X

Tecnología

Todo sobre el CiberSexo

Tarde o temprano, la conversación conduce a la frase que dará comienzo al juego: «¿Qué me harí­as?». Eso si es que en verdad se trata de un juego y si es que ese juego no comenzó al principio, cuando ella (o él) entró al chat de sexo virtual donde todos están dispuestos a hacerle algo. O no.

Porque si algo describe al cibersexo es que es un sinfí­n de contradicciones. Es sexo pero sin serlo; es búsqueda de conversación de gente que no quiere conversar; es masturbación en compañí­a; es verse, pero a distancia; es orgasmo sin contacto. Es una forma de contacto segura pero falaz, donde todo vale y todo puede ser mentira. Es una opción sexual para quienes no se sienten bien con su cuerpo o le tienen pavor al compromiso, un espacio sin piropos, ritos de exploración ni los juegos eróticos, en el que se va rápido «a los bifes». Es, al cabo, la mejor expresión de la mayor paradoja imaginable: es realidad virtual, ser y no ser a la vez.

Pero, ¿cómo es que un mortal común acaba teniendo sexo online? «Esa noche, la idea esa noche era charlar. La conversación comenzó normal pero, sin querer, fue subiendo de temperatura. Conectamos los micrófonos con auriculares, empezamos a describirnos qué tení­amos puesto, qué nos harí­amos si estuviéramos juntos, empezamos a tocarnos… Al otro dí­a me despertó un murmullo. Nos habí­amos dormido con los auriculares puestos, cada uno en su cama». Así­ recuerda él su debut cibersexual; ella era una chica conocida, de la que lo separaba la distancia que hay entre Santa Fe y Buenos Aires. Dice él que no pasó mucho tiempo hasta que descubrió que no era necesario conocer a su interlocutora para fantasear un round amoroso. Entonces este docente de 27 años se convirtió en Animal Nocturno, el nick con el que se rebautizó en este mundo perfecto donde todas las mujeres están dispuestas a tener sexo con él. O no.

Su primera experiencia con el chat fue en 1999, cuando un amigos se fue a vivir al extranjero. «No existí­a la mensajerí­a instantánea, así­ que arreglábamos un horario y nos encontrábamos en un salón virtual», relata. Luego, una cosa llevó a la otra y Animal Nocturno descubrió que la Web también serví­a para establecer nuevas relaciones: «Lo hací­a los sábados a la noche. Primero entré en los chats comunes, y después me envicié con los de sexo». Entonces, comenzó la partida.

Como él, la mayorí­a ingresa a salas que tienen que ver con sus intereses, con el único propósito de conversar, y después cae en las sexuales. La rutina incluye conocerse en un chat general, intercambiar direcciones de MSN y fotos, para luego decidir hasta dónde se llega. «Si me caliento, uso el micrófono porque a mí­ lo escrito no me produce mucho», aclara Animal.

Es que la tecnologí­a incorporó nuevas modalidades al cibersexo cuando proveyó los recursos para acortar la brecha entre virtualidad y realidad. Esa cercaní­a ficticia –una revolución online– se dio cuando surgieron aparatos que permití­an utilizar algunos de los sentidos en un ámbito donde antes sólo mandaba la imaginación. Los chateros celebraron la aparición de los micrófonos que le pusieron voz a sus partenaires, pero festejaron más la llegada de las webcam, cámaras que se adosan a la computadora y permiten mostrarse. El juego caliente tení­a sonido y también imagen. Así­, se volvió casi real. ¿Casi real?

MIRAME Y NO ME TOQUES

Con este escenario, el sexo online se popularizó: Contactossex.com, una de las páginas argentinas dedicadas al chat erótico, cuenta hoy con unos 300 mil inscriptos. «Hace unos 4 años que entré por primera vez, cuando estaba solo y aburrido. Pero estuve un año en pareja y dejé de frecuentar el chat. Cuando volví­, me sorprendió ver tanta cam. Ahora todos mandan fotos, videos, se arman trí­os virtuales, poco queda de fantasí­a. Con las cámaras, el chat explotó», explica Centauro, un diseñador industrial de 32 años.

El hombre recuerda con nostalgia los tiempos en que el cibersexo «era como escribir un relato erótico de a dos», pero no representa a la mayorí­a. La posibilidad de ver al otro incrementó el morbo, sobre todo de los hombres; y en este pequeño mundo paralelo el número de varones supera al de mujeres en una proporción de 70/30. Esto significa que entrar como mujer equivale a recibir de repente decenas de invitaciones masculinas para iniciar una sesión de erotismo explí­cito. Entrar como hombre, en cambio, puede suponer horas de espera hasta que alguna de las pocas féminas online se decida a contestar. Para evitarlo, como en todos los juegos, se despliegan estrategias: unos eligen un nick referido a atributos sexuales privilegiados, otros incluyen la palabra «cam» en su apodo, para anticipar que la chica que se anime verá a su interlocutor.

Es que en la realidad virtual no hay lugar para sutilezas ni eufemismos y nadie está esperando que le pregunten su signo del Zodí­aco. El protocolo no escrito del cibersexo dice que a la demanda «¿Qué me harí­as?» hay que responder con lujo de detalles y, si es posible, actuar la respuesta en cámara. Todos esperan lo mismo; que les hagan algo, aunque jamás los/las toquen.

Así­, la primera sensación que tiene el virgen del chat cuando ingresa es de vértigo: decenas de personas le escriben en simultáneo; ventanas que se abren por todas partes con gente que le habla, proponiéndole, o exigiéndole, que les siga la charla; uno choca de frente y sin aviso con sus inseguridades cuando montones de voces lo interpelan. «¿Qué buscás?», «¿Hombre o mujer?», «¿Y si te muestro todo?», proponen. El novato se siente intimidado; pero se tienta y juega.

Según Gatúbela, «detrás de la pantalla uno se siente seguro y puede sacar lo que no se anima a mostrar en otro lado. Los más perversos sacan su perversión, los más fantasiosos pueden imaginar». Como ejemplo, cita a una mujer –de nick Mamá incestuosa– que busca gente que haya practicado el incesto. Centauro agrega: «Un dí­a estaba chateando con una chica, la charla era hot y me invitó a iniciar sesión con la cam. Cuando acepté, lo primero que vi fue un primer plano de sus lolas. Me quedé helado».

No es el único. Alejandro, un peluquero de 25 años al que cuesta imaginar pudoroso, confiesa que la primera vez que entró «fue chocante». Dice que «al principio sentí­ que no era algo para mí­, pero cuando un amigo prendió la cámara y pude ver el cuerpo de una persona que estaba del otro lado, empecé a ratonearme. Desde ese dí­a entré solo. Y vi que el chat es como el alcohol: sirve para desinhibirse».

VERAS QUE TODO ES MENTIRA

En algunos aspectos, la virtualidad puede ser el mundo perfecto. Como depende de la imaginación, cada uno es quien quiere ser. Por eso, es habitual la mentira. «En el chat todos los tipos son exitosos y bien dotados, y las mujeres están bronceadas, son 95-62-90 y se parecen a Araceli», detalla Centauro.

Hay nicks de mujer que enmascaran a hombres, y viceversa. Hay propagandas encubiertas de portales pornográficos o prostitutas que inician charlas para ofrecer sus servicios. Casados que se dicen solteros, maduritos que juran ser adolescentes inexpertos. Y la mayorí­a miente su nombre, claro.

«Digas o no la verdad, estás construyendo un personaje literario porque sos lo que contás en palabras. ¿Qué sucede si ese personaje se va de guión? Nada: en internet puedo ser quien se me antoje e interrumpir la conversación cuando quiera sin consecuencias afectivas porque cualquier relación se apaga con apretar un botón», explica Diego Levis, docente de Nuevas Tecnologí­as y autor de Amores en red. Allí­ recopila anécdotas de relaciones diversas que se mantienen gracias a la Web, y cita a un tal Pedro, quien dice que «en general no miento, pero si la ocasión requiere contar una historia fantástica, ahí­ estoy, dispuesto a escribir lo que sea». Incluso, se puede mentir con las sensaciones. «Alguna vez, chateando con una chica, fingí­ que me estaba excitando cuando solamente me estaba divirtiendo escribiendo pavadas y viendo cómo se poní­a ella», confiesa Animal Nocturno.

Como la mentira o la fantasí­a son tácitas, nadie espera encontrar verdades del otro lado. Alcanza con que el interlocutor sea verosí­mil, con estar dispuesto a creerle y con que su fantasí­a dispare las propias para que el juego tenga sentido.

SER O NO SER INFIEL

Según aseguran Loic Roche y Yannick Chatelain en su libro En la cama con la Web, la facilidad para sucumbir ante la «tentación» de la infidelidad, muchas veces bajo una falsa identidad y apariencia, es a primera vista mucho mayor en la Red que en la vida cotidiana, en la que el trabajo, el tiempo o la timidez pueden complicar el primer contacto con otra persona. En el libro de marras, sostienen que internet «da la ilusión afrodisí­aca de ser todopoderoso, algo similar a lo que ocurre con el alcohol en las fiestas de adolescentes, y tiene la ventaja de que allí­ es más fácil seguir a alguien sin despertar celos».

Pero, tener sexo virtual con un tercero estando en pareja, ¿es infidelidad? Para Alejandro es claro: «Cuando empecé con el cibersexo hací­a dos años que estaba en pareja. Al principio la relación era fuego pero con el tiempo te vas aburriendo y necesitás nuevos estí­mulos. Como con la gente del chat el sexo queda en lo virtual y nada más, nunca sentí­ culpa ni me sentí­ infiel. Para mí­ es como ver una porno».

Para Centauro también está claro, pero al revés: «He chateado con muchas casadas que dicen que lo hacen por insatisfacción, porque quieren otra cosa pero no se animan a una nueva relación. He presenciado, por casualidad, cómo la novia de un amigo calentaba a otro tipo (sé que era ella porque sabí­a a qué sala entraba y con qué nick). Yo creo que estar pensando y gozar con otra persona es infidelidad. Personalmente, si estoy bien con al guien no necesito el chat, por eso no ingresaba estando en pareja».

Sthef, que tiene 29 años y es soltera, es aún más categórica: «A mí­ me gusta mirar hombres desnudos por la cam, es mi fantasí­a. Y la cumplo de noche, cuando no tengo sueño. Pero no lo harí­a si tuviese pareja porque soy fiel y, para mí­, el cibersexo es como el sexo real pero sin contacto. Tengo sensaciones parecidas y puedo llegar al orgasmo».

Por el contrario, para Swingear la infidelidad no es un tema. Ellos son un matrimonio de profesionales de unos 45 años, que tienen cibersexo juntos. «Fue mi esposo el que empezó con esto. Cuando compró la computadora, creo que lo hizo con esa idea. El estaba todo el dí­a frente a la pantalla y a mí­ me molestaba, pero un dí­a entré al dormitorio donde estaba la máquina y lo encontré haciendo cosas. No me gustó, pero para no pelear me quedé con él. Le dije: ‘Esta vez y basta’. Del otro lado habí­a una pareja; hací­an el amor sobre la cama y la cámara los mostraba. Yo pensé: ‘Esta gente está loca’, pero después de un rato me gustó y nosotros lo hicimos también», dice ella. Hace más de un año que reinciden, dos veces a la semana y mientras sus hijos duermen.

LA BARRERA DE LA REALIDAD

Un estudio elaborado por Marqueze, web española, revela que cada dí­a son más quienes ven al cibersexo como una opción sexual real. Según este informe, un 60% de los españoles con acceso a la Red considera el cibersexo como una opción sexual plena y la cifra de partidarios aumenta a un 80% a la hora de pensar en las relaciones online como complemento de las reales.

«Hay mucho miedo: al amor, al compromiso, a las dificultades para conocer al otro, a las enfermedades. Una relación fí­sica implica un mí­nimo de empatí­a y algún tipo de compromiso afectivo, hasta con una prostituta. Porque es un reconocimiento de que existe otro, de que uno necesita a otro. Verse genera un ví­nculo y romperlo significa un conflicto. Y como también hay miedo a la soledad y a la ausencia, muchos prefieren las relaciones de internet, que no dejan marcas», señala Levis.

Además del miedo, está la accesibilidad. «Es más fácil entablar relación con alguien en un chat que en un bar porque las personas están, al menos, dispuestas a hablar. También es más amplio el abanico de la gente que podés conocer. En su casa uno se siente seguro, porque nunca sabés bien con quién estás hablando, aunque lo veas por la cam. En la vida real, paraliza el miedo a no gustar», arriesga Centauro.

Para las parejas, la decisión de volver real la relación virtual es una apuesta todaví­a mayor. Para muchos, la más riesgosa. La mujer de Swingear explica por qué evita el contacto en vivo con sus partenaires online: «Con la cámara que él vea a otra mujer y se estimule no me da cosa, pero si la tiene al lado y la toca creo que me pondrí­a celosa».

EL FUTURO YA LLEGO (HACE RATO)

¿Qué pasará cuando alguien prefiera tener sexo con una máquina antes que con una persona? La respuesta a un dilema que ayer nomás era de ciencia-ficción está cerca. Por lo pronto, ya hay gente que sólo llega al orgasmo frente a la computadora y el impacto de este cambio de hábito puede ser enorme. Primero, porque sexo y reproducción van a estar más separados. Segundo, porque la sexualidad se volverá un tema más complejo. ¿Qué conducta será «normal» y cuál «perversa»? ¿Habrá una nueva moral basada en usos y costumbres virtuales? ¿Qué pasará con los adictos al cibersexo?

«Es que si te va bien una noche, entrás la siguiente y se vuelve un vicio. Te negás a salir por quedarte a chatear. Yo paré a tiempo, pero sé de muchos que arrancan en el trabajo y la siguen a la noche», cuenta Centauro. Sin embargo, aún lo más frecuente es que, pasado el primer deslumbramiento, llegue el hastí­o. «Al principio pasaba muchas horas online, pero con el tiempo me aburrí­ y me dije: ‘¿Qué hago acá si puedo concretar en el mundo real?'», recuerda Alejandro. Y dejó de jugar. Por ahora.

Trabajo de Gladys Stagno publicado en Clarin, Argentina