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Salud

¡No vuelvas a fallar! Aquí la guía de cómo hablarle a las mujeres sin errores

Foto: Referencial

(Caracas, 04 de mayo. Noticias24) – Me disculpo constantemente. Me disculpo cuando estornudo, me disculpo antes de hablar en las reuniones y me disculpo cuando la gente choca conmigo. Las disculpas salen más rápido cuando me siento cohibida. Como casi siempre estoy algo cohibida cuando estoy con hombres, y como cuando más cohibida me siento es cuando estoy desnuda con un hombre, el sexo conmigo es una sinfonía de culpa católica.

Mis momentos íntimos van acompañados de una letanía de disculpas que llega a su clímax con un resonante grito de “¡Lo siento!” dirigido a Dios, seguido de una disculpa final, en voz baja, a mi compañero. Perdón por todas las disculpas. No es que realmente lo sienta, pero las disculpas compulsivas son como sacar los gases. Puedo evitar las disculpas si realmente lo intento, pero me siento mejor si las dejo salir.

Cuando le pregunté a un grupo de mujeres qué hábitos eliminarían, las respuestas iban desde las sutilezas compulsivas hasta la costumbre de una amiga de dejar que los hombres caminen delante de ella. “Al salir de un elevador, me quedo en una esquina hasta que todos se van. Incluso cuando un hombre me abre la puerta, le digo que pase primero”, dijo.

Lo más molesto es cuando los hombres me preguntan por qué me disculpo tanto, ya sea en el trabajo (¿por qué pides perdón?) o en la cama (nunca tienes que pedirme disculpas). Es como decirle a un asmático que no tosa.

Ningún hombre —ni siquiera uno que haya cursado tres meses de estudios femeninos— está calificado para hablar sobre los hábitos o el lenguaje de una mujer. Me niego a buscar en Google “tercera ola del feminismo”, pero ya sé que lo entiendo en un nivel distinto al que lo entendía mi novio, pues paso todos los días tratando de salirme del duro estereotipo del patriarcado.

Además, los hombres vigilan el comportamiento y el lenguaje de las mujeres todo el tiempo. En el mejor de los casos, hablarle a una mujer de sus hábitos la va a hacer enojar. En el peor de los casos, la vas a hacer sentir aún más incómoda. Una amiga usa las lágrimas como ejemplo: como muchas mujeres, cuando se enoja hay una alta probabilidad de que llore.

Llorar en la oficina es algo que ninguna mujer quiera hacer, no es una táctica de manipulación, es un reflejo. El año pasado, cuando esta amiga fue ignorada para un ascenso, lloró. Sus jefes son hombres, y cuando vieron que empezaba a llorar se sintieron obligados a consolarla. “Piensan que lidiar con las lágrimas hará que la situación mejore, pero si no dijeran nada probablemente podría contenerlas y evitar que se conviertan en un verdadero llanto”, dijo.

Lo contrario de escuchar es interrumpir. El mayor problema de criticar los hábitos de las mujeres es que hacerlo suele implicar interrumpirlas. Comentar algo que hago mientras estoy hablando es el equivalente a echarle agua a un perro en la cara mientras está jugando.

Una amiga me dijo que su exnovio comentaba con frecuencia sus “excesivos” gestos con las manos durante sus conversaciones. Muchas mujeres gesticulan exageradamente cuando están con hombres. Del mismo modo en que sabemos que cruzar los brazos nos hace parecer inaccesibles, sabemos que gesticular mucho y transmitir mucha energía nos hace parecer menos amenazadoras.

Estoy segura de que la gesticulación exagerada es una verdadera distracción para los hombres —probablemente es un remanente de una época en la que siempre tenías que estar alerta en caso de que tuvieras que defenderte de un microraptor—, pero es mucho más fácil que un hombre ponga un poco más de atención que una mujer elimine inmediatamente un hábito de décadas de antigüedad. Cuando los hombres nos escuchan y nos toman en serio, nos sentimos más relajadas y no tenemos que mover las manos como si estuviéramos dando las explicaciones de seguridad durante un vuelo para mantener su atención.

Si, por ejemplo, les pidiera a dos hombres que me dieran 10 mil dólares de sus ingresos para compensar la disparidad entre nuestros salarios, es probable que el tipo que siempre me anima a dejar de disculparme no lo haga —quizás el más improbable—, al igual que los tipos que no se meten en mis asuntos. Así que, en conclusión, acepto Venmo y efectivo.

Con información de GQ US