Publicado el 02 de mar de 2012 4:19 am |

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Foto: EFE / Mario Guzmán/ARCHIVO

(Caracas, 1 de marzo. Noticias24) Hay que reconocerlo, a veces nos quejamos por todo: las colas, el calor, la situación del país; nos lamentamos por no tener dinero para viajar, para comprar un par de zapatos, para ir al restaurante que está de moda o hasta por el trabajo.

“Los que se quejan de la forma como rebota la pelota, son aquellos que no la saben golpear”, reflexionó alguna vez el psicólogo y filósofo argentino José Ingenieros. Con esta premisa en cuenta, hoy recopilamos un par de historias de vida que seguramente nos harán evaluar la forma en la que vemos las cosas.

El cáncer transforma a simples ciudadanos en grandes guerreros

Foto: AFP PHOTO / SamPANTHAKY

Francis es una mujer de 40 años, cuando se encontraba en la flor de su vida, a sus 37 años, fue sorprendida por una terrible noticia… El doctor le anunció que sufría cáncer de mama y que su seno tenía que ser extirpado, además de tener que recibir varias dosis de radioterapia y de quimioterapia.

Su mundo se paralizó en ese instante, porque no solo tenía que cambiar su vida y sus hábitos, sino además el de su entorno. Tuvo que abandonar su trabajo pues los tratamientos y su estado de salud no daban tiempo para mucho.

Su figura de mujer se vio vulnerada, perder un seno y depender económicamente de alguien más, ocasionaba que su humor no fuera siempre el mejor.

“Lo importante no es quejarse de la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”

Francis recuerda que un día su madre y varios miembros de su familia le dijeron que: “Las cosas no son así” y fue cuando ella entendió que había que continuar.

Me siento abrumada al escuchar su historia, pues narra que algunas de sus amigas que recibían tratamiento con ella han fallecido. Surge una interrogante: “¿Cómo he podido quejarme tanto y esta mujer a pesar de todo aún sonríe?”.

La plática se torna amena en la sala de oncología de un conocido hospital de la ciudad capital, un lugar poco idóneo para tener una charla “amigable”. Saco cuentas, si fue operada hace 3 años ¿qué hace aquí?, ella responde: “Ahora el cáncer lo tengo en el otro seno y el lunes debo comenzar un nuevo ciclo de radioterapias”.

Palabras más, palabras menos, surge de su corazón un mensaje para los que nos quejamos: “Mis amigas me dicen que estoy linda. Yo sobreviví y siempre digo que luchen”.

En ese ambiente Francis me dice que se tiene que ir. Nos damos un breve abrazo y ambas nos damos las gracias. Irónicamente al marcharse leo la cartelera del lugar, me sorprendo al analizar el mensaje que estaba allí expuesto: “Lo importante no es quejarse de la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”.

Una vez más, un sentimiento enorme de culpa viene a mí, pues considero inconcebible que me queje tanto. Busco a la trabajadora social de esa unidad oncológica, pues creo prudente conocer cómo ellas ayudan a las hermosas personas que se encuentran en la sala de espera.

Soy recibida amenamente por Martha, quien a pesar de llevar pocos meses en el lugar ayuda inmensamente a los pacientes. Hablamos de los problemas económicos de los afectados, de los psicológicos y hasta de los familiares, pues me explica que muchos ancianos a veces acuden solos a las consultas porque no tienen consanguíneos que los acompañen.

Antes de irme le pido que nos deje una frase para reflexionar, comparto con ustedes sus palabras: “El tiempo que usas que hablar mal de tu prójimo, empléalo para crear algo positivo”. Una sonrisa ilumina mi rostro.

Otra historia, otra inspiración

Foto: Lexis Gandica/ Noticias24

Continúa mi búsqueda de historias de valor y es allí cuando recuerdo a un vecino de mi residencia. Francisco Antonio Carmona Vellorín (51), alias “Piño” como lo llamaba su madre porque “era fastidioso como una piña debajo del brazo cuando era niño”, nació con diversas malformaciones en su cuerpo.

Piño cuenta que desde que era un bebé, los médicos hicieron lo posible por salvarle las extremidades inferiores, no obstante, a los 8 años tuvieron que amputarle ambas piernas. Desde allí, ha utilizado diversas prótesis pero a las únicas que ha logrado adaptarse son a las cortas mejor conocidas como “Stubing”.

Mientras acomoda su puesto de trabajo -donde vende películas- me explica que logró culminar su bachillerato, sin embargo, a pesar que no pudo realizar sus estudios universitarios hizo varios cursos.

Foto: Lexis Gandica/ Noticias24

Siempre Piño ha estado laborando, jamás se ha quedado en su casa, sale a la calle con optimismo y “sin ningún tipo de complejos”. Sonrío al verlo, y expreso así mi admiración por él, recuerdo aquella mañana cuando me quejaba por no tener un carro y no valoré que tengo dos piernas sanas que personas como Francisco tal vez desearían.

No existe la queja en su vocabulario, lo único que desea lograr es obtener su “pensión de gracia”, la cual me informa, es dada por el Presidente de la República o por el presidente del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales. A pesar que ha realizado todos los trámites pertinentes, aún no ha recibido la ayuda.

Su mensaje es corto, claro y preciso: “Dejen la quejadera, sigan trabajando y traten de prosperar. La vida tiene demasiadas cosas bonitas, traten de arreglar de lo que se quejan con alegría, con amor, con lucha de trabajo y con sentimiento”.

Con esas palabras finaliza mi búsqueda de héroes. Creo que las historias escuchadas son lo suficientemente amplias como para hacerme reflexionar.

Mientras escribo esto me doy cuenta de lo irónica que suele ser la vida, o mejor dicho, de lo irónicos que solemos ser los seres humanos: si no tenemos trabajo nos quejamos, pues quisiéramos ser productivos. Si lo tenemos, quisiéramos estar descansando en casa.

Si tenemos que salir del hogar “a pie” nos quejamos, pues quisiéramos tener un carro. Si todos tuviéramos carro, nos quejaríamos de las colas y porque no tenemos el vehículo de último modelo.

Estas dos comparaciones son solo un grano de arena del desierto de quejas que a diario creamos. Somos a veces tan egoístas que no nos damos cuenta que a nuestro alrededor hay personas que tienen verdaderos problemas: les mataron a sus hijos, tienen una enfermedad, no tienen empleo, no tienen familia.

Seguramente hoy nos detendremos un momento a reflexionar, pero mañana volveremos una vez más a quejarnos. Quisiera que al menos en una que otra oportunidad, cuando vayamos en un bus, miremos por la ventana o simplemente observemos al que esté al lado y pensemos: “¿De verdad mis problemas son lo suficientemente graves como para quejarme?”.

Por: Lic. Lexis Gandica/ Noticias24

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