Vinos de fin del mundo: de la Patagonia a las mesas del planeta

Foto: bodegadelfindelmundo.com

 

Madrid, 16 ene (EFE).- En una zona desértica de la Patagonia, en el cono sur americano, los milagros de la enología han hecho florecer en la última década unos exóticos vinos, conocidos como los del fin del mundo, fruto de unas uvas que crecen en condiciones extremas y que conquistan ya las mesas de medio planeta.

Son vides asentadas a 39 grados de latitud sur, en San Patricio del Chañar (Patagonia argentina), una zona de gran amplitud térmica, escasas precipitaciones, sol intenso y azotada por constantes vientos.

Estas características dan lugar a unas uvas de “excelente sanidad” y “hollejo más duro”, que potencian el aroma y sabor de los vinos, ha explicado hoy la experta argentina Elisabeth Checa durante la presentación en Madrid de las nuevas elaboraciones de la Bodega del Fin del Mundo.

El proyecto se inició en 1996, cuando el empresario uruguayo Julio Viola compró 900 hectáreas de terreno desértico y construyó un canal de 20 kilómetros que acercó el agua desde el río Neuquén; un sistema de goteo computerizado hizo el resto, además de la instalación de cortinas protectoras contra ese viento persistente que vuelve “medio loca” a la gente en la Patagonia, explica Checa.

La periodista y experta en enología argentina explica que la producción de ese país no puede encuadrarse en la moda de los caldos del Nuevo Mundo porque en su país, apunta, “llevamos 500 años haciendo vino, y además nos lo bebemos”, a diferencia de Chile, que se ha dedicado sobre todo a la exportación.

Sí reconoce la novedad de los vinos patagónicos, elaborados en unas tierras repletas de “carisma y magia”, pero que solo eran conocidas por los innumerables restos arqueológicos de los dinosaurios que las poblaron.

Foto: bodegadelfindelmundo.com

Los nuevos caldos patagónicos se han amoldado a los gustos del mercado gracias al trabajo de enólogos como el francés Michelle Roland, para conseguir “un buen balance entre azúcar y acidez y, por lo tanto, vinos blancos delicados y tintos de color intenso, afrutados y de buen cuerpo”, apunta la experta.

En Argentina se consumen algo más de 20 litros de vino por habitante y año, frente a los poco más de 12 que se beben en España, un mercado este último “bastante difícil”, reconoce Eduardo Ayala, gerente de Premium Wine Imports, la empresa que importa esos vinos del fin del mundo a tierras españolas.

“Algunos bodegueros me llaman loco”, dice Ayala tras recordar que España es el tercer productor de vino del mundo, pero añade que cada vez en mayor medida el aficionado español se interesa por los caldos argentinos, como los elaborados sobre la variedad Malbec, la más solicitada, y otras menos comunes que se han asentado bien en la Patagonia, como la Pinot Noir y Viognier.

El mercado de vinos como los de la Bodega del Fin del Mundo, que factura 8 millones de botellas y está presente “en todo el mundo”, explica Eduardo Ayala, está ligado en España a la restauración, aunque confía en extender su consumo gracias a su “excelente” relación calidad precio, que oscila entre los 6 euros de un tinto joven (7,6 dólares) y los 15 (19 dólares) de un gran reserva.