Hace 175 años, Samuel Morse presentó su telégrafo: “Raya, punto, raya”

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(Nueva York, 4 de septiembre – DPA) – A primera, vista en el papel no se podía reconocer otra cosa que una línea en zigzag. Pero estas rayas entrantes y salientes representaban cifras, explicó el inventor Samuel Morse en septiembre de 1837 a sus sorprendidos espectadores.

A partir de una línea se obtenía entonces una combinación críptica “214-36-2-58-112-04-01837” y a su vez, a partir de ella y con ayuda de un código desarrollado por Morse, la frase que explicaba todo: “Experimento exitoso con telégrafo, 4 de septiembre de 1837”

Hoy se cumplen 175 años de la presentación por parte del estadounidense de su primer telégrafo electromagnético en una Universidad de Nueva York.

El invento convirtió a Morse en el pionero de la telecomunicación moderna, permitió la transmisión eléctrica de textos a través de grandes distancias y fue ampliamente utilizado.

Pero Morse, quien nació en 1791 en el estado norteamericano de Massachusetts, no tenía originalmente interés en la técnica, sino que primero estudió para convertirse en librero y luego se hizo un nombre como pintor. Todavía hoy hay cuadros realizados por él expuestos en renombrados museos en todo el mundo.

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Posteriormente asumió la presidencia de la Academia de Diseño de Estados Unidos y se presentó varias veces como candidato a alcalde de Nueva York, pero nunca fue elegido.

Hasta que un día, Morse viajó en un barco desde Europa de regreso a Estados Unidos y, según la leyenda, escuchó por casualidad una conversación entre pasajeros sobre electromagnetismo. Así nació la idea del telégrafo.

Morse comenzó a pensar sobre el tema y ya no pudo abandonarlo. “Para ahorrar tiempo y avanzar en mi invento, viví y comí durante meses en mi estudio. Compraba los alimentos en un comercio y luego me los preparaba”, escribió en su diario.

El tiempo apremiaba, porque Morse sabía que no era el único que estaba buscando fabricar un telégrafo.

El tiempo apremiaba, porque Morse sabía que no era el único que estaba buscando fabricar un telégrafo. En otros países había varios científicos abocados a la misma tarea. Pero el pintor logró finalmente ganar con una forma de proceder más original.

A partir de un caballete, un lápiz, piezas de un reloj viejo y un péndulo Morse fabricó un aparato entonces bastante voluminoso. El funcionamiento básico era simple: si no había flujo de electricidad, el lápiz dibujaba una línea recta. Cuando había flujo de electricidad, el péndulo oscilaba y en la línea se dibujaba un zigzag.

Poco a poco, Morse mejoró su aparato, hasta que finalmente, junto con un colega, inventó el código que lleva su nombre. Así, ya no se transmitían crípticas sucesiones numéricas, sino señales formadas por tres símbolos: punto, raya y espacio.

Con la ayuda de placas de contacto y un lápiz especial, que era dirigido por electricidad, las señales podían ser transmitidas por cables.

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“Tenemos gran éxito. Todo el mundo aquí habla de nuestra máquina”, escribió Morse entusiasmado en una carta dirigida a su hermano.

Después de que el inventor buscara sin éxito durante largo tiempo inversores y respaldo político para su aparato, el Congreso de Estados Unidos aprobó finalmente la construcción de una línea de telégrafo de 60 kilómetros entre Baltimore y Washington.

“¿Qué nos ha traído Dios?”, fueron las primeras palabras que Morse transmitió por esta línea telegráfica. Posteriormente, gobiernos y empresas construyeron otras líneas y el invento de Morse se hizo estándar en todo el mundo.

Pese a ello, Morse, cuyo primer aparato de telégrafo se exhibe actualmente en el Museo Alemán de la ciudad de Múnich, se preocupó hasta su muerte (en 1872 en Nueva York) por el futuro del dispositivo y su propia fama.

“Ser un inventor no tiene realmente nada envidiable”, escribió en una carta a un amigo. “Tan pronto como se puede vislumbrar el éxito del invento y sólo queda embolsar honra y ganancias, muchos le quieren quitar a uno la fama y afirman haber participado en el invento”.