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El volcán Popocatépetl inspira más agradecimiento que temor a lugareños de México (+fotos)

Foto: AFP

(SANTIAGO XALITZINTLA, México, 14 de mayo. AFP) – El Popocatépetl, el segundo volcán más alto de México y considerado por indígenas como su mágico proveedor de agua, ha estado inquieto en los últimos días provocando la alerta oficial pero sin alterar la apacible vida de las personas que viven en sus faldas.

“Hace días que está tranquilo, nomás el sábado crujió un poco. Pero salimos, lo divisamos y nos volvimos a dormir bien tranquilos”, comenta Guadalupe de Santiago, a una cuadra detrás de la iglesia de la comunidad de Santiago Xalitzintla en el estado de Puebla, la más cercana al Popocatépetl.

El volcán “más bien nos cuida, mire toda el agua que nos mandó”, dice divertida esta vecina bajo la persistente lluvia que cae en la comunidad, ubicada solo a 12 kilómetros del cráter y 110 km al sur de Ciudad de México.

El gobierno elevó el domingo el nivel de alerta -de fase amarilla II a III- sobre la actividad volcánica, movilizando a un centenar de militares para patrullar los tres pueblos más cercanos, donde viven unas 11.000 personas.

Los soldados también verificaron el correcto estado de las vías de evacuación, y fueron habilitados dos albergues en el estado de Puebla para dar refugio a unas 5.000 personas en total.

Pero los lugareños, que hace décadas que conocen al volcán como Gregorio o Don Goyo, no se fían de las alertas del gobierno que cada tanto les piden abandonar sus hogares por precaución.

“No nos vamos a ir al refugio si otra vez nos salen con lo mismo ¡Nos roban las cosas de la casa!”

La última vez fue en mayo del año pasado, cuando en un sólo día el volcán emitió una fumarola de 9 km de alto pero “no pasó nada grave”, añade cortante José Santiago, esposo de Guadalupe, que va regresando de trabajar su parcela de maíz.

“No nos vamos a ir al refugio si otra vez nos salen con lo mismo. ¡Nos roban las cosas de la casa! El año pasado así fue, cuando regresamos ya no teníamos animales y ni pasó nada allá arriba”, añade Guadalupe de Santiago señalando al cráter, mientras mantiene con equilibrio en la cabeza una tabla con dulces que vende en la iglesia.

Xalitzintla está enclavado en un valle de la sierra de Puebla, rodeado de laderas humildemente sembradas en su mayoría de maíz y arropadas con la imponente presencia del Popocatépelt (5.465 metros de altura), nevado permanentemente de su “ombligo” o “meseta” hacia la cúspide.

Justo a esa “meseta”, cada 12 de marzo, día de los Gregorios de acuerdo al calendario católico, medio centenar de lugareños le llevan un regalo, que es un traje de vestir o de charro (tradicional mexicano), además de comida y bebidas.

Todos van encabezados por un hombre autonombrado “tiempero” por su supuesta comunicación en sueños con el volcán y su capacidad para predecir el tiempo. Este hombre últimamente ha intentado cobrar hasta 100 dólares por entrevistas, según periodistas locales y extranjeros.

“La gente es renuente a salir de sus casas porque su experiencia les dice que nunca ha pasado nada”

“Celebrar su cumpleaños y pedirle lluvia y buen temporal” es la intención primordial del ritual que este año los lugareños efectuaron temerariamente, pues “había actividad volcánica”, comenta Juan García Agustín, regidor de Gobernación y máxima autoridad de Xalitzintla.

Agustín no ha dejado de revisar las rutas de evacuación del pueblo, algunas de terracería, y asegura que los habitantes “están listos para acudir al refugio principal” de Cholula, la mayor población de las inmediaciones de Santiago Xalitzintla.

En ese albergue, el médico de guardia opina diferente mientras observa los 100 catres perfectamente alineados en el gimnasio de una escuela pública, sobre los que han sido colocados bolsas de plástico con productos de limpieza básica individual, mantas y colchonetas.

“La gente es renuente a salir de sus casas porque su experiencia les dice que nunca ha pasado nada y que por lo tanto no pasará nada si desobedecen las indicaciones de evacuación. En cambio sí perderán sus animales y pertenencias si las escuchan”, dice preocupado el médico Juan Manuel García.

“A mí me parece que cuando se enoja porque hacemos algo mal es cuando escupe rojo (material incandescente), pero mi abuela dice que nos ayuda más, y no me asusta”, comenta Gustavo Uriel, un niño de 10 años que juega a arrojar piedras a los charcos de agua de lluvia.

Foto: AFP

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