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24 horas en la vida de una veterinaria, el desafío de la sensibilidad en momentos duros

Foto: Composición Noticias24

(Caracas, 30 de septiembre. Noticias24) – María Virginia Villarroel es una médico veterinaria con «mucho guáramo». Con siete meses de embarazo, atiende a casi veinte pacientes diarios, aunque no olvida que cada caso es especial, y que esta es una profesión donde el médico “se vuelve duro sin ser frío. En esta profesión no puedes serlo”.

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«Trabajar en la Asociación Protectora de Animales (Aproa) no es cosa fácil», relata María Virginia mientras come su almuerzo una hora más tarde de lo acostumbrado en el cubículo donde atiende a sus pequeños – y grandes- pacientes.

Nuestra conversación es apresurada, ya que el hambre apremia, y ya la esperan tres perritos para ser atendidos.

Foto: La médico veterinaria María Virginia Villarroel.

«Al mediodía descanso una hora, siempre y cuando no llegue una emergencia. Soy el único médico y no puedo tener un paciente esperando afuera de urgencia y yo comiendo«, me cuenta mientras toma su sopa.

Nacida en Caracas, pero falconinana de corazón, se gradúo y se casó en Coro. Gracias a su madrina pudo cumplir el sueño de su infancia de estudiar para servir a las mascotas de compañía, y casi desde su egreso hace siete años de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, trabaja y hace su vida diaria en Aproa.

Rodeada de sus pacientes y de los perros y gatos que habitan en Aproa, María Virginia habla confiada de su vida y su trabajo.

La pasión por su profesión se nota en los relatos de todos los casos impactantes que ha visto en ambas sedes de Aproa en Caracas, tanto en Los Chaguaramos, como en Cotiza, donde trabaja actualmente.

Foto: María Virginia junto a los animales de Aproa.

«Aquí nosotros vemos de todo. Las fracturas son el pan nuestro de cada día. Hemos atendido perros tiroteados, animalitos arrollados, casos de maltrato, y perros envenenados casi todos los días, pero el desafío diario son las emergencias”.

Como muchas otras, su profesión depende de insumos específicos, entre otras cosas, aunque esto no es un impedimento para mantener su compromiso con los animales: “Trabajamos como podamos, pero trabajamos, siempre cumplimos, no negamos tratamiento a nadie”.

«Tenemos que trabajar con los rieles del tren al lado porque si no te arrastra», dice sobre las realidades que enfrenta a diario junto a otros tres médicos, y la cantidad de pacientes que atiende –a veces sin ayuda de otros practicantes-, que han sobrepasado los 25 en un día.

Afirma que al trabajar para una protectora de animales se ha fortalecido, y que en el mundo de la veterinaria «uno se vuelve rudo ante todas las situaciones, tanto personales, como en la vida diaria del médico”.

María Virginia asegura que como veterinario «uno se vuelve rudo ante todas las situaciones, tanto personales como en la vida diaria del médico”.

A pesar de las adversidades de trabajar en Aproa, asegura que no cambiaría su trabajo por ningún otro: «Yo soy veterinaria exclusiva de Aproa, no sería capaz de trabajar en otro sitio«.

“Esta es una profesión que te puede afectar mucho”, dice mientras recuerda las tasas de suicidio de los médicos veterinarios y la gente que se dedica al cuidado de animales en refugios y recintos de este tipo en EE UU, que alcanzan al 70% de los trabajadores.

Pero así como trae tristezas, trae alegrías y satisfacciones, como cuando una mascota envenenada se recupera, o cuando un perro o gato adulto es adoptado, relata.

La vida de una veterinaria

Sus días comienzan temprano. Combinar la maternidad con una profesión que requiere de tal entrega y compromiso es un desafío que enfrenta con el apoyo de su madre, su esposo, el amor de su hija, al que pronto se sumará una segunda niña, Antonieta, sus cuatro gatos –Ceniza y sus cachorros-, además de tres perros.

«Me paro temprano siempre para dejar atendida a la niña», dice sobre su hija de seis años quien, según ella, cada vez está más convencida de querer seguir sus pasos.

Hace cinco años, cuando comenzó a trabajar en Aproa su hija tenía un año y dos meses. “Fue complicadísimo. Me veía en tres y dos», cuenta.

“La rutina era pararse temprano, atender la niña, llevarla al maternal. A las 3:00 p.m. mi mamá la recogía. Yo salía a las 6:00 p.m y si había un paciente grave me quedaba hasta las 8:00 o 9:00 de la noche, como sucedía el 70% de las veces”, continúa.

Cuando su hija se enferma, divide los días de reposo con su madre, con quien “afortunadamente cuenta”, aunque nunca deje de lado a las mascotas a su cuidado: “El compromiso con los pacientes no es fácil, pero sin embargo lo hago porque uno se debe a sus pacientes”.

“El compromiso con los pacientes no es fácil, pero sin embargo lo hago porque uno se debe a sus pacientes”

“Trato de no llevarme las cosas que vivo aquí para mi casa. Hay días que son terribles, muchos pacientes mal, graves, deteriorados, y llegar a la casa con esas cargas, es difícil, pero se hace”, dice.

Su compromiso al hablar de sus pacientes es como si estos fueran humanos: «Algunos todavía trabajan así, no todos», dice mientras explica que es precisamente en instituciones como Aproa donde se preparan para atender todos los casos como médicos veterinarios integrales.

Pasión por la profesión

De su profesión le apasiona el poder ayudar a los animales y trabajar en conjunto con el dueño de la mascota, para que esté en buenas condiciones tanto mentales como físicas.

“Cada caso es particular pero el momento más crítico es cuando una mascota que viene con una enfermedad terminal o no tiene calidad de vida, hay que aplicarle eutanasia”, dice la veterinaria, quien se declara pro-eutanasia al igual que Aproa: “Yo soy una de las más radicales. Sufrimiento en un perro o un gato, no va, no es viable bajo ningún concepto”.

Foto: Junto a un paciente.

«Siempre es malo cuando un paciente muere, pero el constante flujo de pacientes te fortalece. Cuando perdí mis primeros pacientes fue horrible, me iba, no trabajaba más en el día porque me deprimía”, dice.

Ante una profesión donde hay que lidiar con sentimientos y apegos profundos y verdaderos, dice: «Nosotros nos graduamos de veterinarios pero somos psicólogos, policías, casamenteros, somos de todo».

“Hay que trabajar la parte del apego al animalito para que eso se corte y el propietario piense en el bienestar de la mascota, así como también hay que trabajar la salud del mismo”.

Mujeres “guapas”

En siglo XXI no hay limitantes ni barreras de género para ninguna profesión, pero asegura que en una ocupación como esta «las mujeres tenemos que tener mucho guáramo porque hay mucha sensibilidad de por medio».

«Ahorita que estoy embarazada ha sido fuerte, pero una guapea», dice.

“Creo que la mujer de este siglo es guapa y tiene los ovarios bien colocados. En cualquier situación se puede desenvolver”, afirma sobre los retos de la profesión, especialmente si se trabaja con animales grandes: “Nunca tuve problemas para derribar a una vaca yo sola (…) En Falcón a veces trabajo con animales grandes, pero mi pasión son los perros y los gatos».

«La mujer de este siglo es guapa y tiene los ovarios bien colocados. En cualquier situación se puede desenvolver”

Al preguntarle por la razón de su éxito, lo atribuye a sus profesores de la universidad aunque acota que “cuando me gradué no sabía nada, aquí he aprendido todo.»

Por otro lado, asegura sin dudar que el indicador de que es una buena veterinaria es «cuando vienen los clientes como tu y me dicen: tu me salvaste una gatica«, mientras que recuerda cómo hace tres años salvó a mi gata de la muerte.

«Eso me dice que estoy haciendo bien mi trabajo».

Conciencia

De la labor que realizan, destaca la necesidad de crear conciencia y normativas en relación a la adopción y el maltrato: «Hace falta conciencia para que dejen de comprar mascotas”, y asegura que «el gato es la mascota del futuro porque es muy independiente y le puedes dar cualquier alimento: carne, sardinas, pescado».

Foto: María Virginia Villarroel.

De los numerosos casos de maltrato que reciben a diario, tratan de hacer seguimiento a cada uno.

“Aproa tiene mucho que ver con la parte de protección animal que se ha dado de unos pocos años para acá (…) El maltrato animal ahora se paga con multa y hasta con cárcel, si la gente pone la denuncia y hace el empeño”, resalta.

Por ahora, se dedicará a ser mamá “hasta nuevo aviso”, pero asegura que su compromiso con los animales nunca quedará en segundo plano, y que siempre agradecerá el esfuerzo que hacen los propietarios al llevarlos a consulta: “Para nosotros es un impulso para trabajar».

Redacción: Carmen Cecilia Bolívar Ibarra.

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