen y entran”, asienta con malestar una habitante de Mara, en la subregión Guajira, mientras se aleja del desorden. “Me da miedo que me vayan a golpear”. Irse a las manos es común. Turbas violentas han roto vidrios de supermercados y agredido al personal. “Antes las mujeres se peleaban por hombres, ahora se agarran por comida”, suelta en tono de chiste una compradora en un intento de ignorar el agotamiento.

“ ¿Y cómo hacen para comprar tantas veces? Estoy aquí desde la mañana y esta es la hora que no he logrado nada”. Las respuestas son varias y pasan por complicidad interna con los empleados, pago a personas para que hagan colas, ofrecimientos a trabajadores a cambio de facilidades para acceder a los alimentos regulados y uso de varias cédulas.

“A mí me ha llegado más de una muchacha de esas jovencitas que bachaquean, me dicen que las ayude a sacar comida que ellas me pagan con ‘otra cosa’, más de un compañero mío se ha dejado seducir, y anda metido en eso, pero que va, yo no caigo en eso, no voy a arriesgarme a que me boten del trabajo por andarle haciendo favores a las bachaqueras”.

El relato es compartido por uno de los empleados de seguridad en una de las tertulias que se oyen en la caótica espera. Cada quien tiene una historia que contar. Su testimonio se comprueba apenas minutos después. A pocos metros una muchacha wayuu coquetea con un vigilante. Ambos sonríen. Ella logrará de este modo llevarse un jugoso cargamento de harina, aceite, arroz y azúcar. Sin limitaciones.

El contrabando también ha encontrado cómplices en trabajadores de empresas cercanas a los supermercados, quienes ante la facilidad de acceso compran y le revenden a los contrabandistas. “Te ven con la harina y antes que lo pienses te ofrecen 25 bolívares por cada paquete, si te pones un poco duro hasta en 30 te la pagan y todavía van ganando”, asegura un empleado.

Los ánimos se caldean, todos tratan de ser oídos, exigen que la “cola camine”. Una barricada formada por carritos de supermercado impide que la marea humana bañada por un día entero de calor logre entrar al área donde reparten los alimentos regulados. ¡Apuren, apuren, esta cola no camina y hay bastante calor!.

Las 5:00 de la tarde. Ya estando más cerca de la entrada para comprar seis kilos de arroz y dos bolsas de leche la ansiedad se acelera. “Para ver qué número tenéis vos, y vos, dejame ver. Vayan pasando pues”, asiente una muchacha que ayuda a organizar el cuello de botella en la entrada.

“Factura y cédula por favor, los que no tienen factura no entran por esta cola”, sentencia infranqueable una de las empleadas. Una vez adentro y en un episodio que dura no más de 15 segundos lanzan en los brazos de los compradores la mercancía.

La policía detuvo a una wayuu con seis facturas y una abultada compra de alimentos. “Así deberían hacer con todos esos bachaqueros”

Toca abrazarse a los paquetes de harina y a las bolsas de leche, no hay empaques para llevar en esa fase del recorrido. Los que ya pasaron entre ocho y doce horas para llegar a ese punto cuidan con recelo el “oro” que llevan entre sus brazos. Ahora el camino es a una de las cajas. No hay carritos de mercado disponibles, fueron sacados para armar la barricada afuera.

La noche cayó. Adentro del supermercado el caos no termina. Colas de usuarios por pagar serpentean por todas partes. No faltan los ‘colados’ y los que gritan quejándose de los ‘vivos’ que quieren pasar a pagar primero. Más de uno se sienta en el piso a descansar. Bolsas de alimentos en el suelo dan una sensación precaria. Cada quien permanece atento a su ‘botín’, pues se ha dado el caso de robos dentro del mismo lugar a quienes se descuidan. El rechazo a los bachaqueros forma parte de conversaciones entre los desconocidos que luego de tantas horas de espera terminan compartiendo un drama común.

A medida que se avanza para pagar van apareciendo envases de jugos abiertos, bolsas de galleta, cajas de chocolate, botellas de agua. Todas consumidas y ninguna pagada. Las pérdidas para los supermercados son diarias. Afuera montones de basura tapizan todo. Vasos plásticos, bolsitas de agua, pitillos, cartones. La lista de desechos es larga. Parece un campo de guerra.

Casi las 8:00 de la noche y el despacho de regulados afuera cesa. Adentro quedan las colas de compradores ansiosos por pagar. De pronto una revuelta hace que todos centren su atención hacia un grupo de policías que detuvo a una wayuu con seis facturas y una abultada compra de alimentos. “Así deberían hacer con todos esos bachaqueros, por culpa de ellos nos estamos calando este sufrimiento”.

Han pasado quince horas desde las 6:30 de la mañana hasta las 8:15 de la noche. El ‘bululú’ no cesa. Luego de tres horas para cancelar terminó el viacrucis. Afuera, siluetas se ven en la oscuridad cargadas de bolsas llenas de comida regulada. En unas horas amanecerá y se repetirá el saqueo

Margioni Bermúdez / Panorama

Foto: Margioni Bermúdez/ Panorama
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Foto: Margioni Bermúdez/ Panorama
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Foto: Margioni Bermúdez/ Panorama
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