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A 26 años de su fallecimiento: Billo Frómeta, el dominicano que con su música enamoró a Caracas

Foto: Archivo

(Caracas, 05 de mayo. Noticias24).- El 5 de Mayo de 1988 la ciudad de Caracas se vistió de luto. Luís María Frómeta o simplemente “Billo”, falleció en la Policlínica Santiago de León. El dominicano que desde su llegada a Venezuela, en diciembre de 1937, se convirtió en el protagonista de uno de los capítulos más importantes en la historia de la música popular venezolana junto a su orquesta Billo´s Caracas Boys.

Los restos de Billo Frómeta fueron velados al día siguiente en el Concejo Municipal. A las diez de la mañana montaron el féretro en un carro de bomberos y tras él, en una muy lenta procesión de más de veinte kilómetros, miles de caraqueños lo siguieron hasta el Cementerio del Este donde llegó al atardecer.

Luego del sepelio, y con la fosa aún abierta, todos cantaron el Alma Llanera. Así había sido su deseo, que en su lápida fuese grabado el último compás con el que Pedro Elías Gutiérrez había terminado su zarzuela y que tradicionalmente en Venezuela significaba el final de toda fiesta. Así terminó, como si terminara un baile, el funeral de “el novio de Caracas”, como le gustaba que lo llamaran.

El 27 de abril, Billo Frómeta salió del ascensor a una de las terrazas del Teatro Teresa Carreño donde la Orquesta Sinfónica Venezuela ensayaría los temas que se iban a ejecutar en el homenaje con motivo de sus 50 años de haber llegado al país.

Tras las amables palabras de bienvenida comenzaron el ensayo. Leyeron por primera vez Un Cubano en Caracas, una obra sinfónica corta donde Billo mezcló los temas El Manisero y el Alma Llanera. La pieza sorprendió a los músicos quienes aplaudieron la calidad de la obra. La emoción del maestro hizo que se desvaneciera y cayera al piso.

Había sufrido un derrame cerebral, por lo que fue llevado de emergencia a la Policlínica Santiago de León donde murió a los ocho días.

“¡Billo! ¡Tú eres Billo!”

Foto: Archivo.

Luís María Frómeta Pereira nació en Santo Domingo, República Dominicana, el 15 de noviembre de 1915, hijo de Olimpia Pereira y José María Frómeta. Poco después, su padre se recibió de abogado, y fue trasladado a San Francisco de Macorís para ocupar el cargo de Juez de Primera Instancia.

Allí el joven Luís María era el alma voluntariosa de la pandilla de niños con los que creció, entre los cuales estaba Francisco Simó Damirón, quien años después sería el más famoso pianista del merengue dominicano, con quien haría sus primeros intentos musicales.

La enseñanza de teoría y solfeo formaba parte del programa regular de enseñanza, por lo que todo niño dominicano aprendía algo de ese arte. Los que se destacaban, como Billo, practicaban tres veces a la semana con la banda municipal.

Luis María quedó a cargo de la hermana de su padre. Fue ella quien le puso el apodo de Billo

La música era ya su pasión, se había pasado horas y horas ante una vieja pianola donde había aprendido a tocar solo sin que nadie le enseñara nada. Luego comenzó a tomar clases, su primer instrumento fue el clarinete, con el profesor Oguis Negrete; aprendió a tocar el saxofón, la guitarra y el fagot.

Por razones políticas, la familia Frómeta se vio en la obligación de regresarse a la capital dominicana. Luis María quedó a cargo de la hermana de su padre. Fue ella quien le puso el apodo de Billo, un sobrenombre común en la República Dominicana.

A la tía, el carácter del niño -voluntarioso, belicoso e incluso cascarrabias- le recordaba al vendedor de un pequeño negocio de la esquina, un hombre humilde, también de muy mal talante. “¡Billo! ¡Tú eres Billo, igualito al otro Billo!”, le dijo un día la tía; y fue así, con ese apodo, como todos lo conocieron.

Médico no, músico sí

Foto: Archivo.

Ya adolescente, ingresa a la banda del Cuerpo de Bomberos de la cual fue nombrado Director; también formó parte de la Orquesta Sinfónica de Santo Domingo, donde tocaba el segundo fagot.

Pero su padre había decidido lo que los hijos harían y a Billo le tocó estudiar medicina, solo por tres años pues la música lo llevó a abandonar la carrera para formar una agrupación con la que se presentaba en la emisora HIN tocando al estilo de la orquesta cubana Casino de la Playa y la puertorriqueña de Rafael Muñoz.

Por aquellos días, conoció al pianista puertorriqueño Noro Morales, cuyo padre había sido el director de la orquesta de salón del dictador venezolano Juan Vicente Gómez.

A Billo le tocó estudiar medicina, solo por tres años pues la música lo llevó a abandonar la carrera

Venezuela, con la nueva riqueza del petróleo y bajo el gobierno de Eleazar López Contreras, entraba de a poco en el siglo XX y en la democracia, mientras en Santo Domingo todo era cada vez más opresivo debido a la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo.

Noro ilusionó a Billo con Venezuela y esta vez fue un tío de Freddy Coronado, otro miembro de la banda, el que los ayudó. Era venezolano, igual que el padre de Freddy, trabajaba en una petrolera y logró conseguirles un contrato para actuar por tres meses en el Roof Garden del Hotel Madrid, ubicado en la esquina de La Torre, en el centro de Caracas.

En esa época, por primera vez, en Venezuela empezaban a contratar orquestas extranjeras para tocar en clubes y salones donde la gente comenzaba poco a poco a asistir, abandonando el largo letargo provinciano del gomecismo.

Fue entonces cuando los muchachos bautizaron su banda como “Santo Domingo Jazz Band”; pero surgió un problema: Rafael Leónidas Trujillo acababa de cambiarle el nombre a la capital de su país, y la había bautizado como Ciudad Trujillo. Todo lo que sonara a “Santo Domingo” debía cambiarse por “Ciudad Trujillo”.

Así, la primera orquesta de Billo Frómeta salió, desde el puerto del río Ozama de Santo Domingo con destino a Venezuela, como la “Ciudad Trujillo Jazz Band”.

La travesía duró diez días. Atracaron, como era costumbre, primero en Maracaibo y luego en Curazao. Un temporal los atrasó un par de días, o al menos así lo hizo ver la publicidad del Roof Garden que los había anunciado como la Billo´s Happy Boys, nada que ver con el nombre impuesto por la dictadura, para la fiesta de Nochebuena.

Llegaron a La Guaira al mediodía del 31 de diciembre de 1937. Subieron a Caracas, y sin tener tiempo ni siquiera para comer, subieron a la tarima y, se dice, comenzaron a tocar Caña Brava, un merengue dominicano. El público estalló en aplausos.

Así llegó Billo Frómeta a Venezuela; tenía veintidós años, y se quedó cincuenta.

Y nace la “Billo´s Caracas Boys”

Foto: Archivo.

Se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial y Venezuela se declaró neutral ante el conflicto bélico, pidiéndole a muchos extranjeros que se fueran, entre ellos los dominicanos.

La orquesta de Billo se había desintegrado, quedando reducida al saxofonista Freddy Coronado, el pianista Damirón, el trompetista Cecilio Comprés y el vocalista Jose Ernesto “negrito” Chapuseaux, quienes con la colaboración de algunos músicos venezolanos pudieron cumplir los contratos adquiridos, entre ellos, la participación en Taboga (1938), el primer cortometraje sonoro realizado en el país.

Por esos días, Billo Frómeta contrajo tifus. Una vez recuperado, el músico venezolano Guillermo Castillo Bustamante lo visitó para proponerle crear una nueva orquesta, la cual debutó el 31 de agosto de 1940 en el mismo salón del Roof Garden que lo había visto tocar por primera vez, en esta oportunidad con el nombre de Billo´s Caracas Boys.

el músico venezolano Guillermo Castillo Bustamante lo visitó para proponerle crear una nueva orquesta, la cual debutó el 31 de agosto de 1940

Ahí empezó una larga transformación. El dominicano que impuso su merengue natal, el que estaba influenciado por orquestas cubanas y puertorriqueñas, comienza a fusionarla con la idiosincrasia criolla, y lo que resultó fue la música con la que se identificaron con fervor los caraqueños, y que persiste aún en muchas de las celebraciones en nuestro país. Billo dijo siempre que no sabía si los venezolanos lo habían enseñado a tocar a él, o él a bailar a los venezolanos.

La Billo´s Caracas Boys se convirtió inmediatamente en “La orquesta más popular de Venezuela” gracias a los programas de radio “A gozar muchachos” y “Fiesta Fabulosa” donde actuaba diariamente a través de la emisora Radio Caracas, sus presentaciones en diferentes salones de baile y, por supuesto, a través de sus grabaciones que de inmediato se agotaban en las tiendas de discos para sonar insistentemente en los hogares venezolanos.

Billo y su orquesta sirvieron de plataforma para muchos cantantes; entre ellos Rafa Galindo, Víctor Pérez, Manolo Monterrey, Miguel Briceño, Felipe Pirela, Cheo García, Memo Morales, José Luís Rodríguez y Ely Méndez.

“El cantor de Caracas”

Foto: Archivo.

En 1966 falleció el último cochero de la ciudad, Isidoro Cabrera, gran amigo de Billo desde su llegada. A él dedicó el tema Epa Isidoro, reclamándole el haberse ido “ahora que Caracas está celebrando el cuatricentenario”.

Ya para ese entonces, Billo había grabado con su orquesta de cuerdas lo que sería su regalo a tan grande acontecimiento, el disco Canto a Caracas. Allí dejaba claro no sólo sus conocimientos de la llamada música académica sino, también, su amor a la ciudad que le abrió los brazos a él y su música.

Al año siguiente se celebrarían por todo lo alto los 400 años de la fundación de la capital venezolana. Pero todos estos actos se vieron empañados la noche del 29 de julio cuando un sismo de 6,5 grados en la escala de Richter sacudió la ciudad.

Y Billo comenzó entonces a cantarle a Caracas. Ya no como el anecdotario cronista que había compuesto guarachas como El muerto de las Gradillas, El son del carnaval, Las muchachas de mi tierra o Luna caraqueña, sino como el nostálgico desencantado.

Billo comenzó entonces a cantarle a Caracas. Ya no como el anecdotario cronista que había compuesto guarachas

Cuando Billo llegó a Venezuela, Caracas, -aún con su sencillez pueblerina- conservaba el sabor de toda ciudad caribeña. Sus calles y sus casas le recordaban su Quisqueya natal y fueron durante años el único vínculo que tenía con su propio mundo.

Por ello, en la medida en que el entusiasmo modernista acababa a golpes de tractor con cada tapia del centro, para sembrar en su lugar las huellas del modernismo, Billo se dedicó a lamentar -en un rosario de nostálgicas canciones- esa pérdida que para siempre significaba la destrucción de la memoria física de la ciudad.

Surgen así, entre otros temas, Sueño Caraqueño, Mi viejo Guaire, El mielero, Mi novia es Caracas, Caminito avileño, Capillita del Calvario y Caracas pórtate bien, la última de sus composiciones dedicadas a la ciudad.

Billo descubrió un mundo musical que nos retrataba, y nos lo ofreció en la sencilla forma de la música bailable, dejando, durante más de cincuenta años, su marca en los recuerdos y las emociones de quienes asistieron a sus bailes, oyeron su música o la escuchan, aún hoy día, en cualquiera de las emisoras de radio que a diario transmiten sus grabaciones.

Este hecho que elude en el fondo cualquier explicación, esa magia en la que consiste el que nos haya dejado la marca de su trabajo, es lo que siempre los venezolanos le agradeceremos.

Por: Héctor Acosta Rojas / Departamento de Investigación /Noticias24