Cómo pasar por el difícil momento de informar a un niño de la pérdida de un ser querido

Imagen de referencia. Foto: http://viajesus.com

(Caracas, 31 de octubre. Noticias24).- Lidiar con la muerte resulta complicado para los adultos y es de esperarse que sea aun más difícil para un niño, que no comprende lo que sucede. Nadie quiere verse en la posición de tener que informarle a un niño que alguno de sus padres, abuelos o un hermano ha fallecido. pero la necesidad se impone y los padres deben asumir ese difícil papel de comunicar una mala noticia.

Los padres tienen el instinto natural de proteger a sus hijos de experiencias dolorosas, pero la muerte es algo natural y forma parte de la vida. Los adultos se preguntan como decirlo, si el niño tiene la edad para entender o si puede asistir a un funeral. De como se responda a estas interrogantes dependerá la manera en que el niño asimile la muerte de cara al futuro.

Es un asunto de cuidado, pues según la Fundación Mario Losantos del Campo, de España, uno de cada diez menores no consigue superar el fallecimiento de un familiar cercano, y el 42% necesita asistencia terapéutica. A continuación el trabajo de ABC sobre este tema:

De tres a cinco años

Lo primero que hay que tener en cuenta es la edad del niño para hablarle de manera adecuada a su proceso de comprensión. Señalan los expertos que existe una falsa creencia de que entre los dos a cinco años los niños no se enteran de nada por ser muy pequeños.

Bien es cierto que no sienten como los adultos, pero sí que son capaces de sentir la perdida y llorar la muerte. Según Carlos Pitillas, investigador en el Instituto Universitario de la Familia de la Universidad de Comillas de Madrid, el niño empieza a desarrollar su capacidad simbólica a partir de los tres años, por lo que se le puede hablar del tema ajustando el lenguaje.

«Es importante no esconder o negar el fallecimiento, por ejemplo, diciendo que se ha marchado de viaje, o que se ha dormido para siempre, lo que le generará miedos al viajar o al irse a la cama. Antes o después descubrirá la verdad y sentirá que se le ha ocultado por ser un tema muy malo, lo que determinará su percepción de la muerte y aumentará sus temores y angustia».

Susana de Cruylles, psicóloga clínica del Hospital Universitario Príncipe de Asturias (www.laescueladepadres.com), añade que en la edad preescolar «dependen mucho de los adultos y lo que más les afecta es cómo están sus padres. Los niños se enteran de todo lo que pasa a su alrededor y tienen una doble afectación: lo que ellos viven y lo que perciben de sus padres».

Willian C. Kroen, señala en su libro «Cómo ayudar a los niños a afrontar la pérdida de un ser querido», que los pequeños imitan la conducta de sus padres y «si no se inmutan después de una muerte para no entristecer a sus hijos, puede que éstos congelen sus emociones. Por el contrario, si muestran un extremo de dolor o conducta histérica, un hijo puede imitar este comportamiento. Como los niños no conocen todavía la manera de expresar el dolor de la muerte, buscarán en los adultos alguna indicación».

A partir de los seis años

Por ello, Susana de Cruylles recomienda comunicar la noticia hablándoles de manera suave, en un momento de gran tranquilidad, aunque lloren… y poner nombre a sus emociones —rabia, ira, tristeza…— para que se calmen, dejando siempre que se expresen, y sepan que lo que sienten es normal».

A partir de los seis años entienden por completo el significado de la muerte, pero no lo que supondrá para su vida. «A estas edades, hay que transmitir la falta de un ser querido con veracidad —recomienda Pitillas—. Se puede hacer de manera progresiva: «como sabes, papá ha estado muy malito y, por eso, ha estado en el hospital muchos días». No es conveniente dosificar mucho la información; es decir, hoy le cuento una parte para que se vaya preparando y sepa que algo no va bien, y en unos días le digo que ha fallecido». Según Carlos Pitillas esta táctica acarrea el problema de que se retrasa el duelo del niño.

Al conocer la noticia pueden tener varias reacciones: negarlo, no asimilarlo, miedo, culpabilidad… Si ven a los padres tristes o llorar, hay que explicarles que no es por culpa de los niños, sino porque se echa de menos a la persona que falta, ya que es muy común que los niños se sientan culpables: «cómo empujé a mi hermanito el otro día se ha muerto; como no le dí un beso al abuelo, se ha muerto…».

Tampoco deben extrañarse los padres si al decírselo, el niño lo escucha e inmediatamente después dice: «vale, ¿podemos ir al patio a jugar al fútbol?». No es que sean insensibles, es que no saben cómo manifestar sus sentimientos y necesitan un espacio y tiempo para asimilarlo. «En muchos casos, se ponen a jugar porque necesitan relajar la carga emocional que están sintiendo. Es frecuente que representen lo que ha pasado a través del juego como una forma de asimilarlo. El juego es la manera con la que los niños de esta edad entienden la realidad, y con la muerte pasa lo mismo: necesitan entenderla y representarla», explica la psicóloga.

Es más, entre los 6 y 9 años, puede ser habitual que estén semanas o meses en los que parece que no les ha afectado y después entrar en un periodo en el que lloran porque añoran a la persona fallecida. Tampoco es extraño que asalten a sus padres con preguntas como «¿hace frío en la tumba?», «¿hay que llevarle comida?», «si se ha ido al cielo, ¿por qué está enterrado bajo de la tierra?». Cada uno, y en función de sus creencias religiosas o no, debe estar preparado para ofrecer unas respuestas acordes con su cultura.

Otra reacción es que tengan una actitud regresiva, es decir, que vuelvan a etapas del desarrollo anteriores donde se sienten más seguros. «Pueden volver a hacerse pis en la cama o a tener miedos. No se preocupen que es una etapa que pasará», asegura de Cruylles.

Adolescencia

En la adolescencia es más «sencillo» comunicar un deceso puesto que los jóvenes han visto lo que es la muerte a través de películas, por el fallecimiento de una mascota… y no resulta tan necesario dar tantas explicaciones. Sus capacidades de compresión y su desarrollo intelectual están mucho más evolucionados. Aún así, es frecuente que «necesiten compartir la noticia con sus amigos y que pasen tiempo fuera de casa para mitigar el dolor —advierte De Cruylles—. Con frecuencia la rebeldía, típica de esta edad, se exacerba y hay que tener especial atención al consumo de alcohol y otras sustancias. Suelen tener mucha rabia contenida que hay que desahogar, pero también tristeza y frustración. Les ayuda el pasar tiempo con ellos y dialogar para fomentar la expresión emocional».

Los padres deben hablar con ellos para que se expresen y digan cómo se sienten, no solo cómo están. Les ayudará a «soltarse» que sean los padres los que comiencen la conversación diciéndoles qué sentimientos tienen desde que falta la persona fallecida.

¿A qué edad deben asistir a un funeral?

Que vaya o no a un velatorio, funeral o entierro es una decisión que debe tomar cada familia, aunque «se les debería dejar a partir de los 6 años», según apunta el autor William C. Kroen.

La psicóloga Susana de Cruylles apunta que irá si es por voluntad propia, nunca obligándole, «e informándole con detalle de todo lo que allí se va a encontrar: personas muy tristes, vestidas de negro, una caja de madera, velas, flores… para que esté preparado y tenga sensación de control».

En el caso de que no quiera ir no hay que darle mayor importancia pero «es importantísimo —explica Carlos Pitillas, de la Universidad de Comillas de Madrid— que viva un ritual de despedida que puede consistir en que escriba una carta despidiéndose, que encienda unas velas en un lugar simbólico, o cualquier otra fórmula de manera que le ayude a percibir que se cierra un ciclo».

Con información de ABC