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Salud

Vivir con diabetes: dulces para emergencias

Infografía DPA.

HAMBURGO (dpa) – A Vanessa no le prohíben comer cosas dulces. Al contrario, ella debe comerlas a veces. Esto se debe a que es diabética: a veces tiene demasiada azúcar en la sangre y otras, demasiado poca.

«Cuando me falta azúcar me siento totalmente débil y temblorosa, o comienzo a transpirar», explica la niña de siete años. Para esos momentos siempre tiene algo dulce en el bolsillo, alguna golosina, que le ayude a recuperar energía. En la escuela tiene incluso un cajón especial para ella con cosas dulces para emergencias.

A primera vista suena atractivo. Pero lo malo es que si tiene demasiada azúcar en la sangre no puede comer nada dulce. Porque al tener diabetes, su cuerpo no produce por sí mismo insulina, la sustancia que desarma el azúcar y lo envía como paquetes de energía a las células.

La diabetes es un trastorno crónico, es decir, no se cura, se vive con ella. Con un tratamiento correcto tampoco produce más molestias que éstas de tener que controlar el nivel de azúcar. Es como quien usa lentes (gafas), si los tiene y los utiliza correctamente, no sufre ninguna consecuencia de no tener una visión perfecta. O incluso, podría decirse, como quien tiene frío: si se abriga correctamente, no lo sufre.

También Manfred, de once años, es diabético. Al igual que Vanessa, se suministra él mismo la insulina que su cuerpo no produce, mediante una pequeña inyección que no le duele.

«Vivo de la misma manera que cualquier otra persona. Puedo hacer deportes como todos, sólo tengo que cumplir ciertas reglas con el control del azúcar».

Porque no se trata de una inyección con una jeringa normal y una larga aguja, sino de una aplicación que se hace con un aparato parecido a un lapicero, que tiene una aguja de apenas unos milímetros. «La aguja es tan fina como un cabello, apenas la siento», dice Manfred, quien se aplica estas inyecciones varias veces al día sobre la piel del estómago.

«Vivo de la misma manera que cualquier otra persona. Puedo hacer deportes como todos, sólo tengo que cumplir ciertas reglas con el control del azúcar», explica Manfred. Esto tiene que ver sobre todo con las comidas: de lo que coma y las cantidades que coma depende la cantidad de insulina que se tiene que inyectar.

Cada comida se transforma así en una tarea matemática. Manfred tiene que calcular la cantidad de gramos de hidratos de carbono que contiene lo que va a comer. Los hidratos de carbono son los que llevan al aumento del azúcar en sangre.

Por ejemplo: un vaso de jugo de naranja contiene 25 gramos de hidratos de carbono, dos rebanadas de pan integral equivalen a 24 gramos y dos cucharaditas de mermelada o jalea de uva sobre el pan, a otros 26 gramos. Si ese fue el desayuno de Manfred, sumó 75 gramos. Con ese dato sabe cuánta insulina se debe inyectar.

Esta cantidad cambia de una persona diabética a otra, pero él ya sabe cuál es su sensibilidad insulínica y saca la cuenta correctamente. De esta forma, Manfred puede comer lo que quiera, aunque no siempre en la cantidad o en el momento que más le gustaría.

Por eso es que le gustaría tener alguna vez «vacaciones» de la diabetes. «Tener que inyectarse siempre es a veces un poco molesto», dice. Vanessa, por su parte, dice que ya está acostumbrada. Lo que les disgusta a los dos es cuando otros, que no saben nada de la diabetes, los tratan de modo injusto. «Una vez no me invitaron a un cumpleaños porque pensaban que la diabetes es contagiosa, una tontería enorme», cuenta Manfred. Pero por suerte es cada vez más raro que ocurra algo así.