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Hace 100 años nació Julio Cortázar: el escritor que, con ficciones, derrotó para siempre la estupidez

(Caracas, 26 de agosto. Noticias24) – En 1963 un niño lanzó una pelota a través de una ventana, rompió un vidrio y le pegó a un hombre en la cabeza. Hasta ese momento, la víctima del golpe había permanecido en la demencia, pero ahora estaba curado. El pelotazo como milagro: una alineación planetaria asombrosa que le devolvió la razón.

Esa pelota es Rayuela, de Julio Cortázar, un juguete sanador que pasa de mano en mano como panfleto libertario. A algunos les parece demasiado cliché de estudiante sentarse a hablar de esta obra, pero otros se sinceran y se suman al juego: uno lanza la piedra y el otro recorre los espacios cojeando sin llegar al cielo porque cada quien tiene una manera de ganar y rechaza la del otro. Así se habla sobre este libro, con hipótesis, con risa, con deleite, autoproclamación y timidez. Yo creo que… Tal vez quería… ¿Cómo se puede juntar tanta belleza? Estoy completamente seguro de que… No sé, me confunde.

Fue con Julio Cortázar que en Latinoamérica se aprendió a ver el mito de París como laberinto romántico de sexos dispersos y botellas de fermento. Gracias a Rayuela, mucha gente se fue a París, a perderse por sus calles a ver si se encontraba una maga, a desarrollar el viejo juego de meterse las manos en los bolsillos y caminar con frío a ver si ocurría algo y sin esperar nada.

Cortázar escribió Rayuela con un mensaje, y la escritura fue su medio porque no pudo escupirla, bailarla ni declamarla. Hoy el medio es el mensaje, y Rayuela seguirá ejerciendo su papel de curar a través del juego las cabezas saturadas de realidad.

Foto: Cortesía de La Voz

Lo de bailar o escupir Rayuela se lo dijo a Rita Gilber en Parí­s, en 1968, y no procurando incluirse en el número de todos los artistas, esos que corean: “necesito-expresarme”, sino como una verdad cuyo antecedente es el compromiso con el entorno.

Julio Cortázar, quien nació hace exactamente un siglo, defendí­a con ficciones y acciones que la individualidad del ser humano es indestructible.

Claro, su compromiso le hizo asumir posición polí­tica: “Soy comunista y antiimperialista”, y eso le generó quizá el rechazo de la mitad del mundo, pero a él poco le importaba; lo suyo era salvar al hombre de lo profetizado por Aldous Huxley en “Un mundo Feliz”.

Video: Youtube, 26 de agosto de 2014

Sin embargo, antes del Cortázar social, de Nicaragua, del Tribunal Russel y de “Fantomas contra los vampiros multinacionales”, hubo otro Cortázar: el que cambió la literatura para siempre con sus cuentos maravillosos, con su novela cumbre y con sus raros poemas.

A este argentino nacido en Bélgica le parecí­a absurda la relación de los escritores de su tiempo con el infinito y la eternidad. Por eso exploró durante años lo cotidiano, lo simple, lo que Aquiles Nazoa habrí­a llamado «las cosas más sencillas». Esa búsqueda desencadenó en un puente aún vigente entre el lenguaje coloquial y la exquisitez.

«Yo no sé si la literatura existirá para siempre, pero mientras exista sé que cambiará permanentemente», dijo en alguna entrevista, quizá basándose un poco en el trabajo de escritores como James Joyce o de filósofos como Wittgenstein, pero también vaticinando cambios en la manera de hacer ficción, como los impuestos por la Internet, las redes sociales y el centelleo de información.

Aunque César Aira diga que Cortázar siempre fue un escritor experimental que no merece tanto aplauso, hay que recordar que antes de Rayuela, e incluso antes de ciertas colecciones de cuentos, el lector debí­a asumir una posición pasiva y calarse los dictámenes de un escritor-todopoderoso que daba órdenes.

Cuando Cortázar publicó Rayuela, en 1963, el lector se encontró con un libro que le daba participación de alguna manera, pues le permití­a tomar divertidas decisiones con respecto a la novela, que no es novela, sino más bien contranovela, «porque en los libros de Cortázar juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de la página menos pensada», escribió Vargas Llosa en un ensayo titulado La trompeta de Deya.

Nadie negará jamás que Julio Cortázar fue un gigante. Mucho menos quienes lo conocieron y fueron testigos del metro noventa y siete que medí­a. Sus cuentos son ritmo y magia, su Rayuela es un juego de niños para gente grande, y sus ensayos sobre literatura, arte, polí­tica, o cualquier cosa, demuestran que estaba comprometido con salvar al hombre de cualquier cercaní­a con la idiotez.

Murió el 12 de febrero de 1984 a causa de la leucemia. Sobre su tumba, en Paris, la gente deja dibujos de rayuelas en pedazos de papel acuñados con piedrecitas.

Néstor Luis González

Foto: Infografía Noticias24